Meditación: La Exaltación de la Santa Cruz


Meditación: La Exaltación de la Santa Cruz
«En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: -Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.» (Juan 3,13-17).
1º. Jesús, hablas de creer, de tener fe.
La fe es muy razonable, y estudiando la doctrina se entienden muchas cosas.
Pero hay un salto que no depende de la razón humana, sino de creer que Tú eres el Hijo de Dios y que, por tanto, hablas de lo que sabes y das testimonio de lo que has visto.
«Sólo te preocupas de edificar tu cultura. -Y es preciso edificar tu alma. -Así trabajarás como debes, por Cristo: para que El reine en el mundo hace falta que haya quienes, con la vista en el cielo, se dediquen prestigiosamente a todas las actividades humanas, y desde ellas, ejerciten calladamente -y eficazmente- un apostolado de carácter profesional» (Camino.-347).
Jesús, desde mi infancia, voy edificando mi cultura, mis conocimientos; mi capacidad crítica, de entender el mundo y de comunicarme; mi capacidad de trabajo, mi memoria.
¿Y mi alma?
A veces parece que la tengo todavía a nivel de “primera comunión”: en el conocimiento y profundización de la doctrina; en la capacidad de sacrificio y de oración; o a la hora de defender la fe o de tomar decisiones con visión cristiana.
Nicodemo era maestro en Israel, pero le hacía falta nacer de nuevo: conjugar esa cultura humana con la visión sobrenatural que da la fe en Ti, muerto en la cruz por amor a los hombres.
Jesús, Tú quieres que sepa conjugar, como Nicodemo, el prestigio profesional humano con una fe profunda, que mire al cielo.
Así habrá gente de talento que sepa resolver los problemas humanos con visión cristiana: justicia, honradez, solidaridad.
Y de este modo podrá ejercitarse -callada pero eficazmente- un apostolado de carácter profesional.
Jesús, creer es tarea que ocupa toda la vida y abarca todos los actos: es un «estado vital», un modo de vivir, no sólo un modo de pensar.
No es suficiente «decir» que uno es cristiano, ni siquiera vale con «sentirse» cristiano.
Pensar así sería un triste engaño, porque el juicio mira las obras.
En el fondo, Jesús, la tarea que me pides desde la cruz -esa tarea de creer en el nombre del Hijo Unigénito de Dios-, se identifica con mi lucha por ser santo: es decir, con intentar que mis obras, mi vida entera, sean hechas según Dios, buscando cumplir la voluntad de Dios.
2º. «Cuando tenemos turbia la vista, cuando los ojos pierden claridad, necesitamos ir a la luz. Y Jesucristo nos ha dicho que Él es la luz del mundo y que ha venido a curar a los enfermos.
-Por eso, que tus enfermedades, tus caídas -si el Señor las permite-, no te aparten de Cristo: ¡que te acerquen a Él!» (Forja.- 158).
Jesús, cuando a veces mis obras no son las que deberían ser, tengo la tentación de montarme mi teoría para quedarme más tranquilo: yo soy de los «normales»; ya es bastante con lo que hago, comparado con los demás…, etc.
Si hago caso de estos razonamientos -que proceden de la cobardía propia del que «no viene a la luz, para que sus obras no sean reprobadas», iré perdiendo la claridad que tenía cuando estaba más cerca de Ti, me iré alejando más y más de Ti.
Que me dé cuenta, Jesús, de que el cristiano debe compararse contigo, no con los demás; y que lo normal para un hijo de Dios es luchar por ser santo, aunque cueste.
Que no me engañe, que me mantenga en la verdad, y que, si mis ojos pierden claridad, vuelva a la luz, pues «el que obra según la verdad viene a la luz.»
Jesús, Dios me ha amado tanto que te ha entregado para salvarme, para curar mis enfermedades, mis caídas.
A mí me pides que crea en Ti, es decir, que mis obras sean hechas según Dios, que busque hacer la voluntad de Dios.
Pero si en esta lucha por la santidad tengo derrotas, ¡que no me aparten de Ti, Jesús!
Es entonces, precisamente, cuando más te necesito, porque Tú mismo has dicho: «No tienen necesidad de médico los que están sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia». (Lucas 5,31-32).
Jesús, que siempre que lo necesite, acuda con prontitud al Sacramento de la Penitencia, que es el «sacramento de la luz» porque me devuelve la gracia y aplica en la práctica los méritos de tu Redención; de modo que, al creer en Ti, «no perezca sino que tenga vida eterna»
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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Meditación: Domingo de la semana 24 del tiempo ordinario; 11 de septiembre, 2011; ciclo A


Meditación: Domingo de la semana 24 del tiempo ordinario; 11 de septiembre, 2011; ciclo A
«Entonces, acercándose Pedro, le preguntó: Señor; ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, cuando peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le respondió: No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser semejante a un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar; el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y así pagase. Entonces el servidor; echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré todo. El señor; compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a tino de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: Págame lo que me debes. Su compañero, echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré. Pero no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti? Y su señor; irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre Celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.» (Mateo 18, 21-35)

1º. Jesús, en una cultura donde dominaba la ley del Talión -ojo por ojo y diente por diente- perdonar dos veces era ya demasiado. Cuando Pedro te pregunta cuántas veces debe perdonar, se responde -como llegando al límite-: «¿hasta siete? No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», que es como decir: hay que perdonar siempre.
Pedro intentaba ser generoso, pero a lo humano.
Tú le elevas el nivel: hay que imitar a Dios, que es infinitamente misericordioso.
Y para que le quede claro, le explicas la parábola del siervo despiadado: su señor le ha perdonado diez mil talentos -unos setenta millones de denarios- y él no es capaz de perdonar cien denarios a su compañero.
Jesús, a veces pienso que lo que alguien me ha hecho es imperdonable, y no me doy cuenta de que eso -que me parece enorme- es como cien denarios comparado con los setenta millones que Tú me has perdonado muriendo en la cruz.
«Dios a nadie aborrece y rechaza tanto como al hombre que se acuerda de la injuria, al corazón endurecido, al ánimo que conserva el enojo» (San Juan Crisóstomo).
Si quiero ser tu discípulo, si quiero imitarte, he de aprender a «perdonar a lo divino».
Y para ello necesito primero «amar a lo divino».
Enséñame a amar a los demás como Tú los amas.
2º. «Conforme: aquella persona ha sido mala contigo. -Pero, ¿no has sido tú peor con Dios?» (Camino.-686).
Jesús, cuántas veces debo recurrir a este pensamiento tan simple, para no dejarme llevar de mis pasiones perdiendo la objetividad.
Conforme: aquella persona ha sido mala contigo; no debía haberse comportado así.
Pero calma.
¿No he sido yo peor con Dios?
Y Tú me perdonas una vez y otra.
¿No voy a intentar hacer lo mismo con mi prójimo?
Además, aquello que me parece tan grave, a veces es fruto de una confusión, o de un fallo sin mala intención; de modo que la otra persona no tiene la culpa o, al menos, toda la culpa.
Mi enfado puede ser injusto y, por supuesto, no arregla nada.
Mientras que si se aclaran las cosas con serenidad, muchas veces el problema se desvanece.
Jesús, si me enfado, no es por mi carácter.
Es por mi falta de carácter y de visión sobrenatural.
Ayúdame a saberme contener cuando me enfade.
Ayúdame a saber disculpar, a ver el lado positivo, sin caer en la ingenuidad.
Ayúdame a mirar a todos con aquella mirada tuya siempre amorosa, incluso con aquellos que te clavaron en la cruz.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Meditación: Domingo 23 tiempo ordinario; ciclo A. 4 de septiembre 2011


Meditación: Domingo 23 tiempo ordinario; ciclo A. 4 de septiembre 2011
«Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y publicano.
Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el Cielo.
Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir; mi Padre que está en los Cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mateo 18, 15-20)
1º. Jesús, hoy me enseñas una de las consecuencias del mandamiento nuevo: si he de amar a los demás como Tú los amas, tengo también la responsabilidad de intentar que rectifiquen cuando su comportamiento no es el que debería ser.
Esta responsabilidad se llama corrección fraterna: corregir al hermano.
«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano;» le habrás hecho el mayor favor, le habrás mostrado que le quieres de verdad.
En mi apostolado de cristiano corriente, además de abrir horizontes espirituales a los que me rodean mostrándoles la belleza del camino de santidad, debo advertirles -sin ofender, con cariño- aquellas cosas que no hagan bien.
Es un deber cristiano, como lo es el deber de ayudar a los que están necesitados en el terreno material.
Pero no es suficiente con señalar los defectos.
Lo que me pides, Jesús, es que les ayude a mejorar: con mi oración, con mi ejemplo y con mi palabra.
Jesús, me has dado un gran medio para ayudar a mis amigos a ser mejores: la Confesión.
Este sacramento no sólo perdona los pecados, sino que además da fuerzas para luchar en aquello de lo que uno se confiesa.
Les has dado a los apóstoles y a través de ellos a los sacerdotes el poder de atar y desatar: el poder de perdonar los pecados y administrar tu gracia.
¡Qué gran complemento a la corrección fraterna es el llevar a mis amigos a la Confesión!
Toda la virtud de la penitencia reside en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con Él con profunda amistad. El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la reconciliación con Dios. En los que reciben el sacramento de la Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, tiene como resultado la paz y la tranquilidad de conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual. En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera «resurrección espiritual», una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios» (CEC.-1468).
2º. «¿No es raro que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar; de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar? (Camino.-530).
Jesús, hoy me haces una promesa que debo recordar a menudo: «donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»
Quieres que los cristianos nos reunamos en tu nombre para rezar, para pedir cosas al Padre.
De ahí la importancia de rezar en familia, hacer la oración acompañado de otros, y de muchas costumbres en las que los cristianos se reúnen para rezar: procesiones, romerías, etc.
Jesús, Tú estableciste que la reunión de cristianos por excelencia fuera la Santa Misa: «haced esto en memoria mía» (Lucas 22,19).
En la Santa Misa, Tú estás en medio de nosotros de manera muy especial: te haces presente en la Eucaristía con tu cuerpo y sangre, alma y divinidad.
Por eso, la Santa Misa es el mejor lugar para pedirte lo que necesito, y también para alabarte, darte gracias y pedirte perdón.
Si esto es así, ¿no es raro que muchos cristianos se sientan urgidos para recortar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar?
Jesús, lo que pasa es que me falta fe para descubrir tu presencia en la Misa.
Auméntame mi fe.
Precisamente la Misa es el mejor momento para pedirte que aumentes mi fe, especialmente en la Consagración y en la Comunión, pues la Eucaristía es el Sacramento de nuestra Fe.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Meditación: Domingo semana 22 de tiempo ordinario; 28 de agosto, 2011; ciclo A


Meditación: Domingo semana 22 de tiempo ordinario; 28 de agosto, 2011; ciclo A
«Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta. En verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino.» (Mateo 16, 24-28)

1º. Jesús, eres Dios y sabes mejor que yo para qué me has creado y como voy a ser realmente feliz.
Sabes que todas las riquezas materiales del mundo juntas no son capaces de llenar un corazón creado para amar.
Si lo propio del corazón es amar, sólo se va a satisfacer amando.
Y amar es darse, entregarse.
Recibir, atesorar, conseguir para uno mismo, pueden satisfacer los deseos materiales del cuerpo; pero si se convierten en el único objetivo, pueden también destrozar la capacidad de amar que tiene nuestra alma espiritual.
Por eso hoy me recuerdas: «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?»
El egoísta podrá hacerse con cosas del mundo: honores, dinero, diversiones, comodidad.
Pero si pierde su alma, no sabrá amar en la tierra y, por ello, no podrá amar en la otra vida.
Infeliz aquí, infeliz en la eternidad.
«La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros textos del Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser dijeren te para unos y para otros» CEC.-1021)
Jesús, que me dé cuenta de que vale la pena darse, pensar en los demás, pensar en Ti.
Que sea consciente de que toda mi eternidad depende de la capacidad para amar que desarrolle en estos años de vida en la tierra.
Que no me engañe pensando que Tú me perdonarás con tu gran misericordia.
Tu gran misericordia la demuestras muriendo en la cruz y perdonándome en la confesión.
En el juicio, retribuirás «a cada uno según su conducta.»

2º. «El amor gustoso, que hace feliz al alma, está basado en el dolor: no cabe amor sin renuncia» (Forja.-760).
Jesús, ésta es la gran paradoja: no cabe amor sin renuncia.
Para aprender a amar hay que aprender a sufrir, a sacrificarse por el ser querido.
El que se busca a sí mismo, nunca experimentará ese amor gustoso, que hace feliz al alma.
Por eso aseguras que el que quiera seguirte, el que quiera amarte sobre todas las cosas, debe empezar por negarse a sí mismo: «si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».
Jesús, la señal de la cruz es la señal del cristiano, porque el sacrificio es el camino del amor, y sólo podemos ser cristianos si nos amamos los unos a los otros, y a Ti sobre todas las cosas.
¿Cómo puedo tomar cada día mi cruz?
Una buena manera de hacerlo es sirviendo a los que me rodean con pequeños detalles, y no quejándome ante los inconvenientes típicos de cada jornada, ofreciéndote esas dificultades por alguna intención.
De este modo, no buscándome a mí mismo sino entregándome a los demás, aunque parezca que pierda mi vida, la encontraré.
«Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará».
Jesús, Tú me has dado el máximo ejemplo de entrega: «nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Juan 15,13).
Tú has entregado tu vida por tus amigos, por mí.
Y por ello tienes el amor más grande, el amor gustoso que llena y hace feliz al alma.
Ayúdame a vencer la aparente contradicción de renunciar a mi egoísmo, de modo que aprenda a amar de veras.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Meditación: Viernes semana 21 de tiempo ordinario; 26 de agosto, 2011; año impar


Meditación: Viernes semana 21 de tiempo ordinario; 26 de agosto, 2011; año impar
«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que tomando sus lámparas salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardase en venir el esposo les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó vocear: ¡Ya está ahí el esposo! ¡Salid a su encuentro! Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite porque nuestras lámparas se apagan. Pero las prudentes les respondieron: Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras. Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: ¡Señor, Señor ábrenos! Pero él les respondió: En verdad os digo que no os conozco. Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora.» (Mateo 25, 1-13)
1º. Jesús, con esta parábola me alertas una vez más para que esté preparado, para que tenga siempre mi lámpara encendida, mi alma en gracia.
Para preparar mejor a las personas en trance de muerte, has instituido el sacramento de la Unción de los enfermos, que precisamente usa el aceite como materia.
«La Unción de los enfermos acaba por confirmarnos con la muerte y resurrección de Cristo, como el Bautismo había comenzado a hacerlo. Es la última de las sagradas unciones que jalonan toda la vida cristiana; la del Bautismo había sellado en nosotros la vida nueva; la de la Confirmación nos había fortalecido para el combate de esta vida. Esta última unción ofrece al término de nuestra vida terrena un escudo para defenderse en los últimos combates y entrar en la Casa del Padre» CEC.- 1523).
Tengo la responsabilidad de procurar que mis familiares y amigos en trance de muerte puedan recibir este sacramento.
Y si es tu voluntad, dame también a mí la oportunidad de recibirlo.
2º. El Evangelista cuenta que las prudentes han aprovechado el tiempo. Discretamente se aprovisionan del aceite necesario, y están listas, cuando avisan: ¡eh, que es la hora!, «mirad que viene el esposo, salidle al encuentro»: avivan sus lámparas y acuden con gozo a recibirlo.
Pero sigamos el hilo de la parábola. Y la fatuas, ¿qué hacen? A partir de entonces, ya dedican su empeño a disponerse a esperar al Esposo: van a comprar el aceite. Pero se han decidido tarde y, mientras iban, «vino el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas» (..).No es que hayan permanecido inactivas: han intentado algo… Pero escucharon la voz que les responde con dureza: «no os conozco». No supieron o no quisieron prepararse con la solicitud debida, y se olvidaron de tomar la razonable precaución de adquirir a su hora el aceite. Les faltó generosidad para cumplir acabadamente lo poco que tenían encomendado. Quedaban en efecto muchas horas, pero las desaprovecharon.
Pensemos valientemente en nuestra vida. ¿Por qué no encontramos a veces esos minutos, para terminar amorosamente el trabajo que nos atañe y que es el medio de nuestra santificación? ¿Por qué descuidamos las obligaciones familiares? ¿Por qué se mete la precipitación en el momento de rezar de asistir al Santo Sacrificio de la Misa? ¿Por qué nos faltan la serenidad y la calma, para cumplir los deberes del propio estado, y nos entretenemos sin ninguna prisa en ir detrás de los caprichos personales? Me podéis responder: son pequeñeces. Sí, verdaderamente: pero esas pequeñeces son el aceite, nuestro aceite, que mantiene viva la llama y encendida la luz» (Amigos de Dios.- 40-41).
Jesús, ayúdame a aprovechar bien el tiempo que me das, luchando por cumplir con orden el horario que tengo previsto.
El horario debe incluir el tiempo requerido para hacer bien el trabajo, unos momentos al día para mis normas de piedad -oración, misa, rosario, etc. …-, y el espacio que se merecen mis obligaciones familiares.
Si lucho por vivir la puntualidad y el orden en el horario, mi horas se multiplicarán.
Y sobre todo, esos vencimientos diarios, aunque son pequeñeces, serán el aceite que mantiene viva la llama de mi vida interior.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Meditación: Jueves semana 21 de tiempo ordinario; 25 de agosto, 2011; año impar


Meditación: Jueves semana 21 de tiempo ordinario; 25 de agosto, 2011; año impar
«Velad, pues, ya que no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor Sabed esto, que si el amo supiera a qué hora de la noche habría de venir el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que le horadasen su casa. Por tanto, estad también vosotros preparados, porque a la hora que no sabéis vendrá el Hijo del Hombre.¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien su señor puso al frente de la servidumbre, para darles el alimento a su tiempo? Dichoso aquel siervo, a quien su amo al venir encuentre haciendo así. En verdad os digo que le pondrá al frente de su hacienda. Pero si ese siervo fuese malo y pensara en su interior: Mi señor tardará, y comenzase a golpear a sus compañeros y a comer y beber con los borrachos, el día que menos espere y a una hora desconocida vendrá el amo de ese siervo, y le dará el mayor castigo y le hará correr la suerte de los hipócritas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» (Mateo 24, 42-51)
1º. Jesús, hoy me recuerdas que he de estar vigilante siempre, que en cualquier momento puedes venir a llamarme para la otra vida.
Y que, por tanto, he de estar siempre preparado, siempre en gracia de Dios.
«Dichoso aquel siervo, a quien su amo al venir encuentre haciendo así»
Porque dejará de ser siervo, para formar parte de la familia de Dios, en el Cielo.
«Pero si ese siervo fuese malo…»
Hay gente que piensa que la mejor combinación es ser malo en la tierra -vivir al margen de la ley de Dios, guiándose por sus gustos e intereses personales- y arrepentirse en el último momento, para así coger también «lo bueno» de la otra vida.
No se enteran de que la vida superficial y egoísta no conduce a la verdadera alegría en la tierra.
Y además se engañan pensando en el arrepentimiento de última hora, porque Tú les puedes llamar «el día que menos esperan y a una hora desconocida.»
Pero hay un problema aún mayor: la persona que sólo vive para sí misma en esta vida, es muy difícil que quiera cambiar a la hora de la muerte, aunque Tú le intentes ayudar con gracias especiales.
En cambio, si yo lucho por vivir en gracia de Dios, aunque tenga fallos, podré aprovechar tu ayuda para prepararme en ese momento final.
«Cuanto más retrasamos salir del pecado y volver a Dios, mayor es el peligro en que nos ponemos de perecer en la culpa, por la sencilla razón de que son más difíciles de vencer las malas costumbres adquiridas. Cada vez que despreciamos una gracia, el Señor se va apartando de nosotros, quedamos más débiles, y el demonio toma mayor ascendiente sobre nuestra persona. De aquí concluyo que, cuanto más tiempo permanecemos en pecado, en mayor peligro nos ponemos de no convertirnos nunca» (Santo Cura de Ars).
2º. «Un hijo de Dios no tiene miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de la filiación divina: Dios es mi Padre, piensa, y es el Autor de todo bien, es toda la Bondad.
Pero, ¿tú y yo actuamos, de verdad, como hijos de Dios?» (Forja.-987).
Jesús, el mejor modo de estar preparado para el momento de la muerte es vivir la filiación divina: sentirme y actuar en todo momento como lo que soy, hijo de Dios.
Viviendo así, ni la muerte ni ninguna otra cosa me puede atemorizar, porque estoy siempre en tus manos y Tú me quieres con amor de padre, con un amor infinito.
Jesús, vivir la filiación divina, significa que cuando algo me sale bien, no me creo el amo del mundo, sino que tengo muy claro que todo lo bueno que poseo te lo debo a Ti.
Por eso, mi primera reacción ante ese suceso exitoso será darte gracias.
A la vez, si algo no me sale como esperaba, no me desespero, sino que voy a Ti y te digo: Jesús, si Tú quieres esto, por algo será; hágase tu voluntad y no la mía.
Y ante el error personal, ante mis fallos, en vez de desanimarme iré de nuevo a Ti, como una criatura pequeña que necesita ayuda de sus padres, diciendo: Jesús, mira que soy flojo, que a veces no puedo con mis defectos, que necesito que me ayudes más.
No me sueltes de tu mano, porque me caigo.
Yo, por mi parte, intentaré no soltarme más de la tuya.
Jesús: gracias, perdóname, y ayúdame más.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.