La Homilía: Vi Domingo, Tiempo Ordinario. Ciclo A. 16 de febrero, 2014


La Homilía: Vi Domingo, Tiempo Ordinario. Ciclo A. 16 de febrero, 2014

1.- ANTE TODO, EL AMOR

Por José María Martín OSA

1.- El amor por encima de la ley. Jesús nos llama hoy a ir más allá del legalismo: «Os digo que si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos». La Ley de Moisés apunta al mínimo necesario para garantizar la convivencia, pero el cristiano ha de procurar superar este mínimo para llegar al máximo posible del amor. Lo que hoy nos enseña Jesús es a no creernos seguros por el hecho de cumplir esforzadamente unos requisitos con los que podemos reclamar méritos a Dios, como hacían los maestros de la ley y los fariseos. Más bien debemos poner el énfasis en el amor a Dios y los hermanos, amor que nos hará ir más allá de la fría ley y a reconocer humildemente nuestras faltas en una conversión sincera. El evangelista pone en boca de Jesús un repaso rápido de cuanto la ley exigía a sus contemporáneos. El no ha venido a destruirla sino a darla su cumplimiento. No bastará no matar. Será necesario no enfadarse con el hermano, no boicotearle, no pisarle, no ignorarle, no olvidarle, no despreciarle. ¿Y las relaciones con la mujer? El evangelio de Mateo pone de relieve el deseo de Jesús de dignificar a la mujer de su tiempo. Entre los judíos la mujer apenas era una cosa. A través de la historia y durante mucho tiempo apenas ha sido más que cosa. La división de la humanidad en hombres y mujeres ha dado una terrible consecuencia: la discriminación irritante de la mujer. El cristiano tiene ante sí otro reto puesto por Jesucristo: el de considerar a la mujer como persona con la que compartir un proyecto de vida, el de dar una espléndida lección al mundo, mostrar qué maravilla son capaces de forjar dos seres que, considerándose iguales, viven fundados en Cristo.

2.- Aprender la lección del perdón. Hay quien dice: ‘Yo soy bueno porque no robo, ni mato, ni hago mal a nadie’; pero Jesús nos dice que esto no es suficiente, porque hay otras formas de robar y matar. Podemos matar las ilusiones de otro, podemos menospreciar al prójimo, anularlo o dejarlo marginado, le podemos guardar rencor; y todo esto también es matar, no con una muerte física, pero sí con una muerte moral y espiritual. El Señor nos llama a ser personas consecuentes: «Deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano», es decir, la fe que profesamos cuando celebramos la Liturgia debería influir en nuestra vida cotidiana y afectar a nuestra conducta. Por ello, Jesús nos pide que nos reconciliemos con nuestros enemigos. Un primer paso en el camino hacia la reconciliación es rogar ellos, como Jesús nos pide. Si se nos hace difícil, entonces, sería bueno recordar a Jesucristo muriendo por todos. En palabras de Benedicto XVI, «si queremos presentaros ante Él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros. Por eso, es necesario aprender la gran lección del perdón: no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la magnanimidad de la escucha del otro, abrir el corazón a la comprensión, a la posible aceptación de sus disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias».

3.- El culto verdadero no olvida la solidaridad. Tal vez sería oportuno que nuestras catequesis incluyeran entre las condiciones para participar válidamente en la eucaristía la de trabajar por la justicia. Sin tensión hacia la justicia no puede haber eucaristía. Pablo negaba la posibilidad de celebrar verdaderamente la cena del Señor a quienes estaban hartos y se desentendían de los que pasaban hambre. La primitiva comunidad cristiana exigía, apoyándose en las palabras del Señor, estar en paz con los hermanos antes de ofrecer el sacrificio. No existe en la realidad el peligro de olvidarnos de Dios por amar al prójimo. Sin embargo, es tristemente habitual que olvidemos al prójimo pretendiendo amar a Dios. Confundimos el mensaje de Jesús con el comportamiento religioso corriente, con ser “gente de orden”. Abandonamos así las actitudes más características y nuevas del evangelio. La fraternidad -solidaridad- constituye lo más típico del culto cristiano. No olvidemos que la palabra “liturgia” se deriva de un verbo griego que significa “servir”. Si lo tenemos en cuenta, estaremos haciendo “la voluntad del Señor” como nos recuerda la lectura del Eclesiástico y el Salmo 118.

4.-“Su mañana es hoy”. Podemos decir que el mundo es un pañuelo, sobre todo si contemplamos en nuestros televisores a personas geográficamente distantes, pero cercanas en nuestro corazón. Esto quiere decir que el círculo de responsabilidad se ha ampliado a tamaño mundial. Hemos de vivir una tensión hacia la paz con todos los hombres. El Tercer y Cuarto mundo existen. Nos lo hace ver hoy Manos Unidas con su Campaña contra el Hambre. La mortandad infantil, por causas que se podrían evitar, es un escándalo. El lema de la campaña “Su mañana es hoy” y la imagen del plato vacío representan la preocupación diaria de una gran parte de la población, que no puede acceder a una alimentación necesaria para vivir. Hay en el póster un niño que se encuentra en un paisaje vacío, sin recursos, solo ante su realidad. Resuenan ahora las palabras del Evangelio: “Si vas a presentar tu ofrenda ante el altar….”


2.- LA PLENITUD DE LA LEY ES EL AMOR

Por Gabriel González del Estal

1.- No he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Cristo no solo no desprecia la ley, sino que quiere que la cumplamos en plenitud. Cristo ama la ley, pero no es legalista. Sabe que le ley tiene letra y espíritu; atenerse exclusivamente a la letra de la ley puede matar el espíritu de la ley. El ejemplo del cumplimiento del sábado y de la curación de un enfermo en sábado es claramente significativo. Si por cumplir el mandato legal del descanso del sábado no atendemos a un enfermo, hemos pecado gravemente contra el espíritu de la ley del descanso del sábado. Cumplir la ley ateniéndonos al espíritu de la ley, antes que a la letra de la ley, es cumplir la ley en su plenitud. Sabemos que el mandamiento de Cristo, sobre el que se sostienen todos los demás mandamientos, es el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. En este sentido dice San Agustín con mucha sabiduría: “la raíz de todas las obras buenas es siempre la caridad. Lo que distingue a las obras buenas de las obras malas es la caridad” (comentarios a la Carta de San Juan). En este sentido debemos entender su famosa y no siempre bien entendida frase: “ama y haz lo que quieras”. Lo que creas que debes hacer, hazlo con amor y estará bien hecho. San Pablo, en su famoso himno al amor de 1 Cor 13, lo dijo aún más claro: ya puedo yo hacer todas las cosas buenas que quiera, que si no las hago con amor no me sirven de nada (muy resumido). Cristo no nos dice que no cumplamos la ley, sino que la cumplamos en plenitud, es decir, con amor.

2.- Si no sois mejor que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos. Fijémonos en que esta frase de Jesús está dicha inmediatamente después de las palabras del mismo Jesús ensalzando la bondad del cumplimiento de la ley. Por eso, el que Jesús diga ahora que para entrar en el Reino de los cielos hay que ser mejor que los letrados y fariseos es, por lo menos, chocante. ¿Quién cumplía la ley literalmente mejor que los fariseos? Lo que nos confirma una vez más lo que decíamos antes: que el cumplimiento de la ley sólo salva si la cumplimos por amor y con amor. Y, según el mismo Jesús, los letrados y fariseos no cumplían la ley por amor, sino por motivos egoístas e interesados. “¿Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas…?” Una vez más decimos: la plenitud de la ley no está en el cumplimiento literal de la ley, sino en ser fieles al espíritu de la ley. La letra mata y el espíritu vivifica.

3.- Habéis oído que se dijo…, pero yo os digo… Y pone el ejemplo de cuatro de los mandamientos que todo judío sabía de memoria: no matar, no cometer adulterio, las leyes sobre el divorcio y sobre el juramento. Jesús no niega la validez de estas leyes, pero dice que para cumplir estas leyes hay que ir mucho más allá de lo que las mismas leyes dicen literalmente. El mandamiento de “no matar” sólo se cumple en plenitud, es decir, con amor, cuando amamos al prójimo, incluso al que nos ha ofendido, y le perdonamos de corazón. El mandamiento “no cometerás adulterio” no se refiere únicamente al hecho físico, sino al deseo psicológico. El mandamiento “el que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”, interpretado sólo literalmente deja a la mujer en inferioridad legal frente al hombre; la plenitud de esta ley exige que sea el amor el que regule las relaciones entre los esposos. El mandamiento “no jurarás en falso” es, por supuesto, verdadero, pero la plenitud de esta ley exige ir más allá de lo que dice la letra, exige que mi palabra y la palabra del otro sean palabras fieles y fiables en sí mismas y, en consecuencia, que sea suficiente decir “sí” o “no” para cerrar un pleito o un negocio. En definitiva, que el cumplimiento de la letra de la ley, en sí misma, no nos salva; lo que nos salva es cumplir la ley en su plenitud, es decir, que la ley sea siempre expresión de mi amor a Dios y al prójimo. Eso es cumplir la ley en su plenitud, como el mismo Cristo hizo y como nos recomendó que hiciéramos nosotros.


3.- JESÚS LO QUIERE TODO Y DE VERDAD

Por Antonio García-Moreno

1.- SI QUIERES… Libres, capaces de hacer el bien o de hacer el mal. Tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es verdad, fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros ojos. El otro empinado, duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu de sibaritas. Pero ya sabemos por la fe, y por la experiencia muchas veces, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida.

“Ante ti están puestos fuego y agua, echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja”. Sí, Dios ha querido ser justo con nosotros, quiere darnos lo que merezcamos… Y al mismo tiempo, como haciendo trampa y llevado de su misericordia, ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos

Dios es inmensamente sabio, infinitamente poderoso. Él es capaz de hacer libre al hombre, de darle una voluntad apta para la lucha, para querer, para decidirse por una cosa o por otra. Querer, intentar, poner los medios. Y es esa voluntariedad, esa intención lo que determina la bondad o la maldad de nuestros actos. Tanto es así que si intentando, de buena fe, hacer algo bueno, resulta algo malo, Dios mirará a lo que intentamos y no a lo que hicimos.

Pero no pensemos que entonces no hay por qué conseguir nada efectivo, bastando con intentarlo. Dios sabe cuándo realmente queremos y cuándo sólo deseamos sin más algo por lo que no ponemos afán y esfuerzo. Es decir, que Dios sabe de verdad cuál es nuestra intención. Y hasta qué punto estamos actuando con sinceridad o con engaño. A Dios no se le puede despistar como despistamos a los hombres. “Los ojos de Dios ven las acciones, Él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos”.

2.- EXIGENCIAS DE CRISTO.- Hay quien ha considerado a Jesucristo como un revolucionario, un inconformista que echó por tierra los fundamentos de la sociedad de su tiempo. Pero en el fondo, al pensar así, lo que se intenta es justificar la propia postura de los que se empeñan, con razón o sin ella -no se trata de juzgar a nadie-, en derrocar el poder constituido. Ante aquellos que, ya en su tiempo, pensaban así de su misión, el Señor advierte con claridad y firmeza que Él no ha venido a derogar la Ley, sino a darle cumplimiento. Debido a esa actitud, respeta y reconoce la autoridad constituida, aunque la critique con energía en algunas ocasiones, porque no cumplían lo que ellos mismos mandaban, o porque se servían del poder para su provecho personal. Por eso les dice que hagan lo que ellos dicen, pero no lo que hacen.

Jesús, además sienta un principio que es interesantísimo y fundamental a la hora de la verdad: dar importancia incluso a los preceptos menos importantes, el valorar en definitiva las cosas pequeñas. Esto nos recuerda lo que en otra ocasión nos dice, al hablarnos de los siervos que entran en el Reino por haber sido fieles en lo poco, que por eso precisamente entran en el gozo de su Señor. Es como la fórmula de la aprobación divina para el hombre justo. Desde el punto de vista práctico es un hecho evidente que el que cuida los detalles, no descuida lo más grave. También es cierto que el resultado final es la suma de los pequeños esfuerzos de cada momento. Si en cada instante se hace bien lo que hay que hacer, al final la obra será perfecta. Por otra parte, lo que depende realmente de nosotros es lo pequeño, ya que nuestra vida transcurre por cauces sencillos y habituales. Por esto es ahí donde tenemos que luchar, ahí donde hay que demostrar el amor de Dios, ahí donde ha de cuajar nuestro afán de entrega.

Otro punto a destacar en este pasaje es el de la exigencia radical que el Señor ordena en la práctica de la virtud de la castidad. En la Ley se mandaba no cometer adulterio. Jesús va más allá y advierte que quien miró con malos ojos a una mujer, ya ha cometido adulterio en su interior. El interior del hombre, lo que hay en su más recóndita intimidad, eso es lo que cuenta a los ojos de Dios, la intención y el deseo consentido. Jesús que se nos entrega del todo y nos promete el todo, también lo quiere todo y de verdad. No se conforma con las apariencias, con un formalismo sin vida ni vibración.


Fuente: www.betania.es

 

 

 

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