HOMILÍAS 3ER- DOMINGO ORDINARIO A, 26 DE ENERO, 2014


HOMILÍAS 3ER- DOMINGO ORDINARIO A, 26 DE ENERO, 2014

1.- LLAMADOS A EVANGELIZAR

Por José María Martín OSA

1.- Luz para los que buscan en tinieblas. En el Salmo proclamamos: “El Señor es mi luz y mi salvación”. Mateo ve en el inicio de la predicación de Jesucristo la realización de la profecía de Isaías: es la gran luz para el pueblo que caminaba en tinieblas. Luz para nosotros, porque todos vivimos de algún modo en tinieblas, sobre todo en tiempos de cambios sociales, culturales y religiosos, en los que a menudo no sabemos qué debemos hacer. Por ello, la primera conclusión del comentario de hoy es: busquemos la luz en Jesucristo. Nosotros debemos ser ahora esta luz. Como dice Pablo: “Cristo me envió a anunciar el Evangelio”. Es decir, no simplemente a bautizar a los ya convencidos, sino a comunicar a los demás la luz del Evangelio. Esta es la primera tarea de la Iglesia, que afecta a todos los cristianos. ¿Cómo evangelizamos nosotros ahora? ¿Qué hacemos para ser luz para los hombres que viven con nosotros? Ser cristiano, más que limitarse a ir a misa o ser buena persona, es comunicar Evangelio.

2.- Necesitamos convertirnos. El primer mensaje de Jesús al comenzar su predicación es la conversión. El Evangelio hoy nos urge a un cambio interior para con Dios, para con los hombres, para con el mundo en que vivimos. También nosotros nos acomodamos, nos establecemos y nos quedamos cómodamente sentados en el marco cristiano en el que funciona nuestra vida. Como si no hubiera nada más, nada nuevo que aprender, nada nuevo que conocer, nada nuevo a lo que aspirar. Nos instalamos en una situación cómoda, en la que estamos a gusto porque “cumplimos con Dios, cumplimos con los hombres. La conversión es una decisión que hay que tomar ahora y no dejar para después; dejarlo para después sería desoír su llamada. Jesús agrega una motivación: “El Reino de Dios está cerca”. Esta motivación es la Buena Nueva, es decir, la revelación del amor de Dios hacia el hombre. El amor de Dios es la motivación perfecta para la conversión.

3.- La vocación cristiana se define como “seguimiento a Jesús”. Jesús invita a Pedro, Andrés, Santiago y Juan a seguirle. Todos somos llamados por el Señor para seguirle, y esa vocación al seguimiento se realiza en distintos estados de vida: vida consagrada (religiosos, sacerdotes), y vida secular o laical. Somos llamados para estar con Jesús, para seguir el camino de Jesús, para una misión en la Iglesia y en el mundo. Toda vocación (llamado) es siempre para una misión. Jesús llamó a sus discípulos para luego enviarlos a la misión. La Iglesia es, por su propia naturaleza, misionera; si dejara de ser misionera dejaría de ser Iglesia. Quien quiere seguir al Señor tiene que aceptar las exigencias y consecuencias del seguimiento. No vale decir “después”, “más adelante”, “ahora tengo demasiado trabajo”…También a cada uno de nosotros —a todos los cristianos— Jesús nos pide cada día que pongamos a su servicio todo lo que somos y tenemos. ¿Qué quiere decir “pescadores de hombres”? Una bonita respuesta puede ser un comentario de san Juan Crisóstomo. Este Padre de la Iglesia dice que Andrés no sabía explicarle bien a su hermano Pedro quién era Jesús y, por esto, «lo llevó a la misma fuente de la luz», que es Jesucristo. “Pescar hombres” quiere decir ayudar a quienes nos rodean en la familia y en el trabajo a que encuentren a Cristo, que es la única luz para nuestro camino.

4.- Jesús no sólo predica, hace realidad el Reino con los hechos. Lo hemos oído: predicaba y “curaba las enfermedades y dolencias del pueblo”.El Reino de Dios es anunciado con hechos y palabras. Así, con ese estilo capaz de despertar a la gente, que levanta en todos, ilusiones y deseos de ir con El, recorre Galilea. Porque el Reino de Dios, la felicidad que Dios promete, no es sólo una felicidad íntima, algo que queda dentro de nosotros. Es también algo que se hace realidad ya ahora, en cada momento. Y por eso, Jesús no se contenta con proclamar la vida nueva de Dios, sino que la convierte en cosas concretas: lucha contra el mal, elimina el dolor y la tristeza que se encuentra en su camino. Une la palabra y los hechos. Todo eso arrastra a la gente, crea ilusión y llega a ser una verdadera luz en un país que habita en tinieblas, algo nuevo que vale la pena seguir. ¡Que lo sintamos también como una luz para nosotros!


2.-JESÚS PASA A NUESTRO LADO

Por Antonio García-Moreno

1.- HUMILLACIÓN Y GOZO.- Isaías recuerda las humillaciones que padeció el pueblo, las derrotas, los momentos difíciles de una guerra perdida de antemano. Los territorios de Zabulón y Neftalí sufrieron frecuentes incursiones de los pueblos del Norte. Fueron desterrados, despojados de sus bienes, condenados a vivir en tierras extrañas, en medio de sus propios enemigos.

Pero Yahvé los volvería a mirar con amor, se olvidaría de sus delitos, les perdonaría sus pecados y los reintegraría a su patria. Y de nuevo amanecieron días llenos de paz, días sin temores, días serenos y tranquilos. Y todo porque Dios no quiere castigarnos sin fin. Y mientras vivimos ensaya mil formas para atraernos, para hacernos caer en la cuenta de su gran amor por nosotros. Cuando le volvemos la espalda, nos hace ver lo triste que es nuestra vida sin Él. Y al vernos llorar nos perdona, nos limpia las lágrimas y nos anima a volver otra vez junto a él, a empezar de nuevo como si nada hubiera ocurrido.

La alegría, el gozo. Los dones más preciosos que Dios puede hacer al hombre. El sentirse contento, el vivir sin agobios, sin miedo. Vivir alegres, tener ganas de cantar, estar ilusionados con lo que nos rodea, mirar con esperanza y optimismo al futuro, no acobardarse por nada, afrontar con fortaleza y serenidad la vida, por difícil o penosa que sea.

Gozo del que recoge el abundante fruto de su trabajo, alegría del que siega su propia siembra ya granada, júbilo del que se reparte el botín ganado tras una dura batalla… Señor, muchas veces estamos tristes, andamos preocupados, agobiados por el peso de la vida. Repite una vez más el milagro de convertir nuestra tristeza en alegría, danos vivir seriamente nuestra fe, inyecta tu fuerza en nuestra debilidad. Acrecienta en nosotros la alegría, auméntanos el gozo.

2.- ANTORCHAS VIVAS.- Juan Bautista terminó sus días en la cárcel. Aquella antorcha viva que anunció la llegada de la Luz, se extinguió en la tierra, para lucir luego con más esplendor allá en el Cielo. Desde entonces su nombre quedaría esculpido como modelo de fidelidad a su propia misión, como reclamo y llamada para todos los que tenemos la excelsa misión de ser testigos de Cristo a lo largo de toda la Historia. Su misión fue, en efecto, cumplida con toda exactitud. La Luz irrumpió en las regiones ensombrecidas por los errores del paganismo, pueblos que Isaías contemplaba envueltos en las tinieblas de la muerte. De forma paulatina, pero inexorable, la claridad gozosa del Evangelio comenzó su avance por aquellos pueblecitos de Galilea, donde como un incendio en el bosque, se propagaría el fuego que Cristo había traído a la tierra.

Metidos en aquellos parajes tan bucólicos, caminemos junto al Maestro, el atrayente Rabbí de Nazaret, para escuchar sus palabras, para contemplar enamorados su figura y sus gestos, deseosos de empaparnos de su espíritu, anhelantes de serle fieles hasta la muerte, como el Bautista lo fue. Hacer carne de nuestra carne su doctrina, vida de nuestra vida su propia vida.

Hoy vemos a Pedro y Andrés su hermano que pescan cerca de la orilla del lago. La red dibuja círculos sobre el agua y barre repetidamente el fondo. Jesús pasa cerca y les dice que le sigan y los hará pescadores de hombres. Ellos no lo dudaron ni un instante. La palabra persuasiva del Maestro encontró eco en el corazón sencillo de aquellos rudos pescadores. Luego serán Juan y Santiago. También ellos estaban trabajando cuando Jesús los llamó y también ellos respondieron con prontitud y generosidad. De ese modo iniciaron la más bella y audaz aventura que jamás pudieron soñar. Nunca olvidarían aquel encuentro, nunca abandonarían el camino emprendido en aquellos momentos. Camino de luchas y renuncias, pero camino también de luz y de gloria.

También ahora Jesús pasa a nuestro lado. Nos ve quizá enfrascados en nuestra tarea diaria, ensimismados en nuestro trabajo. Nos mira como miró a Pedro y nos dice que le sigamos, que quiere hacernos pescadores de hombres, que quiere encendernos para que seamos anunciadores de la Luz, antorchas vivas que alumbran las sombras de muerte en que yace el mundo. Las barcas y las redes, nuestros pequeños ídolos nos retraen quizá, lo mismo que les ocurriría quizás a los primeros discípulos. Pero como ellos hemos de mirar hacia delante y no hacia atrás, fijarnos en la Luz que está al fin del camino y ser valientes para recorrerlo.


3.- UNA INVITACIÓN A LA CONVERSIÓN

Por Pedro Juan Díaz

1.- Cafarnaúm, galilea de los gentiles.- Jesús comienza su misión estableciéndose en Cafarnaúm, la “Galilea de los gentiles”, un territorio que no era muy cristiano, para que lo entendáis. Era una tierra de sincretismo, de todo vale, de “cojo un poco de aquí y otro poco de allá”, de relajación de costumbres. Yo creo que se parece bastante al tipo de sociedad en el que vivimos. Jesús podría haberse situado en un contexto más “religioso”, entre los sacerdotes, en el Templo, pero elige alejarse de todo eso y acercarse a los más alejados. Es una reflexión muy interesante para preguntarnos cerca de quien nos situamos los cristianos hoy.

Desde ese ambiente secular lanza una invitación a la conversión, anunciando que Dios está cerca de todos ellos. No dice exactamente Dios, porque los judíos no podían nombrarle. Dice “el reino de los cielos”, que es la manera que tiene Jesús de llamar a su proyecto, al proyecto de Dios para todas las personas, un proyecto que llega a través de lo pequeño y lo sencillo, a través de signos significativos en la vida de cada día; un proyecto que entienden muy bien los más sencillos y humildes. Y después de esa llamada a la conversión, en ese territorio gentil y con una gente alejada de la fe, les propone las bienaventuranzas como camino a seguir. Pero de eso ya hablaremos la semana que viene.

El proyecto de Dios consiste en que todos sus hijos descubran que Él les quiere, que está cerca de ellos, que quiere compartir sus vidas. Por eso ha enviado a su hijo Jesús. Es lo que hemos celebrado durante toda la Navidad. Dios se ha hecho hombre, se ha acercado a nosotros de manera asombrosa, ha puesto su residencia habitual entre nosotros, para que descubramos que “está cerca el Reino de los cielos”, para que nos convirtamos y dejemos de pensar que Dios está allí arriba y nosotros aquí abajo, y que no le preocupan nuestras cosas, ¡todo lo contrario! La conversión necesita, además de cambiar nuestro corazón, cambiar también nuestra mentalidad.

La conversión nos pide también estar cerca de los que están lejos para acercarles el mensaje con nuestro estilo de vida, con nuestra conversión sincera, con nuestra manera de creer y entender que Dios está con nosotros todos los días, hasta el final. Es la manera que tenemos de ser auténticos evangelizadores.

2.- La unidad de los cristianos. Otro testimonio nuestro de la cercanía de Dios será nuestra unidad, “con un mismo pensar y un mismo sentir”, como dice San Pablo en la segunda lectura de hoy a los Corintios, que andaban bastante divididos. Estamos rezando de manera especial en esta semana por la unidad, que será un signo de credibilidad, un testimonio de conversión y de cercanía de Dios para todas las personas. “Os ruego en nombre de nuestro Señor Jesucristo –dice San Pablo-: poneos de acuerdo y no andéis divididos”. Es una asignatura pendiente y necesitada de conversión por parte de todos nosotros.

La Eucaristía es el gran signo de la unidad, es el momento de encuentro de toda la familia cristiana en torno a la mesa de Jesús que nos convoca. Es el momento de celebrar juntos nuestra fe, celebrar que Dios nos quiere y que acompaña cada momento de nuestra vida. Vamos a vivirlo con gozo. Proclamemos nuestra fe en Dios, que se ha acercado a cada uno de nosotros en Jesús y nos dice: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”.

Fuente: www.betania.es

Anuncios

La Homilía: Segundo Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A. 19 de enero, 2014


La Homilía: Segundo Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A. 19 de enero, 2014

Imagen

 

1.- JESUCRISTO, VÍCTIMA INMOLADA Y SEÑOR GLORIOSO

Por Antonio García-Moreno

1.- EL ORGULLO DIVINO.- El profeta va dibujando la figura del Siervo de Yahvé, y a través de diversos poemas va trazando los perfiles de ese personaje, que ha de salvar al pueblo de Dios. Hoy nos refiere que ese Siervo es el orgullo de Yahvé, su mayor motivo de gloria… Se refiere a Cristo, al Verbo encarnado, a Jesús de Nazaret. Él es, efectivamente, el mayor reflejo de la grandeza de Dios, es su imagen perfecta, es la manifestación mejor conseguida del amor divino, que nos tiene el Padre eterno.

Y nosotros, los cristianos, hemos de plasmar en nuestras vidas la figura entrañable de Cristo. Ser también manifestación del amor de Dios y motivo de orgullo para el Señor. Para conseguirlo sólo tenemos un camino, el de identificarnos con Cristo. Hemos de esforzarnos para imitarle, para vivir como él vivió, para morir como él murió, para ser como él es: reflejo de la bondad de Dios, orgullo del Padre eterno.

El Siervo de Yahvé congregaría al resto de Israel, a lo que había quedado de la casa de Jacob, aquellos hombres desperdigados por el mundo entero, aquellos que habían conservado en sus corazones la sencillez y la esperanza. Son los que la Biblia llama “pobres de Yahvé”. Pero Cristo no se limitaría a reunir a ese “resto” preanunciado por los profetas. Él vino con una misión universal, él será, es la luz para todas las naciones. Y entre todos los pueblos habrá muchos que sigan a Cristo, atraídos por la luminosidad de su palabra.

También en esto hemos de asemejarnos a Cristo. Siendo como luces encendidas en medio de nuestro oscuro mundo. Y es que la misión de Cristo se prolonga en los que le siguen. Los que creemos en él somos, hemos de ser, una llamada a la esperanza. Y así cada cristiano que viva seriamente sus compromisos será como un punto de luz. De esta forma, todos encendidos, construiremos un mundo mejor, iluminado por el resplandor del amor de Cristo.

2.- EL CORDERO DE DIOS.- Las orillas del Jordán bullían de muchedumbres venidas de todas las regiones limítrofes. La fama del Bautista se extendía cada vez más lejos. Su palabra recia y exigente había llegado hasta las salas palaciegas, hasta el castillo del rey a quien recriminaba públicamente su conducta deshonesta. Al Bautista no le importó el peligro que aquello suponía. Por eso hablaba con claridad y con valentía a cuantos llegaban. A veces eran los poderosos saduceos, en otras ocasiones fueron los fariseos pagados de sí o los soldados que abusaban de sus poderes. Para todos tuvo palabras libres y audaces que denunciaban lo torcido de sus conductas y que era preciso corregir. Qué buena lección para tanto silencio y tanta cobardía como a menudo hay entre nosotros.

Juan fue fiel a la misión que se le había encomendado: preparar el camino al Mesías. Ello supuso el fin de su carrera, dar paso a quien venía detrás de él, ocultarse de modo progresivo para que brillara quien era la luz verdadera. Sí, el Bautista aceptó con generosidad su papel secundario y chupando llegó el momento se retiró, no sin antes señalar con claridad a Jesús como el Mesías anunciado, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Desde entonces su figura ha quedado vinculada a la del Cordero. Un título cristológico que encierra en sí toda la grandeza del Rey mesiánico y también su índole kenótica o humillante. El Cordero es, en efecto, la víctima inmolada en sacrificio a Dios que Juan contempla en sus visiones apocalípticas desde Patmos. Así en más de una ocasión nos presenta sentado en el trono a ese glorioso Cordero sacrificado, ante el que toda la corte celestial se inclina reverente, y canta gozosa y agradecida.

Por tanto, es a Jesucristo, víctima inmolada y Señor glorioso, al que se representa con el Cordero. Todo un símbolo que se repite una y otra vez, sobre todo en la liturgia eucarística, para que en nuestros corazones renazca el amor y la gratitud, el deseo de corresponder a tanto amor como ese título de Cordero de Dios implica. Es, además, todo un programa de vida, un itinerario marcado con decisión y claridad por los mismos pasos de Jesús. Aceptemos, pues, la parte de dolor y de sacrificio que nos corresponda en la vida y en la muerte. Ofrezcamos nuestros cuerpos como víctima de holocausto que se quema, no de una vez sino día a día y momento a momento, en honor y gloria de Dios. Si vivimos así, la esperanza renacerá siempre en medio de las dificultades, nos sentiremos vinculados al sacrificio de Cristo y, por consiguiente, asociados también a su triunfo.


2.- CELEBRAMOS NUESTRA LIBERACIÓN

Por Pedro Juan Díaz

1. Cordero de Dios.- Cuántas veces hemos escuchado la expresión “cordero de Dios”, pero que poco nos hemos parado a profundizar en su significado. Es la oración que rezamos antes de comulgar, pero no se puede entender si no conocemos el sentido del “cordero pascual” en la vida judía. ¿Qué quiere decir Juan el Bautista con esta expresión? El cordero era el animal que se ofrecía en los sacrificios que hacían los judíos. Era la ofrenda que hacían las personas pobres. Un cordero fue sacrificado en la liberación de los judíos de Egipto, señalando con su sangre las casas de los liberados. Desde ese momento y para celebrar la liberación de la esclavitud de Egipto, todas las familias se reunirán en la noche de la Pascua, y sacrificarán un cordero en conmemoración de aquel día. El cordero se convirtió así en el símbolo de la Pascua, de la liberación.

2.- Los cristianos celebramos otra Pascua, otra liberación. Celebramos la liberación de algo que nos esclaviza y a lo que llamamos pecado. En esta Pascua hay un paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la Vida. Y también un “cordero” va a ser sacrificado para perdonar el pecado del mundo. Jesús es ese “cordero”. Pero además es el cordero “de Dios”, porque tiene la plenitud del Espíritu. Su sacrificio en la cruz nos ha “marcado” para siempre como personas libres del pecado. Con la entrega de su vida ha quitado el pecado que da la muerte, y todo lo que ello conlleva, para que vivamos como hombres y mujeres libres, como hijos de Dios, miembros de su gran Familia.

3. Jornada mundial de las migraciones.- Precisamente ese sentido de unidad de la gran familia humana es el que quiere resaltar el lema de una jornada que estamos celebrando este fin de semana en toda la Iglesia: la Jornada mundial de las migraciones. Su lema es “una sola familia humana”. Nos parece obvio que Jesús, al sacrificarse por nosotros como el “cordero de Dios” no hace distinción en los que salva, ni por su clase social, ni por el color de su piel, ni por en lugar en el que han nacido. La salvación es universal. El gran deseo de Dios está expresado en la primera lectura del Profeta Isaías: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”, para que todas las personas por las que Jesús se sacrificó como “cordero de Dios” podamos formar “una sola familia”.

Entre nosotros, y también en nuestra Iglesia, sigue habiendo “pecado que quitar”, mucho racismo, xenofobia, intolerancia hacia lo diferente, hacia los que no piensan o viven como nosotros. El gran reto de todos es reconocernos hermanos, no sólo en este aspecto de la relación con los inmigrantes, sino en todos los aspectos de nuestra vida, también en las relaciones de cada día entre nosotros. La Iglesia nos propone todos los años esta jornada para recordarnos estas claves fundamentales, y para seguir manteniendo la tensión por construir el Reino de Dios desde las claves de la fraternidad y la igualdad. Todos somos hermanos, todos somos iguales ante Dios. Jesús es el “cordero de Dios que quita el pecado del mundo” para todas las personas por igual.

4.- Semana de oración por la unidad de los cristianos.- En esta misma línea, la Iglesia también nos propone la próxima semana que recemos por la unidad de los cristianos. Del 18 al 25 de Enero celebraremos el octavario de oración por la unidad de los cristianos. Las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales se han ido incorporando a esta larga marcha de plegarias y oraciones por la recuperación de la unidad visiblemente perdida de la Iglesia, y la oración intensa y ferviente del Octavario es hoy patrimonio de todas las confesiones cristianas. Dios tiene una misión para su “ungido”: reunir, convocar, sanar, recuperar, reconciliar… La misión del profeta es “reunir a Israel”. La misión del “cordero de Dios” es quitar el pecado del individualismo, de la división, del odio, de la falta de unidad.

En el fondo, todo nos lleva a lo mismo. La Eucaristía de cada domingo nos convoca a celebrar con alegría que somos una gran familia, la familia de los hijos y las hijas de Dios, que no conoce fronteras, en la que cabemos todos, y en la que Él, el “cordero pascual”, se ofrece una y otra vez para hacernos libres del pecado. En nosotros está acoger esa salvación. En nosotros está valorar ese “sacrificio” redentor. Para nosotros Él está ahí, en la Mesa, convocándonos, animándonos, llamándonos a la unidad, ofreciéndose por nosotros, por nuestra salvación. Proclamemos juntos nuestra fe en el Dios sin fronteras, en el Dios de todos y todas, en el Dios de la unidad, en el “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.


3.- EL PECADO DEL MUNDO

Por Gabriel González del Estal

1.- Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El “pecado del mundo” es más amplio y profundo que los pecados personales que cometemos individualmente cada uno de las personas humanas. El pecado del mundo es un pecado social y estructural que afecta a comunidades enteras de personas: las guerras, el hambre, la injusticia, la desigualdad económica y social, la discriminación, el egoísmo y la ambición sin límites… Es verdad que, aunque no son la misma cosa, sí hay una relación íntima entre los pecados individuales y el pecado del mundo, porque el pecado del mundo se concreta y realiza en y a través de nuestros pecados individuales. Si no hubiera pecados individuales no habría pecado del mundo. Cristo vino a quitar los pecados individuales y vino también a quitar el pecado del mundo. El pecado del mundo es siempre, en definitiva, un pecado contra el amor, contra el mandamiento nuevo que Jesús nos mandó. San Juan, en su primera Carta, lo dice y lo repite por activa y por pasiva. Me limito a repetir algunas de las frases de esta Carta que hemos leído en las eucaristías del día en el que estoy escribiendo esto: “En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni el que no ama a sus hermanos. Pues este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros… quien no ama permanece en la muerte; no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad”.

2.- Lo que Cristo quiere es que cada uno de sus seguidores, cada uno de nosotros los que nos llamamos cristianos, luchemos contra el pecado del mundo, contra el desamor, individual y socialmente. Que amemos nosotros de verdad, con obras, a nuestros hermanos, y que luchemos, con amor y por amor, contra el pecado social y estructural del mundo en el que vivimos. Los cristianos no podemos conformarnos con ser nosotros individualmente buenos, debemos luchar activamente contra el gran pecado estructural, contra el pecado del mundo, contra el pecado del desamor. Sí, sabiendo que yo no voy a cambiar definitivamente al mundo, pero sabiendo también que mi lucha es necesaria para que el mundo cambie. De muchos buenos granos de arena se hace una buena playa y de muchas acciones buenas individuales se hace una sociedad buena. Debemos hacerlo todo movidos por el Espíritu Santo, por el Espíritu que Juan vio que se posaba, como una paloma, sobre Jesús de Nazaret. Así también nosotros daremos testimonio de Jesús y así también nosotros, por Él y con Él, estaremos contribuyendo a quitar el pecado del mundo.

3.- Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra. Esa fue la vocación del “siervo de Yahvé”, esa fue la vocación de Cristo, esa debe ser la vocación de cada uno de los cristianos. No podemos encerrarnos ni en nosotros mismos, ni en nuestro propio barrio, ciudad o Estado; nuestra vocación es universal, católica, como fue la vocación del siervo de Yahvé. Porque el pecado del mundo nos supera y nos trasciende, está en cualquier lugar del mundo donde un ser humano sufre el pecado del desamor. Si actuamos así, también Dios podrá decirnos a nosotros que somos sus siervos, de los que Él se siente orgulloso.

Fuente: www.betania.es

La Homilía: Segundo Domingo Bautismo Del Señor. 12 de enero, 2014


La Homilía: Segundo Domingo Bautismo Del Señor. 12 de enero, 2014

1.- EL SEÑOR INAUGURA UNA NUEVA ERA

Por Antonio García-Moreno

1.- DIOS SABE ESPERAR.-“La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará” (Is 42, 3) La caña cascada ya no sirve para nada, le falta consistencia. Mejor es tirarla, terminar de quebrarla, hacerla astillas para el fuego. Y el pabilo vacilante da poca luz, apenas si alumbra. También dan ganas de apagarlo de una vez y encender otra luz más fuerte y segura. Así piensan los hombres. Tienen poca paciencia los unos con los otros. Se aguantan con dificultad, se echan en cara sus defectos, prescinden rápidamente de los que estorban, eliminan a los que no rinden.

Dios no, Dios sabe esperar, Dios tiene una gran paciencia. Y al débil le anima para que siga caminando, al que está triste le infunde la esperanza de una eterna alegría, y al que lucha y se afana inútilmente le promete una victoria final, una victoria definitiva.

“Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes que esperan las islas” (Is 42, 4) Cristo sigue promoviendo el derecho sobre la tierra, despertando en los hombres la inquietud por una justicia auténtica. Su voz sigue resonando en las conciencias, reclamando el derecho de los oprimidos. La Iglesia es la continuación de Jesús, es el signo sensible de su persona, su voz clara y valiente. Lo dijo Él: Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien a vosotros escucha, a mí me escucha.

Señor, da fortaleza a tu Iglesia para que siga levantando la voz en defensa de la justicia, para que siga recordando a los hombres el mensaje de amor que tú has traído a la tierra. Y concede a cada uno de nosotros una sensibilidad exquisita para todo lo que sea justo, una fidelidad heroica a las leyes divinas, a las normas del Evangelio, al Derecho de la Iglesia. Hacer justicia sin vacilaciones, vivir el Derecho, eclesiástico o civil, sin quebrantos ni claudicación alguna.

2.- DIOS SOBRE LAS AGUAS.-“La voz del Señor sobre las aguas” (Sal 28, 3) Se describe en este salmo el terrible espectáculo de una tempestad que, como impresionante azote, descarga sobre la tierra su flagelo de lluvias torrenciales y lanza, rasgando las nubes plomizas, el dardo encendido de sus rayos. Los truenos que hacen temblar los valles y las montañas son para el salmista la voz del Señor, que retumba sobre las aguas de forma grandiosa y potente.

Los vientos desencadenados y las aguas en cataratas sirven de símbolo para hacernos comprender, aunque sea de modo aproximado, el poderío y la majestad de Dios. En esos momentos en que la tempestad es más intensa y los truenos resuenan al unísono con el resplandor rutilante del relámpago, el hombre se ve pequeño e impotente, indefenso y frágil. Entonces es capaz de intuir la trascendencia y la majestad excelsa del Señor de los cielos y tierras. Es entonces también cuando la plegaria brota espontánea del alma, como un suspiro que se escapa o como un clamor desesperado.

“El Dios de la gloria ha tronado” (Sal 28, 4) Ante la grandeza divina reflejada en el fragor de una tormenta el salmista nos exhorta a que aclamemos al Señor, postrados en honda adoración, ante Dios, Creador y Redentor nuestro. En su templo sagrado ha de resonar un cántico unánime que glorifique el poder del Altísimo. Poder que aquí se destaca en relación con las aguas, sobre las cuales su voz se hace sentir como un mandato que las suelta en aguaceros que caen a mares. El Señor, dice el canto sagrado, se sienta encima de las aguas como si estuviera sobre un trono. Y por esa soberanía sobre esas aguas les confiere el poder de purificar hasta la mancha más profunda del hombre, la del pecado original. Así ocurre, efectivamente, en la celebración del santo Bautismo cuando el agua derramada sobre el neófito en el nombre de Dios, uno y trino, lo lava de toda culpa y pecado. Pero el poder divino va más allá, pues el agua del Bautismo no sólo lava, sino que además fecunda el alma del nuevo cristiano, infundiéndole una nueva vida, la vida divina y transformándolo en hijo de Dios.

3.-LA OTRA JUSTICIA.-“Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia…” (Hch 10, 34) Dios es distinto, totalmente distinto. Por eso su justicia es también diversa, diferente de la justicia de los hombres. Ésta consiste en dar a cada uno lo suyo, según la conocida definición de la justicia retributiva. La justicia de Dios va mucho más allá. Da a cada uno lo que le corresponde y mucho más. Por eso la justificación del hombre es totalmente gratuita, se debe no a los méritos del ser humano, sino a la infinita misericordia de Dios.

No, Dios no es deudor de nadie; ni nadie tiene derecho alguno ante Dios. Su justicia equivale a su santidad, es decir, a su trascendencia, o más claro aún, a su inmenso amor, esa esencia inefable y misteriosa que rebasa infinitamente nuestra chata capacidad de entender y de amar… Conviene que cumplamos toda la justicia, dice el Señor al Bautista, que se resiste a bautizarlo según los designios de Dios. Claramente se refiere esa justicia a los planes divinos de la salvación, a la respuesta fiel del hombre a las exigencias divinas. A lo mismo se refiere Jesús cuando afirma que lo primero es buscar el Reino de Dios y su justicia. La justicia de Dios, no la de los hombres, tan raquítica y tan meticulosa.

“Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien…” (Hch 10, 38) Jesús de Nazaret practicó siempre la justicia; pero no la humana, sino la de Dios. Es esa justicia la que le hace clamar “injustamente” en la cruz: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. O lo que le dijo al buen ladrón: En verdad te digo que esta tarde estarás conmigo en el paraíso… Así es la justicia de Dios: perfectamente combinada con la misericordia, con el perdón, con la benevolencia…

Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto, sed misericordiosos como Él lo es, justos con la justicia de Dios. Lo demás es cuento, demagogia barata, conformismo, estrechez de miras, ramplonería… Entonces, sí habrá paz, comprensión, perdón, alegría, amor. La justicia, sí; pero la de Dios. Esta es la justicia que Cristo ha predicado y esa la que la Iglesia proclama, esa la que los hombres de Dios han de predicar, esa la que todos hemos de practicar. Sin dejarnos engañar con argumentos falaces que hablan a gritos -porque no tienen razón- de una justicia que no es la de Dios.

4.- BAUTISMO DE CRISTO.- “… y se presentó a Juan para que lo bautizara” (Mt 3, 13)Después de treinta años de vida oculta, ignorada de todos en una de las más recónditas y olvidadas aldeas de Palestina, Jesús desciende hacia el Jordán para iniciar su ministerio público. Hasta entonces su enseñanza había sido sin palabras, aunque desde luego una enseñanza muy elocuente e importante. En ese tiempo, en efecto, nos hizo comprender el valor de una vida sencilla, de una existencia ordinaria vivida en sus mil pequeñas cosas con un grande y profundo amor, que sabía dar relieve y altura a lo más corriente. Lección fundamental para la inmensa mayoría de los hombres cuya existencia también transcurre, día tras día, en un entramado de pequeños deberes. Un ejemplo que nos ha de llevar a dar valor a lo más pequeño y ordinario, que al vivirlo con amor y esmero por hacerlo bien puede alcanzar la bendición y la sonrisa de Dios.

Cuando Jesús llegó al Jordán para bautizarse, el Bautista se resistió a hacerlo. No entiende cómo ha de bautizar a quien está tan por encima de él. Tampoco comprende de qué se habría de purificar quien era la pureza misma. Pero el Señor vence su resistencia pues así lo disponían los planes del Padre. Ante todo para enseñarnos la primera lección que ha de aprender quien quiera entrar en el Reino de los cielos, la lección de la humildad. Luego lo repetirá de muchas formas y en repetidas ocasiones. Nos enseña, en efecto, que es preciso hacerse como niños y que quien se humilla será exaltado, o que quien quiera ser el primero que sea el último. También alabará la humildad de la mujer cananea, o el valor de la pequeña limosna que echó una pobre viuda en el gazofilacio del Templo. También se alegrará y alabará al Padre porque ha ocultado los misterios más altos a los sabios y a los orgullosos, y se los ha revelado a los sencillos y pequeños. También nos dirá que aprendamos de Él, que es manso y humilde de corazón.

Por otra parte, se bautiza porque ha venido a cargar con los pecados de la Humanidad y redimir así al hombre de la servidumbre a que estaba sometido desde la caída de Adán. Jesús, como vaticinó el profeta Isaías, es el Cordero de Dios que carga con los pecados del mundo para expiarlos con su mismo sacrificio. Así pues, en su Bautismo comienza el Señor su misión redentora, inaugura una nueva era al dar a las aguas el poder de purificar a cuantos creyendo en Él se bautizarían, una vez consumada la redención en la cruz.

El Bautismo de Cristo es así un modelo de lo que es el nuestro. También nosotros, al ser bautizados, además de ser purificados del pecado original, hemos sido objeto del amor del Padre, hemos recibido al Espíritu Santo que ha morado, y mora si estamos en gracia de Dios, en nuestro cuerpo y en nuestra alma como en su propio templo.


2.- NUESTRO COMPROMISO BAUTISMAL

Por Gabriel González del Estal

1.- Hoy se acaba el tiempo litúrgico de Navidad; Jesús tiene ya treinta años. Hasta ahora ha vivido una vida socialmente humilde, callada y anónima, como un judío observante y fiel a la Ley de Moisés. Ha sido circuncidado, pero no bautizado. Para los hombres judíos la circuncisión era un rito imprescindible para entrar a formar parte del pueblo de Israel, del pueblo elegido por Dios. De que el niño fuera circuncidado se encargaban los padres del niño, cuando este era aún muy pequeño. La circuncisión era para los hombres judíos un rito muy parecido a lo que es hoy para nosotros el sacramento del bautismo, tal como hoy lo practicamos. El bautismo, en cambio, suponía una decisión personal de consagrarse a Dios y de renunciar al pecado. El que decidía bautizarse, decidía cambiar de vida, empezar a vivir para Dios, cumpliendo fielmente la Ley de Dios. Así era el bautismo de Juan: un bautismo de arrepentimiento de los pecados y de conversión a Dios. A este bautismo es al que se presentó Jesús, poniéndose en la fila de los que querían ser bautizados, como un judío más. Bien, lo que sucedió ya lo sabemos; nos lo cuenta hoy San Mateo, en su evangelio. Yo quiero ahora hacer una reflexión, más pastoral que teológica, sobre el tema del bautismo, para nuestro tiempo de hoy. Nosotros fuimos bautizados a los pocos días de nacer. Nos bautizaron en el bautismo de Jesús, no en el de Juan Bautista, y lo decidieron nuestros padres, siendo fieles a su fe y a su tradición cristiana. Pero resulta que muchos de nuestros jóvenes hoy no tienen ya la fe de sus padres y no quieren vivir en ella. ¿Qué debemos hacer los padres, catequistas y sacerdotes en estos casos? Yo creo que debemos acentuar la importancia y el significado personal y cristiano de la renovación de las promesas del bautismo. Cada joven debe decidir y expresar libre y conscientemente ante la Iglesia de Cristo si quiere vivir como bautizado, en la fe de la Iglesia. Tiene que aceptar su bautismo como un compromiso personal y como una decisión definitiva de vivir como cristiano. Los que no quieran aceptar su bautismo, viviendo como auténticos cristianos, merecen todo nuestro respeto, pero no los podemos considerar como cristianos. No queremos llamar cristiano a un joven por el simple hecho de haber sido bautizado por la decisión de sus padres, sino al que decide libre y personalmente vivir su compromiso bautismal.

2.- Sobre él he puesto mi espíritu. Jesús de Nazaret fue “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, y pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Cuando fue bautizado por Juan, Dios le llamó su “Hijo amado, su predilecto”. Cuando nosotros somos bautizados, somos bautizados en el Espíritu de Jesús y Dios nos considera sus hijos. ¿Cómo debe manifestarse en nosotros el Espíritu de Jesús? Evidentemente haciendo el bien e intentando curar, en la medida de nuestras posibilidades, a las personas que se hallen esclavizadas por algún mal. En la primera lectura, el profeta Isaías nos dice que “el siervo de Yahvé” traerá el derecho y la justicia a los pueblos, abrirá los ojos de los ciegos, liberará a los cautivos y a los que habitan en las tinieblas. Todo esto lo hará con mansedumbre y con fortaleza. Este debe ser nuestro programa, como personas que hemos sido bautizados en el Espíritu de Cristo: ayudar siempre a los demás, empezando por los más desfavorecidos, actuando siempre con amor y fortaleza cristiana. Pues para esto fuimos bautizados en el Espíritu de Cristo.


3.- LA CARTA DE PRESENTACIÓN

Por Javier Leoz

Llegó el final de la Navidad pero, lo importante, comienza ahora. Con el bautismo del Señor se inicia también su ministerio, su misión. ¡Qué carta de presentación por parte de Dios hacia su Hijo! “Mi predilecto…escuchadle”

1.- Hoy, al celebrar el bautismo de Jesús, vemos como Dios –nuevamente- se manifiesta poderosamente sobre El. Qué buena ocasión, por otro lado, para refrescar nuestras promesas del bautismo. Para dar gracias a Dios por aquellos padres que –acercándonos al “río Jordán” de la pila bautismal, quisieron que Dios se manifestara, se hiciera presente por la fuerza del Espíritu Santo en nuestras almas para que fuésemos gente de bien y para hacer el bien.

2.- Hoy, de nuevo, podemos decir: ¡Feliz Navidad! Dios, en el bautismo de Cristo, vuelve a derramar su gracia, a llenar con su poder toda la persona de Jesús. Con el bautismo expresamos nuestra fe y, como Jesús, nuestra íntima comunión con Dios. ¿Seremos capaces de reavivar, actualizar y revivir todo esto?

El Bautismo del Señor es su “carta de presentación”. En Belén, escasamente unos pastores, los magos, José y María, se percataron de un gran misterio: Dios hecho hombre. Ahora, Jesús, desciende con el resto de los hombres, por obediencia, cumpliendo la voluntad del Padre, y venciendo la resistencia de Juan Bautista, al bautismo de penitencia.

A partir de este momento, Jesús, todo lo que haga y diga lo realizará y lo proclamará como Hijo de Dios: la Palabra del Padre lo ha acreditado.

3.- En cuántos momentos quisiéramos que, alguien, certificara y defendiera nuestra sabiduría, o nuestras capacidades para un determinado puesto profesional o para mil intereses nobles o personales.

En el Bautismo del Señor contemplamos el testimonio que da el Padre sobre su Hijo cuando descendiendo al río Jordán, sin necesidad y sin pecado, humildemente cumple con el rito marcado.

¿Cómo puede ser que Jesús, el hombre sin mancha se mezcle entre los pecadores? ¿Quién es ese que, hasta el mismo precursor, lo señala como Cordero definitivo que extermina todo pecado de la humanidad? ¿Quién es?

¡Es Cristo! Quiso compartir con nosotros, desde el pesebre, nuestra fragilidad, lo hace ahora con el Bautismo, continuará repitiéndolo con enfermos pecadores, tristes, hambrientos y afligidos y…..con otro bautismo de sangre nos redimirá y nos salvará. ¿Y todavía nos preguntamos “quién es ese”?

4.- Queridos hermanos; sigamos a Jesús. Le acompañemos en su causa, en la promoción de la justicia, la verdad; en su intento de llevar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a descubrir el rostro del Dios vivo.

Renovemos nuestro propio bautismo “somos otros cristos” y no olvidemos que, también nosotros, hemos sido ungidos por el Espíritu Santo. Nunca nos faltará su auxilio.

Ojala que, esta fiesta del bautismo de Jesús nos ayude a sentirnos más hijos de Dios, mejores hijos de Dios y a dar lo mejor de nosotros mismos.

5.- ¡GRACIAS, DIOS Y PADRE!

Porque, en el bautismo de Jesús,

de nuevo te revelas y hablas.

Te expresas, oh Dios, como siempre lo haces:

con autoridad y, a la vez, con amor.

Lo haces porque, sabes que el hombre,

necesita del soplo de Jesús para vivir

de su mano, para levantarse

de su amor, para llegarnos hasta Ti

de tu mirada, para sentirnos amados

¡GRACIAS, DIOS Y PADRE!

Porque, sorprendentemente,

las nubes se abren y, lejos de desprender agua,

derraman palabras divinas,

consuelo para una humanidad resquebrajada

esperanza para un mundo perdido.

¡GRACIAS, DIOS Y PADRE!

Porque al bajar Jesús al río Jordán

tienes sed de nosotros,

de nuestro amor y de nuestra generosidad

de nuestra conversión y de nuestro corazón

Porque no dejas de buscarnos:

Lo hiciste en Belén

Lo hiciste con ángeles pregonando la Navidad

Lo hiciste con una estrella buscando a los Magos

Lo harás, dejando a tu Hijo, clavado en una cruz

Lo harás siempre que sea necesario, Señor

Por el hombre…todo

Eres así, Dios y Padre

Siempre ofreciendo amor al hombre

¡GRACIAS, DIOS Y PADRE!

Fuente: www.betania.es

 

La Homilía: Segundo Domingo después de Navidad. 5 de enero, 2014


La Homilía: Segundo Domingo después de Navidad. 5 de enero, 2014

1.- LA “PALABRA” DEFINITIVA

Por Pedro Juan Díaz

1.-Si hay una palabra que hoy destaca por encima de todas en las lecturas es precisamente “La Palabra” con mayúsculas. Esa “Palabra” con la que Dios creó el mundo en el principio, esa “Palabra” que acompañaba la vida del pueblo de Israel, que era la voz de los profetas, la “Palabra” que anunciaba al Mesías esperado se ha hecho de nuestra propia carne y sangre, se ha encarnado en nuestra propia naturaleza humana, sin perder la suya, ha puesto su tienda de campaña para quedarse entre nosotros. Y todo esto aparece ante nuestros ojos si somos capaces de contemplar el pesebre y descubrir en ese niño acostado y envuelto en pañales a “La Palabra” definitiva de Dios para todos nosotros.

2.- La primera lectura, que es el “himno a la sabiduría”, nos recuerda que esa “Palabra” es sabia, es veraz. Jesús nos muestra el verdadero rostro de Dios, no solo con su palabra y su mensaje, sino también con su manera de vivir. Ahí radica la sabiduría, en que seamos capaces de vivir en coherencia con lo que pensamos y de pensar conforme al Evangelio. Con esa “Palabra” de sabiduría Dios crea el mundo y lo “recrea” enviando a su hijo Jesús, su mejor Palabra. Y esa “Palabra” se ha hecho VIDA. Hoy en día las palabras se quedan cortas si no van acompañadas por una vida que las refrende. Por eso la de Jesús permanecerá para siempre, “cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”, nos dice. Él ha refrendado su palabra con la entrega de su vida.

3.- La de Jesús es una palabra que merece toda nuestra atención. Es una palabra que viene a nuestra vida para darle un sentido verdadero y de felicidad. Es una palabra que no sólo encontramos aquí o al leerla, sino que también la encontramos hecha vida en tantas personas que son capaces de “encarnarla” en sus vidas, en sus ambientes, en sus familias, en sus trabajos, entre los suyos. Dice San Pablo en la segunda lectura: “que el Padre de la gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo”. El Padre nos ha dado la “Palabra” para que podamos conocerle en profundidad. Necesitamos ese “espíritu de sabiduría y revelación” para poder reconocerle vivo y resucitado en medio de nuestro mundo. Necesitamos abrir nuestros oídos, nuestros ojos, todos nuestros sentidos, para recibirle en nuestras vidas en esta Navidad. Dios nace para ti y para mí cada vez que escuchamos su “Palabra” y la intentamos hacer vida. Dios es “Palabra viva”, no puede quedarse encerrado ni parado. La “Palabra” no es para quedárnosla, sino para compartirla, para hacerla testimonio, para que cale en otros y les lleve al encuentro con Dios.

4.- Hoy puedes quedarte con la sensación que una Navidad más se te escapa sin pena ni gloria o apartar las penas y celebrar la Gloria reconociendo ante ti al salvador hecho hombre, a la “Palabra” hecha carne y vida. Un Dios que no se cansa de nacer una y otra vez para salvarte. Que acepta toda la humanidad como parte de su propia vida. Que va a iniciar su camino de humanidad para enseñarte a ser más humano. Y que una y otra vez quiere seguir naciendo si le haces un sitio en tu corazón a través de su “Palabra” que es Jesús, hecho niño, recostado en el pesebre de Belén.

5.- Hoy puedes acoger la “Palabra” que nace y darle calor y vida. Hoy puedes convertirte en LUZ. “Porque nuestro Dios, en su gran misericordia, nos trae de lo alto el sol de un nuevo día, para iluminar a los que viven en la más profunda oscuridad, para dirigir nuestros pasos por un camino de paz” (Lc 1,78-79).


2.- VIENE A NOSOTROS

Por José María Martín OSA

1. – “La Palabra era vida y la vida es la luz de los hombres”. El prólogo del evangelio de Juan identifica a Jesús con la Palabra, “el Logos” griego. La enseñanza de Juan el Bautista, el hombre enviado por Dios y testigo de la luz, nos conduce al encuentro con Jesús, “luz verdadera que alumbra a todo hombre”. La Palabra de Dios recorrió un largo proceso en su acercamiento a los hombres. La hemos contemplado presente en la Creación. En la etapa final de la historia nos ha hablado por el Hijo, la luz verdadera. Pero lo más grave es que los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Rechazaron la claridad para vivir en la oscuridad. ¿Y nosotros, qué preferimos las tinieblas, o la luz? Porque, como dice San Agustín, “la Palabra de Dios se ofrece a todos; cómprenla quienes puedan. Pueden todos los que piadosamente lo quieren. En esa Palabra se encuentra la paz; y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. (Sermón 117, 1-5)”.

2.- “Pero vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, prefirieron las tinieblas a la luz”. Hoy día sigue viniendo a nosotros, ¿por qué no sabemos reconocerlo? Es verdad que celebramos la Navidad, pero más que Navidad son “navidades” en las que es muy difícil identificar la presencia del Niño-Dios. Porque las luces nos deslumbran y no descubrimos la auténtica “luz”, porque estamos llenos de cosas que nos impiden profundizar en nuestro interior para descubrirle, porque nos hemos quedado en la envoltura y no hemos descubierto el tesoro que encierra. “A quienes les recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”. Este don gratuito, grandioso e inesperado es como “nacer de Dios”. El se acerca a los hombres hasta el punto de hacerse uno de ellos, “hacerse carne”, dice el evangelista. El misterio de la Encarnación, es el misterio del Amor de Dios a los hombres.

3. – Nos hace a nosotros divinos. La revelación fundamental del evangelio, el prólogo de San Juan, es que a todos aquellos que le reciben “Dios les da poder para ser hijos suyos”. A todos aquellos que son capaces de acogerlo en su corazón, Dios les regala su gracia, que se desborda generosamente. Dios ha querido estar dentro del mundo, no fuera. La gráfica imagen que el evangelista utiliza para describir la encarnación de Dios en el hombre es la de “acampó entre nosotros”. No hay derecho a echar a Dios de nuestro mundo, El esta presente en nuestra vida. Es absurdo decir Dios sólo habita en el cielo, pues El ha querido encarnarse en nosotros. ¿Para qué? No tengo ninguna duda: para enseñarnos a amar. Dios se humaniza, como dice San Agustín, para hacernos a nosotros divinos. Una persona me envió un mensaje de Navidad, que es sobre todo una súplica. Creo que aclara la manera en que tenemos que acoger al Dios, que se encarna en nuestras vidas:

“En breve va a nacer un niño y será huérfano si no lo adoptas. Me gustaría que lo acogieses en tu hogar junto con tu familia. Tendrá que hacer una limpieza general y quitar trastos para hacerle sitio. Retirar el egoísmo, el consumismo, la comodidad, la soberbia, el encerrarse en uno mismo, el orgullo, la mentira, la indiferencia ante los problemas y alegrías de los demás, la envidia, la cizaña, la rutina, las excusas… Necesitará que creas en El y en lo que puede hacer a través de ti. Con este frío no se te olvide con un tejido muy cálido llamado AMOR, que cuanto más lo repartas a quienes te rodean, más calentito estará. Por cierto, sólo te dejará dormir si siembras PAZ cada día, pues si se te olvida llorará mucho. Pero en el fondo, ya verás como será la alegría de la casa. Gracias por ayudar a que este niño tenga un hogar en tu corazón. ¡Su vida depende de ti!”.


3.- ¡GRACIAS, MI DIOS-NIÑO!

Por Antonio García-Moreno

1.- CRISTO, DE MODA.- “En medio de su pueblo será ensalzada y admirada en la congregación de los santos…” (Si 24, 3) Su pueblo vibró ante su llegada. Unos de un modo y otros de otro. Unos acogiendo con regocijo la noticia de su nacimiento, y otros llenándose de consternación al saber que había llegado el que tenía que venir. Aquéllos, unos humildes pastores, o unos sabios sencillos y con fe. Éstos, unos poderosos que temen perder su poder, un rey bastardo y cruel que no dudará en perseguir al recién nacido para matarle.

Sí, su pueblo le acogió con alegría, con fe, con mucho amor, mirándole lleno de esperanza. Los otros, los que no creyeron en él, los que le odiaron, esos no eran realmente su pueblo. Éstos pertenecían al reino de Satanás, eran hijos de las tinieblas… Y hoy sigue ocurriendo lo mismo. Cristo es ensalzado en medio de su pueblo, admirado en la congregación de los santos. Los que son pobres de espíritu, los que tienen una capacidad grande de comprensión, los que son partidarios de la paz, los que lloran, los que sufren persecución por ser justos, los que aman, los que tienen fe.

“Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás” (Si 24, 14) Cristo ayer, Cristo hoy, Cristo siempre. Siempre, sí, siempre. Su persona sigue atrayendo misteriosamente, su palabra vuelve a encontrar resonancia en el corazón y en la mente de las nuevas generaciones. Su vida nos llena de entusiasmo, su muerte heroica nos conmueve y anima, atrae poderosamente nuestro interés.

Ahí están para siempre esos grupos bien nutridos de jóvenes que forman asociaciones en torno a Jesús, centro de sus anhelos y de sus esperanzas. La gente se cansa de tanta mentira como propagan los líderes de todo color y vuelven sus miradas a Jesús de Nazaret, el joven carpintero que habló con sinceridad, el Hijo de Dios que entregó su vida para salvar a la Humanidad.

Es cierto que a veces ese mirar a Cristo no tiene toda la limpieza y toda la fe que se requiere para ser verdadero amigo de Cristo. Pero de todos modos se han fijado en él, han descubierto algo extraordinario en sus palabras, le admiran, le invocan, le esperan, le ponen en el centro de sus vidas…

2.- ESO ES BEATERÍA.- “Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión, que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti” (Sal 147,12-13)Todos, pienso yo, nos hemos sentido con deseos de mejorar en nuestra vida personal. Todos nos hemos emocionado, llorado quizás de gozo y de compunción, al ver al Niño en brazos de María, o recostado en el humilde pesebre. Hemos comprendido que Dios se hace uno de nosotros, para que cada uno se haga como Él. El Hijo de Dios se hace hijo de mujer -¡y qué mujer!-, para que el hombre se haga hijo de Dios.

Él ha venido a salvarnos, a convencernos con su extrema cercanía de cuánto nos quiere, de cómo está dispuesto a ayudarnos y a reavivar la esperanza, a fundamentar nuestra certeza en su infinito amor… Sí, Dios y Señor nuestro, Niño pequeño que ocultas en tu extrema fragilidad la fortaleza suma; sí, glorificado seas, bendecido y alabado por todos los hombres, esos por quienes naciste pobre en Belén y moriste luego en el Calvario. Gracias, mi Dios-Niño, por habernos confortado y fortalecido interiormente, una vez más, con el recuerdo de tu nacimiento.

“Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos” (Sal 147, 19-20) No basta con glorificar a Dios, con bendecirle entusiasmado ni con adorarle devotamente. Eso está muy bien, es necesario y casi espontáneo para el que le conoce un poco, eso es lo primero de todo, pues antes que nada en este mundo, y en el otro, está Dios. Pero eso, con ser tanto, no basta. Es más, si nos limitamos a eso, si todas nuestras relaciones las reducimos a unos actos de culto, a unas prácticas de piedad, estamos cayendo de lleno en el fariseísmo. Si esto ocurre, y suele ocurrir, nuestra piedad se ha transformado en beatería.

Además de amar y de venerar a Dios, hay que demostrar con obras ese amor y esa veneración. Y las obras han de ser las que de verdad agraden a Dios, y no las que nosotros nos imaginamos que le son gratas. Porque a veces nos creemos que Dios se queda satisfecho con unas promesas, con unos votos incluso, con unas plegarias, o con ir a Misa y confesar de vez en cuando. No y mil veces no. Para honrar a Dios hay que cumplir con su Ley, que se resume en amarle sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Esto es lo que san Juan nos quiere decir cuando afirma, con claridad y valentía, que es un embustero el que dice que ama a Dios y desprecia a su hermano.

3.- DIOS NOS HA ELEGIDO.- “…para que seamos santos e irreprochables en su presencia, por amor ” (Ef 1, 4) “Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo -digamos con san Pablo-, que nos bendijo con toda clase de bendiciones espirituales, en el cielo…” Sí, en medio de la alegría de estos días que estamos viviendo, o en la pena quizás, hemos de levantar nuestro corazón hasta Dios, llenos de agradecimiento, conscientes de todo el amor que Jesús nos tiene, creyendo firmemente que vale la pena entregarse a su voluntad bienhechora, confiando plenamente en su amor, en su poder y sabiduría.

Pensemos que él nos ha elegido, antes de la creación del mundo, ha pensado en nosotros, en cada uno, y nos ha llamado de la nada que éramos al ser que somos, nos ha trasladado del estado de condenación en que nacimos al estado de salvación en que estamos desde el Bautismo. Y todo para que seamos santos e irreprochables en la presencia de Dios, por amor suyo nada más.

“Nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo, conforme a su agrado; para alabanza de su gloria y de su gracia, por la que nos colmó en el Amado…”. Son palabras llenas de contenido que hemos de guardar en nuestro corazón, que hemos de meditar en la intimidad de nuestra oración ante Dios. Para que todo eso que nos dice el Señor nos penetre muy hondo y nos transforme cada vez más, hasta identificarnos totalmente con Cristo.

“…no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mi oración…” (Ef 1, 16) San Pablo ha oído hablar de la fe de los cristianos de Éfeso, y se siente lleno de gozo y de gratitud hacia Dios. Ojalá que también nosotros vivamos nuestra fe con todas sus consecuencias, hasta ser el gozo y motivo de gratitud para nuestros padres en la fe. Aparte de esa alegría que podemos proporcionar a nuestros mayores, está el gozo y la paz del alma que ha sido fiel a la llamada de Dios, la alegría de los vencedores.

Y luego saber que hay quien pide por nosotros, quien reza a Dios para que se apiade y perdone nuestras faltas y pecados. Sí, nuestra santa Madre la Iglesia está de continuo con los brazos elevados y las manos extendidas en actitud de fervorosa oración, para que el Padre de la gloria nos dé luz y le conozcamos y amemos, y así ser felices en esta vida y en la otra para siempre.

Ante todo esto debemos sentirnos seguros, respaldados y protegidos. Y al mismo tiempo animados en la lucha de cada jornada, para el sacrificio que pueda suponer la respuesta concreta a la llamada de Dios para que seamos santos, sencillamente buenos y fieles en el cumplimiento del pequeño deber de cada momento.

4.- EL VERBO SE HIZO CARNE.- “Al mundo vino y en el mundo estaba…” (Jn 1, 10) El evangelista san Juan no refiere nada acerca de la infancia de Jesús. En cambio, nos habla de su preexistencia, de esa vida misteriosa y divina del Verbo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, que asumió la naturaleza humana en el seno virginal de Santa María y que nació en un pobre portal de Belén. El prólogo del cuarto evangelio se remonta en alto vuelo hasta las cumbres inaccesibles de la Divinidad. Juan, bajo la luz del Espíritu Santo, nos dice que en el principio, antes de que algo existiera, el Lógos, la Palabra, el Verbo, el Hijo de Dios ya existía, estaba junto al Padre, en la intimidad de su seno. Y el Verbo era Dios, dice el evangelista de forma concisa y clara, subrayando con cierto énfasis la divinidad del Verbo.

Se refiere luego, en rápida panorámica, al momento de la creación, cuando todo lo que existe surgió de la nada al conjuro omnipotente de la Palabra. Esa Palabra llena de vida, refulgente luz para los hombres que llegan a este mundo y que de su plenitud reciben gracia tras gracia. Es el momento de la nueva creación que restaura la primera, quebrantada por el pecado del hombre.

La Luz brilló con fuerza contra las tinieblas, pero éstas eran tan densas que apenas si se disiparon. No obstante el velo de las sombras se había rasgado con el empuje de la Luz. En efecto, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y contemplamos su gloria, la del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. La Ley nos vino por Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Sí, a pesar de todo, su fulgor se abrió paso para alumbrar al mundo. Pero el mundo, aunque había sido hecho por él, no lo recibió. Como tampoco lo recibieron los suyos. Esos que lo habían esperado como jamás se ha esperado a nadie en la tierra, esos que habían gemido durante siglos y siglos por la venida del Cristo, y cuando llegó no lo reconocieron y lo rechazaron con crueldad inaudita.

Pero no todos actuaron así. Los profetas habían previsto que en medio de la ingratitud y rebeldía de Israel habría un grupo de hombres judíos, sencillos y fieles, un resto de hebreos esparcidos por todos los pueblos que se congregaría junto a Jesucristo, el retoño que brotó del viejo y carcomido tronco de Jesé. La profecía se cumplió y hubo muchos, también gentiles, que le recibieron gozosos y agradecidos. Dios premió con creces, como siempre hace, aquella buena acogida. Así, a cuantos lo recibieron, les dio poder para ser hijos de Dios con una filiación maravillosa, divina, que el hombre no pudo ni imaginar. Un don grandioso y único que nadie por sí solo puede conseguir.

Fuente: www.betania.es

 

La Homilía de Betania: Sagrada Familia de Nazaret. 29 de diciembre, 2013


La Homilía de Betania: Sagrada Familia de Nazaret. 29 de diciembre, 2013

1.- UNA FAMILIA DE EMIGRANTES

Por José María Maruri, SJ

1.-“No hay nación que tenga a sus dioses tan cercanos como Israel” dice la Escritura, y esto se cumple hasta lo inconcebible en Jesús, Nuestro Dios y Señor, nacido de una madre, María y educado en el seno de una familia llena de cariño. ¿Hay algo más semejante a nosotros? ¿Más cercano?

Los problemas que hoy salpican con sus olas a nuestras familias no perdonaron tampoco a la familia de Jesús. Su patria era un país dominado por un ejército extranjero siempre dispuesto a la dura represión cuando la creía necesaria. El gobierno del propio país estaba en las manos de Herodes, hombre injusto que no buscaba más que mantenerse en el poder.

El terrorismo estaba representado por los llamado zelotes, que asesinaban en las sombras de las estrechas calles de Jerusalén a los que arbitrariamente habían sentenciado a muerte. La religión estaba en poder de unas familias sacerdotales ambiciosas, que habían vaciado de sentido la religión y el culto a Dios mercantilizándolo y reduciéndolo todo a meras formas externas.

José ni fue un pequeño empresario, ni siquiera un obrero especializado, como nos lo han representado los pintores clásicos, era más bien quizás un manitas, pero sin trabajo fijo, y que por lo tanto no pocas veces estaría en el paro, pero sin subsidio, uno de esos que Jesús iba a describir reunidos en la plaza pública esperando que alguien los contrate.

El evangelio de hoy nos describe a la santa familia como una familia de emigrantes, que al fin tienen que regresar a la propia patria y empezar una vez más de nuevo. Hasta en el seno de la familia hubo incomprensiones. José y María no le entendían a Jesús en su proceder, y nos consta de la regañina que María, su madre, le echó en el templo, ¿por qué te has portado así con tu padre y conmigo”?

2.- Impresiona pensar que Jesús, la Sabiduría Divina, aprendió de María y José. De María tal vez aquello de la alegría de la vecina que encuentra la dracma perdida y viene a contarlo a las amigas.

–O lo de que no se debe poner un remiendo de paño nuevo a un manto viejo porque lo destroza.

–O aquello de que la luz hay que ponerla en alto para que ilumine la habitación.

De José, campesino avezado a mirar al cielo y a la naturaleza, aquello de las nubes que traen el agua, o los brotes que anuncian la primavera, o los lirios adornados por el Padre Dios, o los pajarillos a los que nunca falta de comer, o la maldad del alacrán que hay que mantener lejos del niño indefenso.

Jesús, como cada uno de nosotros aprendió de sus padres.

3.- ¿Qué mantuvo unida a esta familia en medio de unos problemas tan semejantes a los nuestros?

–Una fe ciega en un Padre Dios, que nunca les regaló cesta de Navidad ni juguetes de Reyes Magos, pero les mostró su camino y les dio fuerza y alegría para hacerlo.

–Un gran amor y respeto mutuo, que es por parte de los hijos reconocimiento agradecido a ese día a día de padre y madre que se afanan por ellos, y es por parte de los padres el tratar de hacer que los hijos aprendan a volar con sus propias alas, porque cada hijo tiene su camino, y si algún hijo despreciando el aprendizaje se lanza a volar antes de tiempo y se rompe una pata o un ala, que sepa tomar la propia responsabilidad sin echar la culpa a los padres que no tienen ninguna.


2.- EL AMOR ES EL CEÑIDOR DE LA FAMILIA SANTA

Por Gabriel González del Estal

1.- Referido a la Sagrada Familia esto aparece de forma evidente. Si San José no hubiera actuado por amor y con amor, habría repudiado a María antes de que el ángel le hablara en sueños. El amor de José a María se manifestó en forma de respeto, porque la amaba; en actitud de comprensión y generosidad, porque la amaba; en renunciar a su primer impulso de vanidad y orgullo herido, porque la amaba. El amor de José a María se manifestó también en forma de obediencia a Dios y de aceptar lo que le decía el ángel, porque el ángel era enviado por Dios y él amaba a Dios y se fiaba de Dios. El amor de María a José se manifestó en el silencio recatado, en la actitud amorosa, en el don de la devoción y de la entrega. El amor de María a Dios se manifestó en la obediencia y la disponibilidad, en medio de la ignorancia y del asombro. El amor de José a María y de María a José y el amor de José y María a Dios fue el ceñidor de la unión entre ambos; sin este amor el matrimonio de hubiera roto antes de haberse celebrado. Y el amor de los padres hacia el hijo y del hijo hacia los padres evitó una ruptura familiar temprana e irreparable. Porque el hijo les salió respondón y comenzó a ocuparse y preocuparse de las cosas de su Padre, sin previa consulta y aclaración ante los afligidos padres que le buscaban. Sí, fue el amor el auténtico ceñidor da la Sagrada Familia y ¡qué familia! Las familias actuales, nuestras familias, sólo se mantendrán unidas mientras vivan unidas por el amor. Si les falta el amor, a nuestras familias todo lo demás no les sirve de nada. El amor mutuo, claro, porque la familia es cosa de dos, o de más de dos, y si el amor no es mutuo la cuerda, la relación, se rompe. Desde siempre, los seres humanos hemos nacido y seguimos naciendo dentro de una familia; lo que está en crisis no es tanto la familia, sino la indisolubilidad de la familia. Para que una familia dure hace falta mucho amor, mucho amor mutuo, mucha capacidad de perdón, de generosidad y de entrega mutua, es decir, mucho amor cristiano. ¡Que el ejemplo de la Sagrada Familia anime a todas nuestras familias a construir su edificio familiar sobre el amor cristiano!

2.- Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto. La vida de la Sagrada Familia no fue una vida fácil, ni antes de tener que huir a Egipto, ni durante el tiempo que vivieron en Egipto, ni después de volver de Egipto. La Sagrada Familia fue una familia emigrante. La emigración no es un fenómeno moderno, pero sí es un fenómeno que va en aumento, porque los medios de comunicación son hoy más variados y fáciles de conseguir que antes, y porque la distancia económica y social entre los países más ricos y los países más pobres es abismal. Los cristianos tenemos que ser comprensivos y generosos con los emigrantes, ayudándoles en lo que podamos y como mejor podamos. La vida de los emigrantes, sobre todo en los primeros tiempos, es muy dura, y difícilmente podrán salir adelante sin la ayuda y la comprensión de los ciudadanos del país receptor. Con todo el mundo, pero sobre todo con los emigrantes, practiquemos las virtudes que San Pablo, en la lectura de este domingo, recomienda a los Colosenses: misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión… y, por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada.


3.- NAVIDAD: DÍAS DE HOGAR, DE FAMILIAS UNIDAS

Por Antonio García-Moreno

1.- LA MADRE, SÍMBOLO DE ESPERANZA.- Hay cosas que no pasan de moda, realidades humanas que llevamos tan metidas en el corazón que, por mucho que cambien las circunstancias de la historia y las costumbres de los hombres, siempre siguen igual. Y una de esas realidades es la figura de la madre, de la mujer que nos trajo a la luz de la vida. Es como si durante los nueve meses que vivimos en sus entrañas fuéramos recibiendo día a día la convicción íntima de lo que significa ella para nosotros, como si durante los años de nuestra niñez, cuando seguimos dependiendo de ella, se fuera imprimiendo en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu la grandeza de su amor. Y el día que no sea así, el día en que el hombre se olvide de su madre se habrá convertido en un monstruo.

Pero eso aún no ha ocurrido. Y quiera Dios que no ocurra nunca. El hombre sigue, también hoy, cargado de ternura, de hondos sentimientos hacia la madre. Por ello, en muchas ocasiones se destaca la figura de la madre en la literatura, en la música o en la pintura. Bien podemos afirmar que la madre con el niño en su regazo es un símbolo de esperanza, que sostiene e impulsa la vida humana.

Estamos en Navidad, tiempo de recuerdos, de añoranzas íntimas, de dulce nostalgia. Días de hogar, de familias unidas. Días para recordar ante este Dios hecho Niño lo que supone la familia, lo que le debemos, lo que hemos de luchar para defenderla, para conservar su unidad y su amor. Si la familia se desmembrad la sociedad se derrumbará.

Las estadísticas hablan, los datos sobre delincuencia juvenil, sobre drogadictos, sobre prostitución y homosexualidad, todo apunta a una causa única. Esta causa es la degradación de la familia, la pérdida de su sentido cristiano… Ante José, ante María, ante el Niño Jesús, vamos a postrarnos con humildad, vamos a pedirle llorando y cantando que nos conceda una familia unida, una familia que se ame, una familia que rece. Sólo esa familia salvará al mundo y a la sociedad de la hecatombe de su autodestrucción.

2.- DE NUEVO SAN JOSÉ.-“Levántate, coge al niño y su madre y huye…” (Mt 2, 13) Sí, una vez más la figura entrañable del santo patriarca ocupa un primer plano en la liturgia. El domingo pasado contemplábamos su humildad y su fortaleza, su aceptación rendida a los planes de Dios y su reciedumbre en llevarlos a cabo. Hoy podemos fijarnos en otros aspectos de su conducta con el deseo, y la súplica al Señor, de hacerlos vida de nuestra vida. Esos aspectos pueden ser, por ejemplo, su fe y su laboriosidad, su visión sobrenatural de lo que ocurría y su esfuerzo humano para afrontar aquellas difíciles circunstancias, su confianza absoluta en el poder divino y su afán por poner cuantos medios estaban a su alcance.

Cuando apenas si se habían marchado los Magos venidos de Oriente, cuando duraba aún el regocijo de haber visto cómo aquellos grandes personajes adoraban al Niño, entonces, en aquella misma noche, el ángel le habla de nuevo para transmitirle un mensaje de lo alto. Algo inesperado y desconcertante. Ponerse en camino de inmediato pues el Niño, el Mesías, el Hijo de Dios, estaba en peligro de muerte. Era algo contradictorio y difícil de comprender que el rey del universo tuviera que esconderse, darse a la fuga por caminos desconocidos y llenos de peligros. Pero san José no titubea ni por un momento y se pone en camino, seguro de que aquello, lo que Dios disponía, era lo mejor que debía hacer. Su fe no vacila, antes al contrario cumple con exactitud meticulosa lo que el ángel le ha ordenado.

Los escritos apócrifos han adornado con prodigios la marcha hacia Egipto. Los Evangelios, por el contrario, no dicen nada de eso, pues nada extraordinario ocurrió. José tendría que escoger los caminos menos frecuentados, para mejor burlar a sus perseguidores. Luego, ya en Egipto, buscaría trabajo entre gente extraña, como un emigrante judío más que había ido a Egipto para trabajar. Luego, cuando quizá estaban ya instalados y con todo resuelto, de nuevo se le aparece el ángel del Señor para indicarle que vuelva a su tierra. San José muestra otra vez su animosidad. Cuando llega, oye decir que Arquelao reina en Judea y que es peor todavía que su padre Herodes. Por eso decide marchar a Nazaret. Allí inició su vida de siempre, vida de trabajo afanoso e incesante, bien hecho, con mucho amor de Dios. Así pudo sacar adelante a su familia que, aunque sagrada, no carecía de dificultades.

Con su vida escribió entonces, junto con María y Jesús, las páginas más sencillas y entrañables de la Historia, páginas para que las contemplemos y las imitemos. Son tan sencillas que están al alcance de todos. Dios quiso mostrarnos cómo había de ser nuestra vida de familia y, durante treinta años, vivió unas circunstancias del todo iguales a las que hemos de vivir la inmensa mayoría de todos nosotros. Vivamos, pues, como vivió san José, con una gran fe y, al mismo tiempo, con un esfuerzo serio por hacer bien el trabajo de cada día.

Fuente: www.betania.es

 

La Homilía de Betania: Cuarto Domingo de Adviento.


La Homilía de Betania: Cuarto Domingo de Adviento.
1.- ANUNCIAR AL JESÚS DE LOS POBRES
Por Pedro Juan Díaz
1.- En este cuarto domingo de adviento queremos tener muy presentes en esta Mesa a los que siempre deben estar presentes, aunque no siempre sea así. De nuevo en Navidad nos acordamos de los más necesitados, pero ¿por qué sólo en Navidad? Aunque también, como dice el refrán, “menos da una piedra”. En la parroquia, durante todo el adviento, estamos haciendo “campaña” a favor de los más pobres, y los visualizamos en dos realidades que nos son cercanas: Caritas interparroquial de Elche y los niños de la Casita de Reposo, de la obra social diocesana San José Obrero. Y, como siempre, queremos buscar luz en la Palabra de Dios, para que nuestra acción hunda sus raíces en el Evangelio. Y el Evangelio nos sigue hablando de esperanza.
2.- Es la tónica de todo el adviento, pero es una esperanza justificada. Hoy más que nunca, frente a tanta crisis y tantas necesidades, queremos apostar desde la fe por la esperanza. La esperanza para el pueblo de Israel en una situación difícil, como cuenta la primera lectura, fueron las palabras del profeta Isaías. Hay una señal de esperanza: “la virgen está encinta y da a luz un hijo… Dios-con-nosotros”. Dios le dice al rey Acaz que pida la señal, ante la amenaza de destrucción que sufre su pueblo. Dios les da la señal para que comprendan que no los abandona, que está con ellos, que les va a salvar, que es el “Dios-con-nosotros”.
3.- Y esa señal y esa profecía se cumplen en Jesús. “Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta… la virgen concebirá y dará a luz un hijo… Dios-con nosotros”. Esa es la gran señal de esperanza para el mundo y para los pobres. La profecía de Isaías se cumple. Dios cumple sus promesas en Jesús, con la colaboración de María y de José, y con la acción del Espíritu Santo. Estos son los protagonistas del Evangelio de hoy. Así nos lo cuenta Mateo, resaltando que Jesús es el Mesías anunciado y esperado. Esta gran señal de esperanza es un gran anuncio que, como cristianos, estamos llamados a propagar por todas partes. En lo más profundo de nuestra vocación está la misión de anunciar el Evangelio, que no es otra cosa que Jesús, “nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios”. Así se lo explica Pablo en la segunda lectura a los Romanos. El Evangelio que anunciamos es Jesús. Nuestra salvación viene por la adhesión a su persona. Y el mensaje es para todos, judíos y gentiles, hombres y mujeres, niños y adultos, pero también de una manera especial es mensaje de esperanza y buena noticia para los más pobres, porque ellos son los “preferidos” de Dios.
4.- Si hay alguien que necesita signos de esperanza en su vida, estos son los que Cáritas está ayudando cada día a sobrevivir; y también de manera especial los más pequeños, los niños, los desprotegidos, los desamparados, aquellos a los que la Iglesia acoge y ayuda a través de la obra social diocesana San José Obrero, tanto en la Casita de Reposo, como en el colegio de Orihuela. En ellos ponemos hoy nuestra mirada. A ellos va dirigida nuestra campaña en esta Navidad. Pero no podemos conformarnos con eso. Somos cristianos y tenemos la tarea de anunciar al Jesús de los pobres, al Jesús de los más pequeños, a ese que vino a nacer entre nosotros de la manera más sorprendente, en lo pequeño e inesperado, en lo sencillo y pobre de un pesebre en Belén, un pueblecito insignificante. No podemos dejar de anunciar en Evangelio con nuestras palabras, pero fundamentalmente con nuestros hechos, a los más necesitados de esas palabras, pero fundamentalmente de esos hechos, de gestos como este que hacemos en la campaña de navidad parroquial, pero que no se pueden quedar sólo aquí, porque la vida sigue, porque las necesidades siguen, porque las personas, especialmente los más pobres, siguen necesitando signos de esperanza por nuestra parte. Porque si no se los damos nosotros, nadie se los dará. Porque si nosotros no les anunciamos a Jesús con nuestras palabras, pero fundamentalmente con nuestros gestos y acciones, nadie lo hará. María y José dicen SI a Dios y se ponen en acción para colaborar con su proyecto. Nuestra respuesta quiere ser la misma. Ellos son dos modelos que hoy nos ofrece la Palabra de Dios. Ellos, y nosotros, son y somos esperanza para los más pobres.
5.- Dios viene a nacer en nuestras vidas en el rostro de los más pobres. Al sentarnos a la Mesa de la Eucaristía, hay muchos ausentes y que pasan por dificultades, y no podemos conformarnos con sentarnos sin más. Nuestra preocupación por ellos ha de continuar, porque la Eucaristía no se puede vivir separada de la Caridad. La Eucaristía nos envía permanentemente a los caminos de nuestra sociedad para invitar a todos a la Mesa del Señor, que es la Mesa de la esperanza. No podemos desconfiar ni desfallecer, porque tenemos la certeza de que “lo que nos ha dicho el Señor se cumplirá”. Proclamemos nuestra fe en el Dios que nos convoca a la Mesa y nos envía después a compartirla con los más pobres.
________________________________________
2.- ESPERA JUBILOSA
Por Ángel Gómez Escorial
1.- El Cuarto Domingo de Adviento es siempre el preámbulo necesario para mejor entender litúrgicamente el Nacimiento del Señor. Nos lo dice el Salmo. “Va a entrar el Señor: El es el Rey de la Gloria”. El Señor va a llegar y nosotros debemos tener al corazón abierto a su llegada y el espíritu limpio para mejor recibirle. Y de algo tan grande hemos de ser muy cuidadosos en la atención a lo que contiene esta Misa. Isaías, una vez más va a aproximar su acción profética, afirmando que la gran señal de Dios –la que no quiere pedir Acaz– será precisamente “que la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel”. El Nacimiento de Belén estaba anunciado por los profetas y conviene que lo tengamos en cuenta. El Antiguo Testamento es una preparación para los tiempos plenos del Nuevo y nexo de unión entre las Alianzas entre Dios y los hombres. La vigencia, no obstante, de los grandes profetas termina en Juan el Bautista.
2.- El inicio de la Carta de San Pablo a los Romanos aparece entre las lecturas por, precisamente, esa alusión profética veterotestamentaria al futuro nacimiento del Salvador. También en esas palabras de Pablo se da noticia de la nueva época, de la Nueva Alianza, del Nuevo Testamento. Son la confirmación de los anuncios de lo que vamos a celebrar días después.
3.- El Evangelio de Mateo cuenta “la anunciación a José”. En efecto, José tenía un cierto nivel de escrúpulos ante el misterioso embarazo de su esposa, María. Pero iba a recibir de Dios, mediante el mensaje del ángel, un encargo muy importante dentro de la sociedad judía: el de poner nombre al Niño. Podría decirse -sin comparaciones de tipo físico- que si dar a luz era muy importante, lo era en igual medida el hecho de imponer el nombre al recién nacido. Y la comunicación angélica hecha a José da cumplimiento a la profecía de Isaías.
4.- Todo está ya previsto para que el Hijo de Dios venga al mundo. José será su padre legal y el custodio de la seguridad de Madre e Hijo durante muchos años. Será, también, el educador de su Hijo primogénito al que enseñará su oficio de artesano. Y con ese talante de espera jubilosa deberemos salir el domingo del templo, tras la celebración de la Eucaristía, preparados en cuerpo y en alma para recibir dentro de menos de una semana Jesús, el Niño Dios.
3.- LA CERCANÍA DE DIOS
Por José María Martín OSA
1.- “Dios-con-nosotros”. El signo que el Señor da a la casa de David es: “El Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la Virgen está encinta y da a luz un hijo y le pone por nombre Emmanuel (que significa: “Dios-con-nosotros”). La primera interpretación del texto supone que el hijo que la doncella va a traer se refiere al príncipe Exequias, hijo del rey Acaz. El evangelio de Mateo y toda la tradición cristiana verán realizado este anuncio de Isaías en la venida de Jesús, el hijo de la Virgen María. El rey Acaz no se cree el anuncio del profeta, en cambio María fue la que de verdad supo confiar en Dios y se apoyó sólo en El. Isabel la proclamará “dichosa por haber creído”. En el capítulo 9 Isaías proclamará su alegría “porque un niño nos ha nacido. Es el príncipe de la paz”. La respuesta elegida para el salmo expresa la dignidad divina del que va a nacer: “Va a entrar el Señor, él es el Rey de la Gloria”. El salmo 23 canta las condiciones requeridas en aquellos que quieran acercarse a ese rey: “El hombre de manos inocentes y puro corazón”. Dios está con nosotros: lo encontramos en la Iglesia, en los Sacramentos, en la Palabra. Pero se encuentra también en todos los hombres. Todos, especialmente los pobres y los marginados, son Emmanuel. Dios está con nosotros en la familia, en el trabajo, en la amistad, en el descanso, en la oración, en el dolor y en el amor. Dios es nuestra más íntima y amistosa intimidad. No solamente está presente en la comunidad, sino que es su salvador y su sostén.
2.- El don y la misión de anunciar el Evangelio. Pablo anuncia a los Romanos que ha sido elegido Apóstol para anunciar la Buena Noticia de Cristo Jesús. Según lo humano, Jesucristo ha nacido de la estirpe de David, según el Espíritu Santo constituido Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte. San Pablo subraya así la estrecha unión entre la Encarnación y la Pascua, unión que justifica la posibilidad de actualización del misterio del Nacimiento de Cristo en la celebración de la liturgia. Dios ha optado por el hombre y se ha unido a él indisolublemente. La suerte de los hombres y la de Dios van unidas. Es más que un pacto de amistad. Es más que una alianza de amor, es la unidad perfecta. El don y la misión que recibimos es anunciar el Evangelio a todos, sin excepción, sean de la nación que sean.
3.- San José de la Fe y de la Esperanza. El evangelio de San Mateo pone en escena la dramática situación de San José ante el estado de su esposa. Se fía de las palabras del ángel. Este le anuncia el nombre que va a recibir el niño y con él la misión que va a desempeñar: “Jesús”, significa “El Señor salva”, ya que salvará al mundo de sus pecados. El salvará al pueblo de su pecado, entendido éste no sólo como falta moral voluntaria, sino, también y sobre todo, como limitación y carencia de plenitud. Se trata de una salvación general y total, avalada por el mismo Dios. Con este nombre se afirma, por tanto, que ha comenzado ya la salvación de forma imparable, aunque a veces actúe como la simiente que germina sin que se la vea. Todo esto es anunciado por el ángel y la respuesta a este anuncio es un acto de fe. En la espera, José continúa haciendo su vida; lleva dentro su drama y también su paz desde su aceptación en la fe. Este último domingo de Adviento honramos no sólo a Santa María de la Esperanza, sino también a San José de la Fe y de la Esperanza.
Fuente: http://www.betania.es

La Homilía de Betania: Tercer Domingo de Adviento.


La Homilía de Betania: Tercer  Domingo de Adviento.

1.- TIEMPO DE ALEGRÍA: YA LLEGA…

Por José María Martín OSA

1.- Motivos para la alegría. Estamos en el Tercer Domingo de Adviento, llamado así por la primera palabra del Introito de la Misa (Gaudete, es decir, Regocijaos). El Domingo de Gaudete hace un alto en el camino del Adviento: el Señor está ahora aquí y al alcance de la mano. Isaías anuncia el gozo de la liberación a los desterrados que el Señor trae. Sus signos coinciden con los del Evangelio. Los discípulos de Juan descubrieron a Jesús por sus obras: “los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio”. San Agustín comenta que es como si Jesús dijese “Ya me veis, reconocedme. Ved los hechos, reconoced al hacedor”. Cuando nos acercamos a la celebración del Nacimiento de Jesús, la palabra de Dios nos está recordando cómo las profecías han sido ya cumplidas, que estamos en lo que los teólogos llaman el “ya, pero todavía no”. Con el domingo del “Gaudete” recordamos que la vida del Reino, es ya una realidad, a pesar de que ésta no se puede vivir aun en plenitud. Nuestro compromiso en esta Navidad es que cada día sea más un “ya”, y menos un “todavía no”.

2.- Adviento, un tiempo privilegiado para la paciencia. La paciencia es fruto del amor. Sin embargo, el hombre es con mucha frecuencia impaciente, ya que inconscientemente busca la eficacia, desea palpar resultados tangibles. “La venida del Señor esta cerca. Tened paciencia, hermanos”, nos dice Santiago en su carta. Creemos que Jesús, el que vino, es también el Señor que ha de venir. Entre una y otra venida se abre un espacio para la fe y para las obras, para escuchar y practicar la palabra de Dios, para volvernos los unos a los otros y cumplir el mandamiento del amor. La venida del Señor no está en nuestras manos y no podemos precipitarla con un golpe de fuerza. Pero sabemos que vendrá. Esta confesión resonaba entre los primeros cristianos como una liberación inminente, que se iba a producir de un día para otro. El tiempo fue corrigiendo el error de la comunidad apostólica. La misma confesión ha adquirido así nuevas resonancias. El Señor está cerca, pero lo que de El nos separa no es la distancia del tiempo, ni la magnitud de su grandeza, sino la pobreza de nuestra fe, los afanes del mundo y de la riqueza, junto con la inconsciencia. Estos obstáculos nos alejan de El, encerrándonos en el egoísmo, la mentira, la insolidaridad o la desesperación. Está cerca en el pobre y en el que sufre. Está cerca en la naturaleza, huella y obra del Creador y está, sobre todo, en nuestro interior profundo.

3.- “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. El hombre necesita salir de sus angustias, superar sus preocupaciones; y cuando no puede hacer esto por sí mismo busca a alguien que le libere de sus problemas. En esta situación de impotencia el hombre busca “salvadores”, y en ellos pone sus esperanzas, sus ilusiones. Pero todos estos “salvadores” ¿son el verdadero salvador que necesitamos? El evangelio de hoy nos da la clave para saber si estos salvadores son el verdadero salvador. ¿Qué respuesta pueden dar los abundantes salvadores de nuestro tiempo a esta pregunta? Nuestros pequeños salvadores de hoy son capaces de resolver problemas, pero son incapaces de salvar al hombre en su totalidad. ¿Son éstos los que tenían que venir? ¿O tenemos que esperar a otro? Juan estaba en la cárcel. El hombre hoy se encuentra cautivo de muchas cosas. Juan espera el Reino de Dios y se preguntaba por el Mesías. El hombre hoy espera el cambio y se pregunta por las personas, movimientos o iglesias que lo hagan posible. Jesús lo hace realidad con sus obras. Traducido a nuestro tiempo, el Reino de Dios estará con nosotros cuando:

-Se valore a la persona por encima de las cosas;

-Se acabe la injusticia, el paro y el hambre

-La persona no sea explotada o marginada;

-No se viva bajo el signo de la tristeza o el miedo;

-La amistad y la solidaridad sean algo más que palabras;

-La naturaleza no sea violada ni destruida;

-La palabra prevalezca sobre las armas,

-Se ofrezcan razones válidas para vivir y morir;

-El ser y el sentir, la verdad y el amor sean los valores primeros.


2.- JUAN FUE UN TESTIGO FIEL

Por Antonio García-Moreno

1.- NUESTRA TIERRA SE ALEGRARÁ.- Canta el profeta Isaías las grandezas de los tiempos mesiánicos. En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven su época, brota su palabra luminosa, llenando los corazones de alegría, disipando miedos y colmando el alma de paz.

Aquellos campos áridos, aquellos paisajes desnudos, aquella tierra seca, tierra mostrenca, estéril como la arena. Un día se obrará el prodigio. Florecerá, reverdecerá, dará copiosos frutos, ubérrimos frutos. Será un bosque de cedros altos como los del Líbano, brotarán flores, como en el valle del Sarón, como en el monte Carmelo.

Tierra nuestra, vida nuestra, tan seca a veces, tan estéril, tan árida. Esta sensación de inutilidad, esta impresión de estar sin nada que presentar ante Dios y ante los hombres, este miedo a no haber hecho nada por Él, nada que tenga realmente valor a la hora de la verdad. Tierra nuestra, seca y pobre, un día Dios realizará, también contigo y conmigo, el prodigio de una maravillosa primavera, un florecer prometedor de ricos frutos. Y ya no quedarás baldío, y no sentirás el temor de pasar toda la vida sin pena ni gloria.

Manos desfallecidas, rodillas vacilantes, corazón apocado. Miedo y timidez, aprietos del alma, angustia del corazón. Sentimientos indefinidos que a veces atenazan el espíritu, que ahogan hasta robar la tranquilidad. Siempre el hombre ha vivido entre peligros y apuros, entre riesgos y pesares, entre prisas e incertidumbres. Sin embargo, es un hecho irrefutable que el ritmo de la vida ha crecido notoriamente, es indudable que el bullicio del vivir, la vorágine de la existencia humana ha aumentando.

Y paralelamente aumentan las neurosis, los infartos de miocárdico, los complejos, los miedos, las dudas, esa angustia vital que arrastra mecánicamente a los hombres, siempre con prisas… ¡Valor! No temáis, he ahí a nuestro Dios. Viene la venganza, viene la retribución, viene Dios mismo y nos salvará. No te intranquilices, no te apures, no te angusties. Ten confianza en el amor y en el poder de Dios. Que son tan grandes, tan grandes que se alargan hasta el infinito. Y siempre puedes estar seguro del Señor, sin que nada rompa el equilibrio de tu vida, sin que nada te preocupe seriamente, sin que nada te robe el sueño.

2.- LA VIOLENCIA DE LOS SIGNOS.- Siempre ha sido arriesgado decir la verdad. Por esta razón los profetas solían ser perseguidos y encarcelados, incomprendidos y objeto de burla… La liturgia de Adviento nos vuelve a presentar la figura del Bautista. Hoy lo vemos metido en prisión por mandato del rey Herodes. Su vida disoluta y, sobre todo, sus amoríos con la mujer de su hermano habían provocado la denuncia abierta del Precursor. El rey al parecer le tenía cierto respeto, le escuchaba aunque luego no le hiciera caso alguno. Pero Herodes no podía soportar que aquel hombre, surgido del pueblo, la insultara impunemente. Día llegará en que pueda vengarse y eliminarlo de una vez… Sólo la muerte pudo apagar la voz de Juan que decía la verdad.

Hoy también hay hombres y mujeres que son perseguidos y encarcelados por defender y pregonar la verdad. Hoy también hay sonrisas y palabras de burla ante los voceros de Dios, insultos descarados o encubiertos al paso de un sacerdote, que no tiene reparo en aparecer como lo que es, un signo ostensible, incluso llamativo, que proclama con sólo su presencia un mensaje divino de perdón y de misericordia, que ofrece abiertamente el camino de la salvación eterna. En un mundo paganizado y desacralizado, viene a decir el Papa, es preciso dar relieve a cuanto significa un vestigio de lo sobrenatural.

No podemos avergonzarnos de ser cristianos, no podemos camuflar nuestras ideas, no podemos traicionar nuestra fe, ni nuestra esperanza, ni nuestra caridad. El Evangelio es un mensaje que exige ser proclamado, que no es compatible con el silencio o con una anuencia conformista. Es cierto que no hay que provocar situaciones límites de tensiones inútiles, es verdad que nunca podemos ser cerriles ni fanáticos, pero también lo es que no podemos conformarnos con lo que contradice a nuestro Credo, ni aceptar como bueno o como indiferente lo que desdice de la Ley de Dios. Y hay que obrar así aunque se nos señale con el dedo, aunque vengamos a ser un signo molesto o incluso chirriante que crispa a quienes opinan lo contrario.

Juan fue un testigo fiel, un signo claro de la verdad que proclamaba. Por eso Jesús elogia su fortaleza en el cumplimiento de su misión. Nada pudo doblegarlo, ante nadie se inclinó. Fue recto y consecuente, prefirió la persecución, la cárcel y la muerte, antes de claudicar. El Reino de los cielos, nos dice, sufre violencia y sólo los violentos podrán conseguirlo. A primera vista podría parecer que el Señor justifica y aconseja la violencia como tal. Pero no es ese el sentido de sus palabras. Por el contexto podemos decir que Juan es un ejemplo claro de lo que significan las palabras del Señor. La violencia del Precursor fue la de sus palabras, la que ejerció contra sí con una vida penitente y austera, la violencia de la persuasión y de la inmolación del propio egoísmo, la violencia de los signos que él no ocultaba.


3.- LA SEÑAL DEL VERDADERO MESÍAS

Por José María Maruri, SJ

1.- En medio de un desierto de piedra calcinada por el sol. Se alza tenebrosa como una amenaza a toda esperanza y libertad la fortaleza de Maqueronte. Y en una de sus mazmorras vive malamente Juan el Bautista. Hombre duro, recio como hecho de raíces de encina.

En la soledad, Juan medita las noticias que le van llegando de ese Jesús en el que él quiso reconocer el Mesías prometido por los profetas. Juan ha predicado un Mesías que viene a tomar cuentas a los hombres, a bautizar con agua y fuego purificador, un Mesías con el hacha en la mano dispuesta a cortar las raíces de los árboles podridos y sin esperanzas de vida.

Y las noticias que sus discípulos le traen de un Jesús, humilde de corazón, no concuerdan con su imagen del Mesías. No sabemos si la duda fue suya o fue de sus discípulos. Una crisis de fe no le quita, desde luego, nada de santidad. Sea como sea, envía a dos de sus discípulos a Jesús para preguntarle si Él era el Mesías o había que esperar u otro.

2.- Y contra las ideas de un Mesías justiciero, purificador, que viene a reunir a los buenos y castigar a los malos, Jesús responde a Juan: “No temas, yo soy el Mesías que tu has anunciado, pero no como lo has anunciado”. Y con palabras de Isaías –que acabamos de oír—le da la señal del verdadero Mesías. Y es que la benignidad y misericordia de Dios se ha manifestado con los que más lo necesitan, con los enfermos, con los pobres, con los ignorantes… ¡Y dichoso el que no se siente defraudado por mí!

3.- Este evangelio nos cuestiona a nosotros nuestra idea de Dios. ¿El Dios que nosotros pensamos y creemos es el que Jesús ha venido a predicar? Dios ha querido manifestarnos su verdadero rostro, su belleza, como dice Isaías, y a través de la naturaleza y luego de los profetas ha sido enseñando a los hombres. Y cuando ya ha visto que así no llegábamos a tener una imagen verdadera de Él, nos envía a su Hijo, que le conoce bien como Hijo, y que como Verbo, Palabra y Ciencia de Dios es todo lo que sabe Dios de Si mismo para que nos enseñe.

Cuántas veces nos defrauda Dios cuando deseamos su rápida intervención en el mundo para acabar con las injusticias, cuando deseamos un justo castigo para los que pensamos pecadores e indignos de vivir entre nosotros, cuando le pedimos que aclare situaciones dentro de la misma Iglesia, que no coinciden con nuestra manera de pensar. Nos defrauda Dios porque no está siempre con el hacha en alto para acabar con los malvados y los pecadores, con los que llamamos ateos.

Y el rostro que Jesús nos manifiesta de Dios es totalmente contrario:

–es Dios que deja las 99 ovejas en el redil para ir detrás de la descarriada.

–es el médico que corre a sanar al enfermo, porque los sanos no tienen necesidad de curtación.

–es el Dios paciente, el labriego que sabe que la semilla del Reino echada en tierra tarda en dar fruto, pero que al fin lo va a dar.

–es el Dios al que no le importa que le llamen comilón y borracho porque se va a comer con los pecadores.

–es un Dios que no viene a dar un grito de guerra, sino a mantenerse escondido bajo la entrañable forma de un niño recién nacido. O a quedarse en los sagrarios de nuestras iglesias.

Más aún, es un Dios que no solamente Él mismo se ha hecho hombre, sino que se ha escondido en los demás hombres y quiere que le busquemos en ellos, sirviéndolo a Él cuando servimos a los hermanos y a las hermanas. “El que recibe a uno de estos pequeños a Mí me recibe… y cuando visitasteis al enfermo, al triste, al encarcelado, a Mí me visitasteis.

Esta es la verdadera imagen de nuestro Dios y si tenemos otra distinta sigamos el ejemplo de Juan el Bautista que supo distinguir la imagen que se había hecho él mismo del Mesías, de la que era verdadera. Y creyó y dio su vida por cumplir su misión de profeta, del más grande de los hombres nacidos de mujer.

 

Fuente: www.betania.es