Meditación Viernes VII Semana Tiempo Ordinario: Marcos 10, 1-12: Ciclo A. 28 de febrero, 2014.


Meditación Viernes VII Semana Tiempo Ordinario: Marcos 10, 1-12: Ciclo A. 28 de febrero, 2014.
La amistad nos enriquece y es fundamental en la vida, y también para muchos el matrimonio, alianza de dos con Dios
«Saliendo de allí llegó a la región de Judea, al otro lado del Jordán; y otra vez se congregó ante él la multitud y como era su costumbre, de nuevo les enseñaba. Se acercaron entonces unos fariseos que le preguntaban para tentarle, si es lícito al marido repudiar a su mujer El les respondió: ¿Qué os mandó Moisés? Ellos dijeron: Moisés permitió darle escrito el libelo de repudio y despedirla. Pero Jesús les dijo: Por la dureza de vuestro corazón os escribió este precepto. Pero en el principio de la creación los hizo Dios varón y hembra: por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer; y serán los dos una sola carne. Por tanto lo que Dios unió, no lo separe el hombre. Una vez en la casa, sus discípulos volvieron a preguntarle sobre esto. Y les dice: Cualquiera que repudie a su mujer y se una con otra, comete adulterio contra aquélla; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Marcos 10, 1-12).
1. Piensan que Jesús ha caído en la trampa, cuando le preguntan: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”. ¿La ley o la misericordia? Tema de gran actualidad, por la plaga de divorcios que vivimos. -“Por la dureza de vuestro corazón, os dio Moisés esta ley”. Jesús establece aquí una distinción extremadamente importante: la Ley del Deuteronomio no es un “mandamiento”… sino un “permiso” concedido por Moisés de mala gana porque no hay manera de hacerlo de otro modo, “por la dureza de vuestro corazón”. Pero no es para Jesús una abolición de la ley fundamental del matrimonio, la cual subsiste.
Es la alternativa de “lo permitido y lo prohibido”… Jesús retrocede hasta los orígenes: “Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer… Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Jesús no discute. Es, y quiere seguir siendo, sencillo. Atenerse a la ley y al reglamento es olvidar el impulso de la vida. De lo que se trata es de aproximarse a lo que es la ambición de Dios: el amor es más exigente que cualquier ley. Para conocer la gran intuición de Dios es preciso retroceder a los comienzos, cuando, por ternura, sacó de la tierra al hombre y a la mujer para que correspondieran a su amor. Regresar a nuestros orígenes para volver a descubrir la regla de nuestra vida es volver a descubrir que necesitamos hablar el lenguaje del otro. Para Dios, amar fue también hacerse vulnerable, pedigüeño: no permaneció en el cielo de su indiferencia. Dios no sólo da: necesita recibir. Regresar a nuestros orígenes para volver a descubrir la regla de nuestra vida es hacernos vulnerables. El que ama, acepta desear, esperar, pedir, sufrir. Para Dios, amar fue también creer y esperar. Dios no nos ha programado. Nos ha puesto en pie, libres y creadores. Volver a descubrir la regla de nuestra vida es volver a aprender la esperanza.
El amor es fecundo, suscita, resucita, saca a flote, perdona. El amor espera con el otro. Para Dios, amar es perdonar. Perdonar es mucho más que olvidar. Es seguir amando al otro incluso cuando nos rechaza, seguir esperando en él incluso cuando nos decepciona. Volver a aprender la regla de nuestra vida es amar sin dejar de esperar en el otro, cualquiera que sea el mentís de los hechos. Para Dios, finalmente, amar es dar la vida. Dios murió de amor. El lenguaje de su amor está forjado en carne y sangre. Aproximarse a lo que Dios ambiciona acerca de nuestra vida es aceptar no poner límite a nuestra andadura y escuchar la voz que siempre nos llama fuera. La ley fundamental del matrimonio hay que buscarla a ese nivel: la complementariedad de los sexos, es una “creación”, una “voluntad” de Dios, inscrita en la naturaleza profunda del hombre y de la mujer, desde el origen.
-“Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne. De manera que no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios unió, no lo separe el hombre”. “Unirse” al otro. “No ser sino uno” con el otro. Romper con todo el pasado para fundar una nueva familia. No son “dos” solamente las voluntades comprometidas, sino “tres”: los esposos no están comprometidos solamente el uno con el otro por una especie de contrato entre dos que podría romperse por común acuerdo… hay también una “voluntad de Dios”, un compromiso ante El. Una alianza. Ningún hombre, ni el mismo Moisés, dice Jesús, puede romper esta unidad básica de los dos cónyuges. Dios interviene, con todo su absoluto, para solidificar el amor.
-“Vuelto a casa, de nuevo le preguntaron sobre esto los discípulos. El les dijo: “El que repudia a su mujer… Si la mujer repudia al marido…” El hombre y la mujer tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones. El amor conyugal es un terreno privilegiado donde se juega la venida del Reino de Dios (Noel Quesson). Hay que quitar las adherencias culturales que ha habido de discriminación. Y también entender qué es el matrimonio, porque ciertas uniones –aunque se llamen matrimonios- no lo son… no eran “una carne”, comunión de corazones…
2. Hoy se nos dan una serie de observaciones concretas sobre la amistad. -“Un lenguaje amable multiplica los amigos: la lengua que habla bien multiplica las delicadezas”: es la importancia de las palabras, del diálogo, para construir o destruir la amistad.
-“Sean muchos los que estén en paz contigo, mas para consejero elige uno entre mil”. Confiamos en pocos, porque han de tener la capacidad de entender y resolver problemas, y “gran cosa es entender a un alma” (Santa Teresa).
-“Si quieres hallar un amigo, búscalo probado y no te des prisa en confiarte a él”. Jesús perfecciona esa norma, pues por amor a nosotros, se atreve a arriesgarlo todo, afirmando que la amistad no es verdadera amistad si no se es capaz de morir por aquellos que amamos (Jn 15,13): revelará que “nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. Contemplo la amistad de Jesús, tan desinteresada que llega hasta la total renuncia de sí mismo. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1).
-“Porque hay amigo que lo es de ocasión; pero que no persevera en el día de tu angustia”. El primer criterio de la amistad es la fidelidad en la prueba. Ben Sirac lo sabe mejor que nadie, pues su cultura y riqueza habían favorecido sin duda la avalancha de numerosos amigos. Se comprende que, desde entonces, busque hacer una selección entre ellos.
-“Hay el amigo que comparte tu mesa, pero que no persevera en el día de tu angustia”. De esa frase «compañero de mesa» procede el término francés «copain»: aquel que comparte el pan, el amigo de los días felices. Con frecuencia, por desgracia, es una amistad fácil y frágil.
-“En tu prosperidad será como otro tú, más en tu humillación estará contra ti”. Esto recuerda la historia, narrada por Jesús, de aquel joven que abandonó la casa paterna con mucho dinero y tuvo amigos mientras pudo gastar con ellos. (Lc 15,14).
-“Un amigo fiel es un elixir de vida; los que temen al Señor lo encontrarán. El que teme al Señor endereza su amistad, pues como él es, así será su compañero”. El segundo criterio de la amistad es el amor común de Dios. «Adorar juntos al Señor», he ahí lo que puede soldar en profundidad una relación. La fe es el punto común de una amistad espiritual.
-“El amigo fiel es seguro refugio, el que lo encuentra ha encontrado un tesoro. El amigo fiel no tiene precio, no puede apreciarse su valor”. Puedo aprovechar hoy para rogar por mis amigos… y para preguntarme lo que esperan ellos de mí, cómo podría yo ayudarlos… ¿Hay quizá a mi alrededor gente que no tiene amigos, que sufren del abandono y soledad? ¿Qué puedo hacer por ellos? (Noel Quesson). La amistad es una de las mejores riquezas humanas. Un amigo fiel y sincero es un verdadero tesoro. Es una medicina para nuestros males. El camino se nos hace mucho más fácil cuando lo podemos compartir. Eso pasa en la vida social, en la familiar, en la vida religiosa, en el apostolado sacerdotal. En un mundo en que cada uno tiende a ir por su cuenta, el saber ser amigos, saliendo un poco de sí mismos, para buscar el bien del otro, es un valor que no tiene precio.
«Una voz suave aumenta los amigos, unos labios amables aumentan los saludos». ¿Quién quiere estar al lado de uno que no sabe más que criticar o protestar o quejarse? ¿o que siempre quiere tener la razón o sólo sabe hablar de sí mismo? ¿o que no sabe guardar secretos’? Nos podemos preguntar hoy si somos capaces de amistad. Junto a la valoración de que el amigo fiel es quien no nos abandona en la dificultad, ahora se nos muestra que la sabiduría al final vale la pena: “Al final alcanzarás su descanso y se te convertirá en placer”. Las delicias de la sabiduría son desconocidas para los ignorantes y los insensatos, que no ven que está en seguir preceptos del Señor y ocupándose de sus mandatos. De esta manera, “él te dará la inteligencia y, según tus deseos, te hará sabio» (M. Gallart).
3. El salmo nos habla de cantar gozosos a Yahveh, aclamar a la Roca de nuestra salvación; con acciones de gracias. “Porque es Yahveh un Dios grande, Rey grande sobre todos los dioses; en sus manos están las honduras de la tierra, y suyas son las cumbres de los montes; suyo el mar, pues él mismo lo hizo, y la tierra firme que sus manos formaron”. Es una actitud de amor y adoración, “porque él es nuestro Dios, y nosotros el pueblo de su pasto, el rebaño de su mano”.

Llucià Pou Sabaté

Fuente: http://www.almudi.org

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Meditación Miércoles VII Semana Tiempo Ordinario: Marcos 9, 38-40. Ciclo A. 26 de febrero, 2014.


Meditación Miércoles VII Semana Tiempo Ordinario: Marcos 9, 38-40. Ciclo A. 26 de febrero, 2014.
La sabiduría va unida a la apertura a los demás, a la humildad del corazón
«Juan le dijo: Maestro, hemos visto a uno expulsando demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros. Jesús le contestó: No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga un milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí: el que no está contra nosotros, está con nosotros.»(Marcos 9, 38-40)
1. “Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba a los espíritus impuros, pero que no es de los nuestros y se lo hemos prohibido”. Decididamente, ¡cuán enzarzados se hallan todos en cuestiones de prelaciones, de envidias, de mezquindades! Jesús acaba de anunciar su Pasión en la que se hará el “último de los servidores”…, ha aconsejado a sus discípulos hacerse servidores y no buscar los primeros sitios. Y he aquí que la reacción de Juan, uno de los mejores, es una reacción de dominio, una voluntad de poder, una preocupación de conservar un monopolio; ¡quisiera guardar para él solo, acaparar para el grupo de los Doce el poder de Cristo! No juzguemos a los apóstoles, no juzguemos a nadie. Sería demasiado fácil, ya lo hemos dicho, aplicar el evangelio… a los demás. ¿Quién de nosotros no ha tenido alguna vez esos sectarismos de grupo? La capa de la solidaridad y de la defensa del bien común de nuestro medio ambiente, ¿no resulta a veces que de hecho estamos defendiendo nuestros propios intereses? ¿Quién de nosotros no ha buscado, algún que otro día, conservar ventajas adquiridas, impidiendo así que otros probaran su suerte?
-“Este hombre no está con nosotros, no es de los nuestros…” No forma parte de nuestro grupo. Y sin embargo… hace el bien, ¡expulsa los demonios en tu Nombre! Esta situación es muy frecuente y muy actual en la Iglesia de hoy. Sí, la gracia de Cristo actúa más allá de las estructuras visibles de Iglesia. Hombres y mujeres, como en tiempo de Jesús, no forman parte del grupo de discípulos y no obstante actúan en nombre de Jesús.
-“No se lo prohibáis”. He aquí la respuesta de Jesús. –“Pues ninguno que haga un milagro en mi nombre, hablará luego mal de mí”. Trabajar para Cristo, actuar en el mismo sentido que actuaba Cristo, es ya una cosa buena… que permite caminar hacia un conocimiento y una palabra conformes a Cristo. No es este el único pasaje del evangelio en el que Jesús da valor a la acción. Para muchos hombres de nuestro tiempo, es también por la acción recta, por el compromiso serio según la propia conciencia… que podrá instaurarse una pedagogía de la fe que llevará al descubrimiento más explícito de Cristo.
-“El que no está contra nosotros, está con nosotros”. Esto va en el mismo sentido… apertura total. Jesús invita a sus discípulos a confiar en el Espíritu Santo. La Iglesia actual, siguiendo a Jesús, quiere ser ampliamente abierta. El último Concilio voluntariamente renunció a hacer ninguna condena: ¿creo efectivamente que Dios actúa en todas partes? ¿Y que el Espíritu no es propiedad de ningún grupo? ¿Ni de ninguna estructura? El Espíritu sopla donde quiere. ¡No se lo impidamos! (Noel Quesson).
«Además, muchos elementos de santificación y de verdad existen fuera de los límites visibles de la Iglesia católica: la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad y otros dones interiores del Espíritu Santo y los elementos visibles. El Espíritu de Cristo se sirve de estas Iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación cuya fuerza viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a la Iglesia católica. Todos estos bienes provienen de Cristo y conducen a Él y de por sí impelen a la unidad católica» (Catecismo 819)
«Ama y practica la caridad, sin límites y sin discriminaciones, porque es la virtud que nos caracteriza a los discípulos del Maestro. -Sin embargo, esa caridad no puede llevarte -dejaría de ser virtud- a amortiguar la fe, a quitar las aristas que la definen, a dulcificaría hasta convertirla, como algunos pretenden, en algo amorfo que no tiene la fuerza y el poder de Dios»( J. Escrivá, Forja 456).
2. –“La sabiduría exalta a sus hijos y cuida de los que la buscan. El que la ama, ama la vida. Los que la buscan desde la aurora, serán colmados de gozo. El que la posee tendrá la gloria en herencia, dondequiera que él entre, le bendecirá el Señor”. La sabiduría es como una madre que instruye a sus hijos, una maestra que busca el bien de sus discípulos, que les sale al encuentro, que les guía disimuladamente y les revela sus secretos. Actúa como mediadora entre Dios y los creyentes.
La sabiduría es fuente de «vida», de «gozo» y de «felicidad»… ¿«Amo yo la vida», según la invitación de ese pasaje de la Escritura? ¿Deseo ávidamente la sabiduría, hasta el punto de «andar buscándola desde la aurora»? ¡Inestimable valor de la mañana! Un nuevo día empieza para mí, para el mundo. ¿Cómo empleo esos primeros minutos de mi jornada? ¿Son para mí un instante de plenitud y de orientación?
-“Los que sirven a la Sabiduría, rinden culto al Dios santo. A los que la aman, los ama el Señor”. «Servir» a la Sabiduría… «Amar» a la Sabiduría… Es todo un estilo de vida. Este arte de vivir, este humanismo no es solamente privilegio de los creyentes. A todos… ¡el Señor «les» ama! El autor de esas frases vivía en pleno mundo helenístico pagano, y sabía admirar la sabiduría de las culturas de su tiempo; pero sabía también vincularlas a su propia visión religiosa. ¿Tengo yo esa misma tendencia profunda y equilibrada, que me facilitaría a la vez:reconocer los valores humanos vividos por tantos hombres de HOY… y hacer patente su relación a Dios de quien esos valores emanan y a quien rinden un verdadero culto: «la gloria de Dios es el hombre vivo»? La finalidad de la «revisión de vida» es la de habituarnos a tener esa doble mirada, a la vez humana y divina.
-“El que escucha la sabiduría… El que la sigue… El que a ella se confía… Al principio le llevará por recovecos, le hará sentir timidez, miedo y pavor; con su disciplina le atormentará hasta obtener su confianza… mas luego le conducirá al camino recto, le regocijará y le revelará sus secretos”. Hay en todo ello una idea muy interesante: la experiencia de la «búsqueda». Ser sabio no es una posesión orgullosa y de una vez para siempre. No hay peor error que creerse definitivamente seguro de poseer la verdad. Ser sabio, es, ante todo, «aceptar el aprendizaje», es «revisar» lo que uno sabe, «permanecer abierto a los progresos» es «aceptar los límites de la propia sabiduría» ¡para continuar buscando!
Ben Sirac llega hasta a hablar del «tormento» de la búsqueda. Querer comprender mejor el mundo, querer comprender mejor a Dios, no es un reposar… es una aventura. Requiere esfuerzo, una ruda «disciplina»… al final de los cuales se encuentra el gozo y el conocimiento de los «secretos del mundo».
-“La sabiduría le revelará sus secretos”. ¡Un secreto! Algo precioso, pero escondido, no aparente ni evidente. Hay que ir más allá de la superficialidad de las cosas hasta llegar a su núcleo más profundo. Condúcenos, Señor, hasta lo esencial. Revélanos tus secretos. Líbranos de las falsas soluciones y de las seguridades a corto término. Danos esa Sabiduría que proviene de Ti. Que nuestra luz sea tu Evangelio (Noel Quesson).
3. Al oir esta descripción de la sabiduría no podemos dejar de pensar que para nosotros, cristianos, la sabiduría de Dios nos está bien cercana y continuamente presente en Cristo Jesús, el Maestro, la Palabra viviente de Dios, que nos invita a seguirle, que nos acompaña en nuestro camino, que nos ayuda a discernir y a ver las cosas y los acontecimientos desde los ojos mismos de Dios: «Yo soy el camino y la verdad y la vida». Si hacemos caso a este Maestro, atesoramos su Palabra y la llevamos a nuestra vida, estamos en el camino de la verdadera felicidad.
A la larga, el que edifica sobre la sabiduría de Dios, y no sobre la del mundo o el propio capricho o los gustos de moda, tendrá ocasión de decir con el salmo: «mucha paz tienen, Señor, los que aman tus leyes», porque edifica sobre roca.

Llucià Pou Sabaté
Fuente: http://www.almudi.org

Meditación: Juan 1,19-28. Jueves I Semana de Navidad. Ciclo A. 2 de enero, 2014.


Meditación: Juan 1,19-28. Jueves I Semana de Navidad. Ciclo A. 2 de enero, 2014.
Juan Bautista prepara con su bautismo la venida del Señor
“Éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron adonde estaba él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: «¿Quién eres tú?». El confesó, y no negó; confesó: «Yo no soy el Cristo». Y le preguntaron: «¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?». El dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el profeta?». Respondió: «No». Entonces le dijeron: «¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Dijo él: «Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».
Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando” (Juan 1,19-28).
1. –“Sacerdotes y levitas vinieron de Jerusalén para preguntar a Juan: -Tú ¿quien eres?” Estaban como todo el mundo, a la espera… del Mesías prometido por las Escrituras.
-“Yo no soy el Mesías, ni Elías, ni el Gran Profeta”. Humildad. Veracidad. No podemos suplantar a Jesús, pretender tener su voz o su verdad, pues estas distinciones son necesarias: Cristo es Dios… y yo, no soy más que un pobre ser limitado. Sí, Cristo es Santo… y yo, un pobre y débil pecador. Si, Cristo es Señor… y yo, hago lo que puedo para seguirle. La Iglesia está ligada a Cristo, pero tiene también un lado humano y pecador. Es bueno saber distinguir esto, al mismo tiempo que vemos a Cristo en su Iglesia.
-“Yo no soy ni aun digno de desatar la correa de su sandalia”. Ayúdanos, Señor, a reconocer tu grandeza, y nuestra pequeñez, como Juan Bautista. Lo que hacían los antiguos esclavos a su amo, cuando se arrodillaban a sus pies para desatarles las sandalias… Juan, ni de esto se encuentra digno… Juan Bautista tenía una idea muy alta del misterio de la persona de Jesús. La ternura e intimidad con Dios no puede ser nunda descuido, falta de respeto. Señor, quiero respetarte, con amor, incluso y sobre todo cuando “Tú mismo te arrodillas a nuestros pies para desatar la correa de nuestro calzado”, como hiciste la tarde del jueves santo, antes de lavar los pies a tus amigos.
-“¿Por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?” Estos especialistas del culto están ante todo según parece, preocupados, celosos por el exacto cumplimiento de las reglas rituales según la religión de Moisés.
-“Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis, que viene en pos de mí”… Juan dirige la atención de sus interlocutores hacia lo esencial: Jesús. Señor, ayúdanos a reconocer tu presencia misteriosa, secreta. Pareces lejano, y estás cerca… Pareces ausente, y estás aquí. Eres el eterno desconocido. Se requiere silencio y un oído atento como a una brisa ligera para percibir tu presencia discreta (Noel Quesson). La Palabra es Jesús: Juan sólo es la voz. La luz es Cristo: Juan sólo es el reflejo de esa luz. Y anuncia a Cristo: «en medio de vosotros hay uno que no conocéis, que existía antes que yo». Te pido, Señor, anunciarte a los demás con mi vida, acercarte a los demás con mis palabras y mi ejemplo, con mi amor hacerte ver. Ser la voz de Cristo, sus manos, su corazón y su mirada…
Quiero experimentar, como nos dice san Pablo, que «quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús» (Flp 1,6). Todos, llamados por Cristo a la santidad, hemos de ser su voz en medio del mundo. Un mundo que vive, a menudo, de espaldas a Dios, y que no ama al Señor. Es necesario que lo hagamos presente y lo anunciemos con el testimonio de nuestra vida y de nuestra palabra. No hacerlo, sería traicionar nuestra más profunda vocación y misión. «La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado» —comenta el Concilio Vaticano II. La grandeza de nuestra vocación y de la misión que Dios nos ha encomendado no proviene de méritos propios, sino de Aquel a quién servimos (Joan Costa Bou).
Para preparar el camino de salvación que Jesús nos trae, ha venido Juan Bautista, que llama a la conversión: “San Juan Bautista es el precursor inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino. “Profeta del Altísimo” (Lc 1,76), sobrepasa a todos los profetas, de los que es el último, e inaugura el Evangelio; desde el seno de su madre saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser “el amigo del esposo” (Jn 3,29) a quien señala como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Precediendo a Jesús “con el espíritu y el poder de Elías” (Lc 1,17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio” (Catecismo, 523).
Después de la Segunda Guerra Mundial, el hallazgo de Qumrán ha sacado a la luz textos esenios, poco conocidos hasta entonces. Como dice el Card. Ratzinger, “era un grupo que se había alejado del templo herodiano y de su culto, fundando en el desierto de Judea comunidades monásticas, pero estableciendo también una convivencia de familias basada en la religión, y que había logrado un rico patrimonio de escritos y de rituales propios, particularmente con abluciones litúrgicas y rezos en común. La seria piedad reflejada en estos escritos nos conmueve: parece que Juan el Bautista, y quizás también Jesús y su familia, fueran cercanos a este ambiente. En cualquier caso, en los escritos de Qumrán hay numerosos puntos de contacto con el mensaje cristiano. No es de excluir que Juan el Bautista hubiera vivido algún tiempo en esta comunidad y recibido de ella parte de su formación religiosa.
”Con todo, la aparición del Bautista llevaba consigo algo totalmente nuevo. El bautismo al que invita se distingue de las acostumbradas abluciones religiosas. No es repetible y debe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida. Está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios y al anuncio de alguien más Grande que ha de venir después de Juan”. Además su lema es también el nuestro, dejar hacer a Jesús en nosotros: “Es preciso que El crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30).
Hemos de ser, también, nosotros, testimonios, como decía Pablo VI: «El hombre contemporáneo escucha mejor a quienes dan testimonio que a quienes enseñan (…), o, si escuchan a quienes enseñan, es porque dan testimonio». Y el Concilio insistía: “todos los cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar, con el ejemplo de su vida y el testimonio de la palabra, el hombre nuevo de que se revistieron por el Bautismo” (Ad gentes, 11).
2. Sigue san Juan: -“Hijos míos: ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es precisamente el Anticristo: el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo, tampoco posee al Padre y quien confiesa al Hijo, posee también al Padre”. Negar la divinidad de Jesús, es, para Juan, condenarse a no conocer nada de Dios. Todos los sentimientos religiosos del mundo… todas sus especulaciones filosóficas no son sino imperfectas aproximaciones al descubrimiento de Dios. La única y verdadera revelación de Dios es Jesús. Tenemos ahí ciertas afirmaciones típicas del evangelio de Juan:
-“Nadie va al Padre sino por el Hijo…” (Jn 14,6) -“El que conoce al Hijo, conoce también al Padre…” (8,19) -“EI Hijo es el único capaz de revelar al Padre…” (14,7). En mi búsqueda de Dios me esforzaré más en la meditación evangélica. Contemplar a Jesús para contemplar a Dios. Gracias, Jesús, por habernos dado acceso al «secreto» de Dios… Por habernos introducido en lo «incognoscible»… por habernos hecho ver al Dios «escondido»… Me coloco humildemente ante un «pesebre», y contemplo: Dios se revela de ese modo. El verdadero rostro de Dios está ahí. El semblante del Hijo nos aporta el verdadero rostro del Padre.
-“Por vuestra parte, guardad en vosotros lo que aprendisteis desde el principio”. Fidelidad, más necesaria todavía en las horas de crisis de fe, cuando surgen nuevas preguntas en nuestros corazones, cuando viene la «noche». Me agarro a lo que soy, y continúo caminando en el mismo sentido que ha iluminado mi camino anteriormente.
-“La unción con que él os ungió sigue con vosotros”… Es el símbolo del Espíritu que penetra todo el ser desde el interior… ¡estoy en comunión contigo, Señor! -Permaneced en él. Permanecer en Dios. ¡Y esto basta! Alegría y paz.
-“Para que cuando se manifieste, nos sintamos seguros y no quedemos avergonzados delante de él el día de su venida”. Esa es la esperanza: verle cara a cara, en la luz eterna. Camino hacia ese descubrimiento final. Y Jesús es el «camino» que nos conduce hacia ese dulce encuentro en la luz del último día (Noel Quesson).
3. “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Dios se ha levantado victorioso sobre el pecado y la muerte. Él es el Salvador y protector de su pueblo”, rezamos en el salmo. Me veo como la oveja perdida a quien tu buscas, Señor: “Entonces Tú –rezaba J. Torras- recorres caminos, valles y montañas hasta que la encuentras. La coges y la cargas sobre tus hombros contento de haberla rescatado con vida. Cuando veas que no voy a tu lado, o me aparto, poco a poco de Ti y me meto en la oscuridad de mi egoísmo, de mis cosas, y pierdo la gracia de Dios; o voy de un lugar a otro, tonteando con el pecado, búscame, no me abandones a mi suerte. Me doy cuenta de que tarde o temprano me convertiría en un desgraciado porque sólo a tu lado, en tu redil, puedo hallar la felicidad. Necesito que cures mi corazón y lo limpies de todo lo que me aparte de Ti”. Por eso nos alegramos con el salmo: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel”.
¡Qué bien sabía expresarlo, san Agustín convertido!: “¡Tarde te amé, hermosura soberana, tarde te amé! Y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de Ti aquellas cosas que sin Ti no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera, exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de Ti, y ahora siento hambre y sed de Ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de Ti”. Así es el Mesías: “Como un pastor apacentará su rebaño, recogerá con su brazo los corderillos, los tomará en su seno, y conducirá él mismo las ovejas recién nacidas” (Is 40, 41). “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad”.
Llucià Pou Sabaté
Fuente: http://www.almudi.org

Meditación; Mateo 1, 18-24: IV Domingo de Adviento. Ciclo A. 22 de diciembre, 2013.


Meditación; Mateo 1, 18-24: IV Domingo de Adviento. Ciclo A. 22 de diciembre, 2013.
«La generación de Jesucristo fue así: Estando desposada su madre María con José, antes de que conviviesen, se encontró que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.
José su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Estando él considerando estas cosas, he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Todo esto ha ocurrido para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien llamarán Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros.
Al despertarse José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su esposa». (Mateo 1, 18-24)

1º. María está encinta y José no se lo explica.
¿Cómo es posible entenderlo humanamente?
¿Por qué no le da su esposa una explicación?
¿No le había dicho a José que quería permanecer virgen por amor a Dios?
María, la muchacha más hermosa, la más leal, la más sincera… ¿qué ha ocurrido?
¡Cómo debiste sufrir, José, durante estos días de desconcierto!
Y lo peor es que ibas a tener que abandonar a la persona que más amabas en esta tierra.
Esta fue la cruz de José, la prueba que Dios le puso antes de encomendarle la gran misión: ser el esposo de María, la Madre de Dios; ser el jefe de la Sagrada Familia.
Jesús, también yo sufro dificultades, reveses, tentaciones.
Son pequeñas pruebas, pequeñas cruces comparadas con la que tuvo que sufrir San José.
Pero son grandes oportunidades para mostrar el amor que te tengo, y para que Tú me puedas también confiar cosas más grandes.
José, no buscaste la solución más fácil, sino la más justa, aunque te costaba terriblemente ponerla en práctica.
Ayúdame a tener siempre esa fortaleza.
Que sepa sufrir, que aguante la dificultad, que tenga el aplomo necesario para que Dios se pueda apoyar en mí y me pueda confiar lo que quiera.
2º. «José era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alabo a José, afirmando que era justo. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida al servicio de sus hermanos, los demás hombres» (Es Cristo que pasa.-40).
Jesús, hoy quieres que aprenda de tu padre en la tierra, de José.
Quieres que aprenda de su vida corriente en apariencia, pero llena de sentido por la misión que tenía de cuidarte.
Quieres que yo también sea, en medio de mi vida de trabajo, piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina.
Por eso quieres que me encomiende a él, como hizo santa Teresa: «Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él. (…). No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer» (Santa Teresa).
José, eres mi padre y señor, eres mi maestro.
Tú has sabido como nadie trabajar en presencia de Dios, con justicia, con profesionalidad; tú has aprendido a amar a Dios cumpliendo sus mandamientos y orientando toda tu vida en servicio de tus hermanos, los demás hombres.
Tú has obedecido siempre la voluntad de Dios: «José hizo como el ángel del Señor le había mandado.»
Ayúdame a comportarme así en mis circunstancias concretas, cada día.
Fuente: http://www.almudi.org

Meditación Lucas 1,39-45.: Sábado III Semana de Adviento. Ciclo A. 21 de diciembre, 2013.


Meditación Lucas 1,39-45.: Sábado III Semana de Adviento. Ciclo A. 21 de diciembre, 2013.
María es modelo de cómo servir, con la alegría de tener al Señor

“En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lucas 1,39-45).

1. El relato de la visitación sigue al de ayer, y vemos la llena de gracia, animada por el Espíritu Santo, atender a Isabel, pues partió enseguida (en latín dice el texto: “cum festinatione”, de modo festivo, alegre). Se puede aplicar a ella aquello de “qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz”. No sabemos si san José la acompañó. Así llegó a aquella población de las montañas de Judea, Aín-Karim.
Isabel al recibirla nota a su hijo que salta de gozo en sus entrañas y, llena del Espíritu Santo, exclama “con gran voz”, es decir gritando en un éxtasis bendito: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. (Como respuesta, María pronunciará uno de los cánticos más bellos que jamás hayan sido pronunciados, el Magnificat.)
«Bienaventurada tú que has creído. Por su fe, María vino a ser la madre de todos los creyentes, gracias a la cual todas las naciones (le la tierra reciben a Aquel que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre» (Catecismo 2676).
Hoy vemos a María, la mujer del “sí”, un “sí” no sólo pronunciado con la boca, sino con todo su ser, alma y cuerpo, en servicio a los demás. La presencia de Jesús en ella, la maternidad y el servicio le dan esa alegría: fe, obediencia plena a esta fe, y servicio, la mejor manifestación de la libertad. Lejos de abandonarse a quietud de la contemplación, estando tranquilamente en su casa de Nazaret, la caridad es imaginativa, tiene inventiva, y actúa según los medios que tengamos a mano: “La caridad es servicial, no busca sólo su propio interés, y lo soporta todo” (1Cor 13). San Bernardo dice que desde entonces María quedó constituida en “Canal inmenso” por medio del cual la bondad de Dios envía hacia nosotros las cantidades más admirables de gracias, favores y bendiciones.
Tomo de autor desconocido estas palabras: María, en la Visitación, se hace también “servidora del prójimo”, “servicio de la caridad a domicilio”, Nuestra Señora de los servicios domésticos. Nuestra Señora del delantal puesto, Nuestra Señora de los mandados, Nuestra Señora de la cocina y de la escoba. Es así modelo en su viaje, para los viajes de servicio que nosotros podamos también hacer. Podemos pensarlo cada vez que meditamos este misterio del Rosario.
“La alegría de Dios y de María se ha esparcido por todo el mundo. Para darle paso, basta con abrirse por la fe a la acción constante de Dios en nuestra vida, y recorrer camino con el Niño, con Aquella que ha creído, y de la mano enamorada y fuerte de san José. Por los caminos de la tierra, por el asfalto o por los adoquines o terrenos fangosos, un cristiano lleva consigo, siempre, dos dimensiones de la fe: la unión con Dios y el servicio a los otros. Todo bien aunado: con una unidad de vida que impida que haya una solución de continuidad entre una cosa y otra” (Àngel Caldas).
«María proclama que la «llamarán bienaventurada todas las generaciones». Humanamente hablando, ¿en qué motivos se apoyaba esta esperanza? ¿Quién era Ella, para los hombres y mujeres de entonces? Las gran des heroínas del Viejo Testamento -Judit, Ester, Débora- consiguieron ya en la tierra una gloria humana, fueron aclamadas por el pueblo, ensalzadas. El trono de María, como el de su Hijo, es la Cruz. Y durante el resto de su existencia, hasta que subió en cuerpo y alma a los Cielos, es su callada presencia lo que nos impresiona. San Lucas, que la conocía bien, anota que está junto a los primeros discípulos, en oración. Así termina sus días terrenos, la que habría de ser alabada por las criaturas hasta la eternidad.
¡Cómo contrasta la esperanza de Nuestra Señora con nuestra impaciencia! Con frecuencia reclamamos a Dios que nos pague enseguida el poco bien que hemos efectuado. Apenas aflora la primera dificultad, nos quejamos. Somos, muchas veces, incapaces de sostener el esfuerzo, de mantener la esperanza. Porque nos falta fe: ‘¡bienaventurada tú, que has creído! Porque se cumplirán las cosas que se te han declarado de parte del Señor’» (J. Escrivá). Quedan cuatro días para el nacimiento de tu Hijo. Jesús, vas camino de Belén, en el seno de tu madre. Yo también quiero hacer mi camino a Belén: con más oración, con más sacrificio, con más trabajo bien hecho (Pablo Cardona).
Es también un Evangelio de la vida: Juan Pablo II decía que la anticoncepción y el aborto «tienen sus raíces en una mentalidad hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un concepto egoísta de la libertad, que ve en la procreación un obstáculo al desarrollo de la propia personalidad». En cambio, la maternidad y la paternidad, entendida como vocación hecha vida en las familias y enfocada al servicio a los demás, a la apertura del don de sí, es siempre fuente de alegría. Estos años hay una cultura “de la muerte” y es importante recordar –como hace la Iglesia- que la familia es “santuario de la vida”. Y ver la vida enraizada en la vocación al servicio –don de sí- y alegría.

2. El cantar de los cantares es un canto para unas nupcias, canta el amor humano, completamente fascinado por su novedad. El joven pide a la muchacha que vaya a reunirse con él, y su deseo es tan ardiente y lozano como la primavera de Palestina. La naturaleza se hace cómplice. Es la estación de los amores: la tórtola hace oír su arrullo en el campo, mientras el sol madura los frutos.
-“Salta por las colinas, semejante a la gacela o a un joven cervatillo”. Efectivamente, Dios ha debido de salvar muchas distancias para llegar hasta nosotros. No solamente «montes y colinas», sino la distancia infinita de la divinidad a la humanidad. Nada es obstáculo para Dios. Salta, ligero y ágil. Viene.
-“Mi amado ha hablado y me ha dicho: «Levántate, amada mía, hermosa mía y vente»”. El amor es recíproco. Tenemos, ahora, la declaración de Dios. Ama y desea a la humanidad. Esta es tratada por Dios como la «amada» la «muy hermosa». Dios se hizo hombre porque ama a la humanidad, la ve hermosa. También debemos nosotros amar lo que Dios ama: nuestra vida humana es la obra maestra de su inteligencia y de su Amor. ¡El es quien ha creado esto! El Hijo de Dios es concebido en un seno materno de mujer, toma un cuerpo y un alma humanas, nace, toma «condición humana»… ¡todo eso prueba que lo encuentra hermoso!
-“Porque, mira, ha pasado el invierno… Aparecen las flores en el campo… el tiempo de las canciones ha llegado… Se oye el arrullo de la tórtola. Echa la higuera sus yemas, la viña en flor exhala su fragancia…” Son las «imágenes» tradicionales que en todos los pueblos son expresión del amor: primavera… flores… perfumes… canciones… felicidad. Esas expresiones poéticas, en los escritos proféticos, caracterizan siempre la era mesiánica. El mismo Jesús las repite también cuando, al anunciar su retorno al final de los tiempos, lo presenta como la llegada de la «primavera»: «cuando veis que la higuera echa sus yemas tiernas, sabéis que el verano está cerca, así también el reino de Dios está cerca…» (Mt 24, 32). La venida de Dios inaugura una era de felicidad. «Tranquilízanos, Señor, en las pruebas, en esta vida en que esperamos la felicidad que nos prometes, y el advenimiento de Jesucristo, nuestro Salvador.» Danos, Señor, desde ahora, ese gozo interior que viene de ti… y que resulta colmado en la eternidad.
-“Muéstrame tu semblante, déjame oír tu voz. Porque tu voz es dulce y tu rostro, hermoso”. Nos lo dice Dios, que ama a la humanidad. ¿Soy digno de ello? (Noel Quesson). Es un ardiente y profundo amor, que místicamente representa el intenso amor de Dios al hombre, el amor humano es alegórico de otro divino, un Dios “enamorado” de la “enamorada” que es nuestra alma. Podemos ver ese amor divino Navideño leyendo a San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual.

3. “Celebrad al Señor con la lira, / acompañadle con el arpa en vuestros cantos, / dedicadle un cántico nuevo, / tocad acompañándole la aclamación”. Dios tiene un proyecto de salvación sobre todo lo creado: Él quiere salvarnos, hacernos hijos suyos y hacernos participar de su Gloria eternamente: “Los planes del Señor persisten, / mantén siempre los propósitos de su corazón. / Feliz la nación que tiene al Señor por Dios, / feliz el pueblo que él ha escogido por heredad”.
Por eso vino Jesús, y hemos de llenarnos de esperanza: “Tenemos puesta la esperanza en el Señor, / auxilio nuestro y escudo que nos protege. / Es la alegría de nuestro corazón, / y confiamos en la presencia de su nombre”.

Llucià Pou Sabaté
Fuente: http://www.almudi.org

Meditación Lucas 1,26–38: Viernes III Semana de Adviento, Ciclo A. 20 de diciembre, 2013.


Meditación Lucas 1,26–38: Viernes III Semana de Adviento, Ciclo A. 20 de diciembre, 2013.
El sí de María nos trae el Emmanuel, Dios con nosotros, para nuestra salvación

“Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue” (Lucas 1,26–38).

1. La “anunciación” de Jesús es paralela a la de Juan Bautista que ayer leímos. Fue en Nazaret, en Galilea: poblado insignificante, desconocido del Antiguo Testamento, provincia despreciada por su mezcolanza de judíos y paganos. La simplicidad de la escena en casa de María contrasta con la solemnidad de la anunciación a Zacarías, en el marco sagrado del Templo, en Jerusalén, la capital. Se perfila la modestia de la Encarnación de Dios: “Se anonadó, dirá San Pablo, tomando la condición de esclavo”.
-“Una joven desposada, cuyo nombre era María”: es una muchacha del pueblo muy sencilla, que nada la distingue de sus compañeras. –“Desposada con cierto varón de la casa de David, llamado José”… Todos los textos insisten en esta ascendencia davídica de José. Este desposado con María es pues de raza real, pero desposeído de toda grandeza: es un artesano, un carpintero… ¡sin ninguna pretensión de ocupar un trono! Sin embargo a través de él se cumplirá la promesa hecha a David. María, una humilde muchacha de Nazaret, es la elegida por Dios para ser la madre del Esperado.
-“Alégrate, objeto del favor divino, el Señor es contigo.” Es la traducción exacta, según el texto griego, de esta salutación angélica que todos los cristianos conocen. “Dios te salve María” = Alégrate; “llena de gracia” = objeto del favor divino; “el Señor es contigo”= el Señor es contigo. Es el “buenos días” que Dios dirige a esta joven. ¡Con cuánto respeto y amor le habla! Es como la fórmula que oímos en la misa: “El Señor esté con vosotros”… Emmanuel… “Dios con nosotros” ¿Me uno yo profundamente a este deseo? El ángel la llama «llena de gracia» o «agraciada», «bendita entre las mujeres», y le anuncia una maternidad que no viene de la sabiduría o de las fuerzas humanas, sino del Espíritu Santo, porque su Hijo será el Hijo de Dios.
-“Al oír tales palabras, la Virgen se turbó, y púsose a considerar qué significaría una tal salutación”. Las vocaciones excepcionales no son nunca fáciles de aceptar. De momento, Dios aparece como desconcertante.
Empieza a dibujarse así en las páginas del evangelio el mejor retrato de esta mujer, cuya actitud de disponibilidad para con Dios, «hágase en mí», no será sólo de este momento, sino de toda la vida, incluida su presencia dramática al pie de la Cruz. María aparece ya desde ahora como la mejor maestra de vida cristiana. El más acabado modelo de todos los que a lo largo de los siglos habían dicho «sí» a Dios ya en el A.T., y sobre todo de los que han creído en Cristo Jesús y le han seguido en los dos mil años de cristianismo. Nosotros estamos llamados a contestar también a Dios con nuestro «sí». El «hágase en mí según tu palabra» de María se ha continuado a lo largo de los siglos en la comunidad de Jesús. Y así se ha ido encarnando continuamente la salvación de Dios en cada generación, con la presencia siempre viva del Mesías, ahora el Señor Resucitado, que nos comunica por su Espíritu la vida de Dios. Cada uno de nosotros, hoy, escucha el mismo anuncio del ángel. Y es invitado a contestar que sí, que acogemos a Dios en nuestra vida, que vamos a celebrar la Navidad «según tu palabra», superando las visiones superficiales de nuestra sociedad para estos días.
-“Le pondrás por nombre Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo, al cual el Señor Dios dará el trono de su padre David”. Esta era la célebre profecía de Natán a David (I Samuel 7,11), que hemos leído en la primera lectura. No será un reino triunfal. Reinará en los corazones que de verdad querrán amarle.
-“¿Cómo ha de ser esto? Pues yo no conozco varón”. Es una fórmula griega muy conocida. Quiere decir que María no ha tenido relaciones conyugales. Y éste no es el único texto que afirma este misterio. María ha escogido deliberadamente permanecer virgen. Esta cuestión nos permite penetrar en el pensamiento y el corazón de María. Se había entregado a Dios en un amor místico, absoluto, exclusivo.
-“El Espíritu Santo descenderá sobre ti. El niño será “Santo”. Será llamado “Hijo de Dios”. Porque para Dios nada es imposible”. Es una afirmación del misterio de la personalidad de Jesús: es Dios (Noel Quesson).
Dios-con-nosotros: la perspectiva que da más esperanza a nuestra existencia. Es la invitación a la comunión de vida con él y ser hijos suyos. Dios-con-nosotros significa que todo lo que ansiamos tener nosotros de felicidad y amor y vida, se queda corto con lo que Dios nos quiere comunicar. Con tal que también respondamos con nuestra actitud de ser «nosotros-con-Dios». Eso nos llenará de alegría. Y cambiará el sentido de nuestra vida. Cristo nos aseguró: «donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo con ellos». Y es en la comunión de la misa donde se realiza la máxima comunión, si le acogemos con la misma humilde confianza que lo hizo María, nuestra Eucaristía será ciertamente fecunda en vida y en salvación.
O clavis David: «Oh Llave de David / y Cetro de la casa de Israel, / que abres y nadie puede cerrar, / cierras y nadie puede abrir: / ven y libra a los cautivos / que viven en tinieblas y en sombra de muerte»: es el Cordero digno de abrir los sellos del libro de la historia (Ap 5,1-9), y en general, «el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir» (Ap 3,7). Para nosotros, invocar a Jesús como Llave es pedirle que abra la puerta de nuestra cárcel y nos libere de todo cautiverio, de la oscuridad, de la muerte (J. Aldazábal).
S. Bernardo comenta: “Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no era por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros (…) esperamos, Señora, esta palabra de misericordia. Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librados si consientes (…) por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida… No tardes, Virgen María, da tu respuesta. Señora Nuestra, pronuncia esta palabra que la tierra, los abismos y los cielos esperan (…) Responde presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna… Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta (…) Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento. ‘Aquí está la esclava del Señor, -dice la Virgen- hágase en mí según tu palabra.’ (Lc 1,38)”.

2. “Una virgen concebirá…” El rey Acaz, cercado por sus propios intereses políticos (Samaria le pide alianza contra Damasco, pero él se alía con éste para no caer en sus manos pensando que son más fuertes) y el profeta promete un “hijo” heredero del trono de David: «Dios-con-nosotros»… y su madre, la «virgen»… será un signo de Dios… –“Pues bien, el Señor mismo va a daros una “señal”: He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz a un Hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, es decir, «Dios-con-nosotros»”. El término traducido aquí por la palabra «virgen» en hebreo es “halmah” que designa siempre «doncellas». Es el indicio muy claro de un nacimiento sorprendente. Ese texto ha sido aplicado siempre a María de una manera privilegiada. Ciertamente, va más allá de lo que en su tiempo podía decir eso, en realidad no se entiende la profecía sino en Cristo (Noel Quesson).

3. El único Santo, el Hombre perfecto, ha subido al monte del Señor para ofrecerse Él mismo en sacrificio agradable al Padre Dios, para el perdón de nuestros pecados. Finalmente Él ha entrado en el Santuario no construido por manos humanas, sino que es la Morada de Dios; y ahí se ha sentado para siempre como Hijo de Dios y como Rey nuestro.

Llucià Pou Sabaté
Fuente: http://www.almudi.org

Meditación Mateo 1,1-17: Martes III Semana de Adviento, Ciclo A.17 de diciembre, 2013.


Meditación Mateo 1,1-17: Martes III Semana de Adviento, Ciclo A.17 de diciembre, 2013.
Dios nos ama en Jesús, a quien envía al mundo. Estamos interconexionados en este «libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham»

“Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara, Fares engendró a Esrom, Esrom engendró a Aram, Aram engendró a Aminadab, Aminadab engrendró a Naassón, Naassón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró, de Rut, a Obed, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David.
David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón, Salomón engendró a Roboam, Roboam engendró a Abiá (…). Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a (…), Mattán engendró a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones” (Mateo 1,1-17).

1. Para que nos preparemos de un modo más inmediato a Navidad, la Iglesia la hace preceder de una “octava”, que comienza hoy con la genealogía de Jesús: en primer lugar, nos lleva a experimentar que nuestra grandeza no está en los méritos sino en el amor que Dios nos tiene. También, que estamos todos interconexionados, y lo que hacemos influye en los demás y en la historia. Estos dos puntos están muy vivos en el pesebre. Para entender la necesidad de profundizar en nuestra dignidad vino Jesús en Navidad, y para formar un pueblo renacido, como hijos de Dios.
En la genealogía de Jesús –decíaVan Thuân predicando al Papa y su Curia- hay un canto al amor de Dios, “su misericordia es eterna”: “Levanta del polvo al indigente y de la inmundicia al pobre para que se siente entre los príncipes de su pueblo”». No hemos de portarnos bien para que Dios nos quiera, sino que Dios nos quiere de todos modos, y eso nos ayuda mucho a portarnos mejor: «No hemos sido escogidos a causa de nuestros méritos, sino sólo por su misericordia. “Te he amado con un amor eterno, dice el Señor”. Esta es nuestra seguridad. Este es nuestro orgullo: la conciencia de ser llamados y escogidos por amor».
En ese contexto, es bonito ver que no se nos esconde que pecadores y prostitutas fueron antepasados de Jesús. El complejo problema del pecado y de la gracia está ahí reflejado: «Si consideramos los nombre de los reyes presentes en el libro de la genealogía de Jesús, podemos constatar que sólo dos de ellos fueron fieles a Dios: Ezequiel y Jeroboam. Los demás fueron idólatras, inmorales, asesinos… En David, el rey más famoso de los antepasados del Mesías, se entrecruzaba santidad y pecado: confiesa con amargas lágrimas en los salmos sus pecados de adulterio y de homicidio, especialmente en el Salmo 50, que hoy es una oración penitencial repetida por la Liturgia de la Iglesia. Las mujeres que Mateo nombra al inicio del Evangelio, como madres que transmiten la vida y la bendición de Dios en su seno, también suscitan conmoción. Todas se encontraban en una situación irregular: Tamar es una pecadora, Rajab una prostituta, Rut una extranjera, de la cuarta mujer no se atreve a decir ni siquiera el nombre. Sólo dice que había sido “mujer de Urías”, se trata de Betsabé».
Tamar, por trampa, tiene un hijo de su propio suegro (Génesis 38, 1-30). ¡Qué historia mas sombría! Rahab, prostituta (Josué 2-6). Ruth, una pagana de tierra extranjera (Rut 4-12). Finalmente Betsabé, la mujer adúltera de David y madre de Salomón (II Samuel 11). Jesús viene a salvar a la humanidad, por gracia. Y todos los hombres están llamados a esta salvación universal. ¿Estoy convencido de este inverosímil amor gratuito y salvífico que Dios nos tiene? Este panorama no lleva al desánimo, sino que el pecado exalta la misericordia de Dios: «Y sin embargo -añadió el arzobispo vietnamita- el río de la historia, lleno de pecados y crímenes, se convierte en manantial de agua limpia en la medida en que nos acercamos a la plenitud de los tiempos: en María, la Madre, y en Jesús, el Mesías, todas las generaciones son rescatadas. Esta lista de nombres de pecadores y pecadoras que Mateo pone de manifiesto en la genealogía de Jesús no nos escandaliza. Exalta el misterio de la misericordia de Dios. También, en el Nuevo Testamento, Jesús escogió a Pedro, que lo renegó, y a Pablo, que lo persiguió. Y, sin embargo, son las columnas de la Iglesia. Cuando un pueblo escribe su historia oficial, habla de sus victorias, de sus héroes, de su grandeza. Es estupendo constatar que un pueblo, en su historia oficial, no esconde los pecados de sus antepasados», como sucede con el pueblo escogido.
No es Jesús como un extraterrestre o un ángel que llueve del cielo. Pertenece con pleno derecho, porque así lo ha querido, a la familia humana. Es hijo de hombres y mujeres que tienen una vida recomendable, y otros que no son nada modélicos. En el primer apartado de los patriarcas, la promesa mesiánica no arranca de Ismael, el hijo mayor de Abrahán, sino de Isaac. No del hijo mayor de Isaac, que era Esaú, sino del segundo, Jacob, que le arrancó con trampas su primogenitura. No del hijo preferido de Jacob, el justo José, sino de Judá, que había vendido a su hermano. En el apartado de los reyes, aparte de David, que es una mezcla de santo y pecador, aparece una lista de reyes claramente en declive hasta el destierro. Aparte tal vez de Ezequías y Josías, los demás son idólatras, asesinos y disolutos. Y después del destierro, apenas hay nadie que se distinga precisamente por sus valores humanos y religiosos. Hasta llegar a los dos últimos nombres, José y María.
Es una genealogía donde hay mujeres sencillas, pero no ve Ratzinger que haya en ellas pecado, es un pecado de los varones, no de las mujeres. Lo especial en estas mujeres estriba, en cambio, en que no eran judías y que justamente ellas, mujeres paganas, aparecen en los puntos de inflexión de la historia de Israel, de modo que con toda razón pueden considerarse en Israel como las verdaderas madres ancestrales del reino, tipo de la Iglesia de los gentiles, la Iglesia que se reúne a partir de la suciedad del paganismo y que, a pesar de ello, en su anhelo de la salvación abre la puerta a los enviados de Dios, los apóstoles, que no habían hallado morada en Israel. Así, la Iglesia de los gentiles permite que el mundo se convierta en tierra santa de la fe, la sucia taberna en la casa santa de la comunión con Jesucristo.
Hasta llegar a María, donde ya no se habla ya de «engendrar», sino que se dice: «Jacob engendró a Jóse, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo». Se instaura un nuevo comienzo, y este verdadero comienzo, del cual depende en definitiva todo, acontece por la fe, por el sí de María, por la fe de las madres, la fe de los extranjeros. Estamos todos intercomunicados, unidos a esa nueva generación por la fe que María inaugura. La Iglesia está anticipada en esa larga genealogía que anuncia la salvación que Dios ha querido traernos, formando un pueblo, una comunidad y sirviéndose de unos intermediarios (sacerdotes, profetas, reyes, jueces…). Todos participamos de la misión de la Iglesia, apoyados en la comunión de los santos: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere – no lo olvides– dependen muchas cosas grandes” (J. Escrivá).
La reacción ante esta responsabilidad histórica no puede ser asustarnos “«¡No tengáis miedo!». No tengáis miedo del misterio de Dios; no tengáis miedo de Su amor; ¡y no tengáis miedo de la debilidad del hombre ni de su grandeza! El hombre no deja de ser grande ni siquiera en su debilidad” (Juan Pablo II).
La genealogía se divide aquí en tres partes compuestas cada una de 14 nombres. El centro de la misma lo ocupa David. El número 14, por ser el doble de 7, indica perfección y plenitud, y por tanto los nombres se escogen en un sentido también simbólico. Significaría la providencia especial de Dios en la disposición de toda la historia de salvación que culmina en Cristo.
-“Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual fue engendrado Jesús, llamado Cristo o Mesías”. Jesús es el “mesías”, el esperado por toda la historia de Israel, el “hijo de David” (Noel Quesson).
O Sapientia… «Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, / abarcando del uno al otro confín / y ordenándolo todo con firmeza y suavidad: / ven y muéstranos el camino de la salvación», dice la primera antífona de estos días, que comienzan con “¡oh!”, en la liturgia de las horas, para despertar nuestra fe y esperanza. Lo es también para hablar de María, Virgen de la Esperanza, y de la intensidad con que debemos vivir el preludio de la Navidad, gran sinfonía de la recreación y salvación del mundo.
Lo sorprendente de esta cadena de generaciones es que precisamente en el último eslabón, cuando aparece José, hijo de Jacob y esposo de María, José queda excluido totalmente del origen de Jesús y con él toda la lista que le precede. Sóla María se convierte en fuente de Jesús. ¡Sin José! ¡Sola ella y el Espíritu Santo! (como proclamamos en el Credo). José es para Jesús un padre que le transmite la gran tradición del pueblo. La mujer adquiere un gran protagonismo (José Cristo Rey García Paredes).

2. Jacob imparte su bendición, que es su herencia. No es el primogénito Rubén, ni el segundo Simeón, ni el tercero Leví, quienes “heredarán de la promesa”, sino el cuarto Judá. Jesús nacerá en la tribu de Judá en Judea, en Belén. Un descendiente de Judá reinará no sólo sobre las demás tribus del pueblo elegido, como David, sino sobre todas las naciones.
-“Jacob llamó a sus hijos: «Quiero anunciaros lo que os ha de acontecer en días venideros…»” Es el testamento de Jacob de cuya «genealogía» nos hablará el evangelio. Un pueblo en marcha y abierto al futuro. La humanidad posee un «porvenir».
-“Judá, tus hermanos te rendirán homenaje… Judá, mi hijo, es un león joven”… Dios es el que elige. «He ahí que el León de la tribu de Judá ha vencido». (Apocalipsis 5,5). Jesús nacerá en la “tribu de Judá”, en Judea, en Belén, Dios ya piensa en ello. Haznos disponibles, Señor, a tus «designios» a los que Tú quieres hacer por medio de nuestras vidas, de nuestras responsabilidades.
-“La realeza no se irá de Judá, ni el bastón del mando se irá de su descendencia, hasta tanto que venga aquél a quien le está reservado el poder y a quién las naciones obedecerán”…: un descendiente de Judá reinará no sólo sobre las demás tribus del pueblo elegido, sino sobre todas las naciones (Noel Quesson).

3. “Dios mío, confía tu juicio al rey, / tu justicia al hijo de reyes, / para que rija a tu pueblo con justicia, / a tus humildes con rectitud”: el salmo 71, el salmo del rey justo y su programa de gobierno, canta lo que será el estilo del rey mesiánico: “Que los montes traigan paz, / y los collados justicia; / que él defienda a los humildes del pueblo, / socorra a los hijos del pobre”.
“Que en sus días florezca la justicia / y la paz hasta que falte la luna; / que domine de mar a mar, / del Gran Río al confín de la tierra”. A través de los siglos, a través de las vicisitudes y de los fracasos de la historia se ha mantenido esa sorprendente esperanza: ¡un “salvador” nacerá de la familia de Judá! “Que su nombre sea eterno, / y su fama dure como el sol; / que él sea la bendición de todos los pueblos, / y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra”.

Llucià Pou Sabaté