La Homilía de Betania: XXXII Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 10 de noviembre de 2013


La Homilía de Betania: XXXII Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 10 de noviembre de 2013
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1.- SEREMOS UNA SOLA FAMILIA, UNA GRAN FAMILIA
Por Pedro Juan Díaz
1.- ¿Será posible que entre los cristianos haya gente que piense como los saduceos? El Evangelio nos explica que los saduceos eran un movimiento religioso conservador que negaba la resurrección de los muertos. De hecho, fueron a plantearle la cuestión a Jesús para hacerle perder autoridad, porque lo veían como una amenaza. Ellos decían que en los libros del Pentateuco del Antiguo Testamento no se hablaba de la resurrección por ninguna parte. Sin embargo, Jesús hablaba de un Dios que “no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”. ¿Pensamos nosotros lo mismo? En teoría si, de hecho, si negamos la resurrección de Jesús nos salimos completamente de la fe cristiana. Pero en la práctica, nuestras actitudes, nuestras prácticas religiosas, nuestros miedos y nuestras reacciones ante la muerte parece que hacen ver algo completamente distinto. Vamos a buscar en la Palabra de Dios de hoy un poco de luz para aclarar esta cuestión.
2.- En la primera lectura hemos escuchado como una familia entera de siete hermanos y su madre mueren por defender la ley que prohibía comer carne de cerdo. En el fondo, mueren por defender su fe. Pero lo hacen con una gran esperanza. “Estamos dispuestos a morir”, dicen. “El rey del universo nos resucitará”, comenta otro. “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará”. El Dios en el que ellos creen (y nosotros también) no puede permitir que el mal y la injusticia triunfen sobre el bien y la verdad. Por eso, ante unas víctimas de una muerte injusta, Dios sale en su defensa, comprometiéndose con los inocentes y resucitando a las víctimas de la injusticia. Esa era su fe y su esperanza. Por eso no temen a la muerte.
3.- En la segunda lectura, San Pablo anima a su comunidad de Tesalónica en unos términos muy parecidos. A pesar del sufrimiento y de las persecuciones, no están solos, Dios está con ellos, les acompaña y les anima: “Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas”. La comunidad cristiana de Tesalónica está viviendo momentos difíciles de persecución y su vida se ve amenazada por causa de su fe. Pero Pablo les insiste en que confíen en la fidelidad de Dios por encima de todo: “El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno”.
4.- El Evangelio nos da la clave para mantenernos en esta fe, en esta esperanza y en esta fortaleza ante los vaivenes de la vida: estamos llamados a participar en la resurrección porque somos hijos de Dios, de un Dios de vivos, no de muertos. Precisamente esa relación de hijos de Dios y de hermanos entre nosotros es la que viviremos en el cielo. No necesitaremos los vínculos matrimoniales, ni familiares, porque seremos una sola familia, una gran familia, la de los hijos e hijas de Dios, la de los hermanos que se quieren con una fraternidad plena. Por eso Jesús responde a los saduceos diciendo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán… son hijos de Dios, porque participan de la resurrección”. No olvidemos que la resurrección de Jesús (y por ende también la nuestra) es el eje central de nuestra fe. No olvidemos en qué Dios creemos, un Dios de vivos. No olvidemos que el amor de Dios es más fuerte que la misma muerte. Esa es nuestra fe y nuestra esperanza y con ellas podemos afrontar cualquier situación de nuestra vida, por difícil que sea, sabiendo que Dios está con nosotros, que nos acompaña y que nos dará fuerzas para salir adelante. Lo que nosotros debemos hacer es buscar esas fuerzas, acudir a Él y sentir que nos acompaña siempre.
5.- Al celebrar la Eucaristía de cada domingo ocurren dos cosas, entre otras muchas, que tienen que ver con esto: en primer lugar, rememoramos la entrega en la cruz de Jesús y su resurrección salvadora, la que nos abrió a nosotros también las puertas de la VIDA; y en segundo lugar, creamos un micro-clima de fraternidad, un intento de lo que viviremos en plenitud en el cielo, pero que aquí y ahora vamos intentando hacer realidad, paso a paso, viviendo esa fraternidad que Dios nos propone como meta última en el aquí y ahora de nuestra vida, reconociendo a cada persona que está aquí con nosotros como un hijo de Dios, como un hermano y hermana nuestros. Fortalezcamos estos lazos de fraternidad y proclamemos juntos nuestra fe en la resurrección y en el Dios de los vivos que nos hace hermanos en la fe.
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2.- LA HISTORIA QUE YA NUNCA ACABARÁ
Por Antonio García-Moreno
1.- VALE LA PENA.- Dios, a través de la liturgia, nos trae a la memoria el heroísmo de los siete hermanos que, con su madre al frente, entregaron sus cuerpos jóvenes al tormento y la muerte, antes que dejar de cumplir la ley divina. Ejemplo heroico que se ha repetido después en muchas ocasiones, que se repite hoy también en mil rincones de la tierra.
Hombres que dan su vida por ser fieles a la voluntad de Dios. Fidelidad heroica de los que caminan al martirio con los ojos iluminados y una canción a flor de labios. Heroica fidelidad de los que dijeron que sí a la llamada de Dios y siguen caminando por el mismo itinerario de siempre, a pesar de las dificultades, a pesar de los años, a pesar de los pesares, siempre fieles.
Dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres… Ayúdanos, Señor, fortalece nuestra debilidad, haznos resistir a la tentación, hasta llegar a la sangre si fuera preciso. Somos débiles, cobardes, nos desalentamos, rompemos nuestros compromisos. Ayúdanos, Señor, haznos fieles hasta la muerte, pues sólo así mereceremos la corona de la vida.
Ellos veían cómo sus hermanos, uno a uno, se iban retorciendo de dolor en la cruel tortura, cómo sus ojos se nublaban, cómo sus cabezas quedaban dobladas cual flores marchitas. Y era tan fácil evitar todo aquello… Bastaba con una palabra, con un gesto. Y hubieran vivido, hubieran disfrutado de la lozanía de los años mozos.
El rey, el tirano cruel, sus esbirros, su corte de aduladores, todos se asombraban de aquel valor supremo, todos estaban desconcertados ante la fidelidad de aquellos muchachos, de aquella mujer que animaba a sus hijos para que fueran serenos y alegres al tormento.
Ellos esperaban la resurrección, estaban íntimamente persuadidos de que detrás de todo aquello les esperaba la vida eterna. Por eso no temían a nada ni a nadie… Recuérdalo, vale la pena. No tienen comparación los sufrimientos que podamos tener en esta vida con la dicha que nos espera en la otra, y acá abajo también. El ciento por uno en la tierra y la vida eterna en el cielo. Sí, vale la pena.
2.- LA VIDA ETERNA.- En Jesucristo se cumplió con plenitud el salmo segundo. No sólo en cuanto que él es el Rey mesiánico que se anuncia en dicho salmo, el Hijo engendrado en la eternidad que en él se canta, sino en cuanto que también en él se cumple ese amotinamiento de mucha gente contra el Señor, ese ponerse de acuerdo en contra suya de los grandes de la tierra. En efecto, en el evangelio de hoy vemos cómo los caduceos, que eran enemigos de los fariseos, se ponen de acuerdo con éstos para atacar a Jesús. Así en este pasaje intentan poner en ridículo al Maestro y defender al mismo tiempo su propia postura ante la eternidad que, en realidad, negaban al no admitir la resurrección de la carne.
El ejemplo que aducen es extraño, pero no inverosímil: una mujer que, según la Ley del Levirato, viene a ser viuda y esposa sucesivamente de siete hermanos. ¿Quién se quedará con ella al final, en la otra vida? El Maestro contesta que después de la muerte, los que sean dignos de la vida futura y de la resurrección no se casarán, pues ya no podrán morir y serán como Ángeles, participan como hijos de Dios en la Resurrección. Es un pasaje muy adecuado para el mes de ánimas en que leemos este pasaje. La liturgia nos recuerda al principio de este mes la existencia de ese otro mundo en el que moran los muertos. Esos que ya se fueron para no volver, aquellos que nosotros volveremos a encontrar después de nuestra propia muerte. Esos que nos fueron tan queridos, y a quienes seguimos queriendo y ayudando con nuestras oraciones y sufragios por sus almas.
Esta actitud terrena y temporal de los saduceos, todavía sigue vigente en la doctrina de algunos. Otros quizás digan creer en esa vida del más allá, pero en realidad su conducta prescinde por completo de esa realidad. Viven como si todo se terminara aquí abajo; como si sólo importase el dinero o los valores meramente materiales. Olvidan que todo lo terreno es relativo y pasajero, que sólo se tendrá en cuenta la vida santamente vivida, sólo nos servirá el bien que hayamos hecho por amor a Dios. No podemos, por tanto, vivir como si todo se redujera a los cuatro días que en esta tierra pasamos. Hay que tener visión sobrenatural, visión de fe que extiende la mirada a los horizontes que hay más allá de la muerte.
Sí, es una verdad de fe que los muertos resucitan. Es precisamente la verdad que cierra el contenido del Credo. Así el alma, una vez que el cuerpo muere, comparece ante el tribunal de Dios para rendir cuentas de sus actos. Recibe la sentencia y comienza de inmediato a cumplirla, aunque el cuerpo se le una más tarde para sufrir o para gozar, según haya sido la sentencia divina. Cuando llegue el día del Juicio universal, entonces también los cuerpos volverán a la vida, se unirán para siempre con la propia alma. Desde ese momento se iniciará la historia que ya nunca acabará.
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3.- ¡RESUCITAMOS!
Por José María Martín OSA
1.- Hay vida después de la muerte. Nos acercamos al final del año litúrgico. Las lecturas nos ayudan a prepararnos para la última venida de Cristo. La Primera Lectura nos relata el martirio de los siete hermanos Macabeos durante la persecución del rey Antíoco IV Epífanes. El Libro II de los Macabeos fue escrito hacia el año 160 a. C. Afirma con rotundidad la resurrección de los muertos y la retribución después de la muerte. Ezequiel ya lo había insinuado y el Libro de la Sabiduría lo ratificaría, superando el concepto de sheol como destino final y lugar de los muertos. Los siete hermanos murieron con la firme esperanza de resucitar todos juntos y la confianza puesta en un Dios justo que premiará su constancia: “Dios mismo nos resucitará”. No será ésta la suerte del malvado rey. Es la misma confianza del salmista que se siente escuchado y atendido por Dios
2.- Dios sostiene nuestra esperanza. La epístola de hoy nos presenta a San Pablo preocupadísimo por las dificultades que sufren los cristianos de Tesalónica. Los enemigos quieren arrebatarles la fe a aquellos cristianos y el Apóstol les exhorta para que se mantengan firmes. El Apóstol invita a la constancia y a mantener el amor a Dios. Dios nos da fuerza, repite dos veces. Hoy no sufrimos persecución física, pero sí burla, vacío e incomprensión por parte de muchos. Puede que incluso nos desanimemos y pensemos que no merece la pena seguir luchando. Por otra parte, hay contrariedades en la vida: enfermedades, paro, soledad…, que nos un hunden en el abismo y no sabemos cómo afrontarlas. Los sufrimientos de la vida ordinaria amenazan la fe, pero tenemos que permanecer fuertes. La Carta a los Tesalonicenses que hoy leemos nos invita a perseverar y a poner nuestros ojos en ese Dios que es Padre, que nos ama tanto y nos libra de todo mal
3.- Los saduceos negaban la resurrección. En el texto evangélico de hoy, narrado por san Lucas, trata el tema de la resurrección de los muertos que ya resonó en la Primera Lectura. Los saduceos -sumos sacerdotes y senadores-, negociantes de la religión y dueños de la tierra, no creían en la vida eterna, no creían en el cielo. ¿Qué falta les hacía? Ellos se habían construido aquí su cielo, convirtiendo la tierra en el infierno de los pobres, por eso les interesaba más un Dios de muerte que un padre de la vida. Admitían como Palabra de Dios sólo los cinco primeros libros de la Biblia, considerando sospechosos los escritos de los profetas que atacaban sin piedad a los ricos y propugnaban una mayor justicia social. Los saduceos, como ricos, pensaban que dios premia a los buenos y castiga a los malos en este mundo; en consecuencia se consideraban buenos y justos, pues gozaban de riqueza y poder, signos claros del favor divino. Negaban la resurrección y el más allá, pues aceptar la posibilidad de un juicio de Dios tras la muerte suponía para ellos perder la seguridad de una vida basada en el poder y en el dinero. La pregunta que le hacen a Jesús es capciosa, pues se dirigen a El para ponerle en aprieto, no porque les preocupe el tema.
4.- Dios de vivos. Jesús explicó a los saduceos que en la vida presente morimos, pero los hijos de Dios van a resucitar y vivir como los ángeles. La respuesta de Jesús sigue dos caminos. Por un lado, no acepta que el estado del hombre resucitado sea un calco del estado presente. Tener muchos hijos en Palestina era una bendición del cielo; morir sin hijos, la mayor de las desgracias, el peor de los castigos celestiales… Para evitar esto último, el Deuteronomio prescribía lo siguiente: “si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin hijos, la viuda no saldrá de casa para casarse con un extraño; su cuñado se casará con ella y cumplirá con ella los deberes legales de cuñado; el primogénito que nazca continuará el nombre del hermano muerto, y así no se extinguirá su nombre en Israel”. Es la conocida ley del “levirato” La procreación es necesaria en este mundo, a fin de que la creación vaya tomando conciencia, a través de la multiplicación de la raza humana, de las inmensas posibilidades que lleva en su seno: es el momento de la individualización, con nombre y apellido, de los que han de construir el Reino de Dios. Superada la muerte, no será necesario asegurar la continuidad de la especie humana mediante la procreación. Las relaciones humanas serán elevadas a un nivel distinto, propio de ángeles (serán como ángeles), en el que dejarán de tener vigencia las limitaciones inherentes a la creación presente. No se trata, por tanto, de un estado parecido a seres extraterrestres o galácticos, sino a una condición nueva, la del espíritu, imposible de enmarcar dentro de las coordenadas de espacio y de tiempo. Por haber nacido de la resurrección, serán hijos de Dios. Por otro lado, Jesús termina su respuesta con un argumento que debió de dejar aún más desconcertados a los saduceos: “que resucitan los muertos lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob”. Dios no lo es de muertos, sino de vivos; es decir, para El todos ellos están vivos”. Reina la esperanza en nosotros, la muerte no tiene la última palabra.
Fuente: http://www.betania.es

CANTOS PARA LA CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS.


CANTOS PARA LA CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS.
Bendición de ramos: HOSANNA AL HIJO DE DAVID (MCJ 44)
La Segunda parte de un Santo.
Procesión: QUE ALEGRIA CUANDO ME DIJERON (MCJ 179). ALABARE (MCJ 73)
Lectura de la Pasión: Convendría intercalar algunas aclamaciones:
Antes de la salida de Getsemaní, (Y lo mismo decían los demás discípulos) se canta el estribillo de A TI LEVANTO MIS OJOS (MCJ 40) Pueden sentarse. Después de las negaciones de Pedro al decir: “lloró amargamente: se canta: ;PERDONA TU PUEBLO (MCJ 250) Antes de empezar el camino del Calvario, al decir: “Y lo llevaron a crucificar” se canta la 1ª estrofa de; VED LA CRUZ DE SALVACION (MCJ 56) y se invita a ponerse de pie. Al terminar, se canta VICTORIA TU REINARAS (MCJ 51)
Ofertorio: ESTE PAN Y VINO (MCJ 75); HOY TE OFRECEMOS EL VINO Y EL PAN (MCJ 649)
Comunión: NO SOY DIGNO DE TI, SEÑOR (MCJ 161); TAN CERCA DE TI (MCJ388)

CANTOS PARA LA CELEBRACIÓN Solemnidad de San José


CANTOS PARA LA CELEBRACIÓN
Solemnidad de San José

Entrada: Hombre Nuevo (no. 110 MCJ)
Ofrendas: Te Ofrecemos Señor, Nuestra Juventud (no. 222 MCJ)
Santo: 626 MCJ
Comunión: Canción del Testigo (no. 173 MCJ)
Final: Quien será la Mujer? (no. 312 MCJ)
MCJ=Mi Canto es Joven, Décima Edición

CANTOS PARA EL IV DOMINGO DE CUARESMA


CANTOS PARA EL IV DOMINGO DE CUARESMA
Entrada: Este es el día del Señor (no. 45 MCJ)

Acto Penitencial de Cuaresma: Hoy Perdóname (no. 351 MCJ)

Salmo y Aclamación antes del Evangelio: Que se me pegue la lengua al paladar

Ofrendas: Toma mi Vida (no. 547 MCJ)

Santo: Santo de los Querubines (no. 627 MCJ)
Cordero de Dios: 644 MCJ

Comunión: Caminare en Presencia del Señor (no. 85 MCJ).
El Señor es mi Fuerza (no. 121 MCJ)
Creo en Jesús (no. 100 MCJ)

Final: Canto a la Virgen María

MCJ=MI CANTO ES JOVEN, Décima Edición