La Homilía de Betania: XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, 14 de Octubre, 2012.


La Homilía de Betania: XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, 14 de Octubre, 2012. 1.- TAMBIÉN HOY PASA JESÚS POR NUESTRAS CALLES Por Antonio García Moreno 1.- DANOS TU SABIDURÍA.- El autor del libro sagrado exulta de gozo. Ha rogado a Dios que le conceda la sabiduría y Dios le ha escuchado, ha satisfecho su deseo. Él no pedía riquezas, ni salud, ni prosperidad. Él sólo quiso ser prudente, tener la justa medida de las cosas, poseer la sabiduría que le hiciera comprender el sentido real de la vida y de la muerte, capaz de verlo todo bajo el prisma mismo de Dios. Cómo tenemos que aprender a pedir al Señor lo que más nos conviene, lo que en verdad es mejor para nosotros. A veces, por no decir siempre, pedimos solamente cosas materiales, cosas que duran poco o que sirven para gran cosa: éxito en los negocios, suerte en la lotería o en las quinielas, salud para el cuerpo, una vida confortable y sin complicaciones. Cosas que son buenas, sí, pero que no son las más importantes, ni las más necesarias. Cosas que se quedan en la materia, sin tener en cuenta las exigencias del espíritu. Cosas que a menudo son incluso un estorbo para vivir mejor nuestro cristianismo. Cosas que, a la larga, nos alejan del Señor. Si todo lo tuviéramos solucionado, terminaríamos olvidándonos de Dios. Hoy, reflexionando ante la oración del sabio de la Biblia, vamos a pedirte con él, Señor, que nos concedas la sabiduría. Ese don del Espíritu Santo que nos haga vivir de otro modo. Más conscientes del valor relativo que tienen las cosas materiales. Persuadidos de que una sola cosa es necesaria, sólo una es imprescindible, sólo una es definitiva: vivir y morir plenamente nuestra fe de cristianos, esta aventura fabulosa de amarte sobre todas las cosas, y de querer sinceramente a los demás. Somos torpes, pobres ciegos incapaces de descubrir la luz, caminando sin rumbo por una noche perenne. Sé tú, Señor, nuestro buen lazarillo, atiende nuestra súplica y concédenos la sabiduría. “La preferí a los cetros y a los tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza. No la equiparé a la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un poco de arena, y junto a ella la plata vale lo que el barro”. Palabras extrañas para nuestros oídos, incomprensibles para nuestra corta inteligencia. Y, sin embargo, es la verdadera ciencia, la oculta sabiduría de los que realmente saben. “La preferí a la salud y a la belleza, me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Todos los bienes juntos me vinieron con ella, había en sus manos riquezas incontables”. Todo viene con la sabiduría de Dios. El alma se llena de alegría sin fin. El cuerpo, también el cuerpo, se transforma. La paz sin sombras invade la vida. Una paz imperdurable. Y en medio de la lucha de cada día, en medio de las rudas tempestades del vivir de siempre, las aguas se remansan en el fondo del corazón. Dándonos una calma serena que domina cada situación… Otra vez, Señor, te lo pedimos: danos tu sabiduría. La preferimos -díselo de veras, aunque te cueste entender-, la preferimos a todos los bienes de la tierra. 2.- ¡SÍGUEME! – El joven rico del Evangelio ha quedado como prototipo de vocación frustrada, de ilusiones rotas, de deseos fallidos. Él tenía buena voluntad e inquietud por ser cada vez mejor, por alcanzar metas más altas. Aspiraba nada menos que a conquistar la vida eterna. En esto es ya un ejemplo para cada uno de nosotros, tan conformistas a veces, tan aburguesados a menudo, tan amigos de la postura horizontal, tan dados a no querer complicarnos la vida, como si fuera suficiente un ir tirando para lograr el premio final. No nos engañemos y despertemos de nuestro cómodo dormitar en una mediocridad anodina. Sólo los esforzados, los violentos, los que luchan por mejorar cada día, alcanzarán la dicha de los justos. El Señor responde a aquel muchacho que tantas ganas tenía de ser perfecto. Primero es preciso cumplir los mandamientos de la Ley de Dios. Ese es el principio, los cimientos sobre los que hemos de edificar nuestra amistad con Dios. Nadie, en efecto, puede ser amigo suyo y al mismo tiempo no cumplir sus mandatos. Eso sería una paradoja, un absurdo, una mentira. Vosotros sois mis amigos nos dice Jesús, si hacéis lo que os mando. Pero ese muchacho quiere más, su espíritu anhela volar alto, llegar hasta la cima más elevada de la perfección. Al verle tan audaz y entusiasmado, Jesús le mira con amor. El Señor gusta de corazones apasionados, capaces de grandes sueños, de proyectos imposibles e ilusiones juveniles, de espíritus con aire deportivo que luchan por llegar lo más arriba posible en el itinerario hacia Dios. Lástima que este muchacho se echara atrás en el momento decisivo. Su mirada clara y luminosa se ensombreció, su corazón joven envejeció de pronto, se anquilosó. El que vino con tanta urgencia se quedó parado en su marcha hacia adelante, se retiró entristecido. El que hubiera sido quizá otro discípulo amado, otro apóstol apasionado y valiente, se quedó enmarcado en ese personaje triste que dijo que no a la llamada de Dios. También hoy pasa Jesús por nuestras calles, también hoy muchos corren tras de él con el corazón cargado de ilusiones y de buenos deseos. Como entonces, hay quienes le siguen después de haberlo abandonado todo por él, encontrando luego cien veces más de cuanto dejaron. Otros, como el joven rico, se echan atrás cuando oyen la voz del Señor que los llama a una vida abnegada y generosa, se quedan tristes y aburridos, agarrados a esas riquezas caducas que de poco les servirán. ________________________________________ 2.- ¿POR QUIEN OPTAMOS? Por José María Martín, OSA 1.- La auténtica sabiduría. La primera lectura nos habla de una sabiduría que viene de Dios y que conduce a los hombres a Dios. Salomón es el prototipo de los sabios de Israel, por eso a él se atribuye la autoría de este libro, aunque no fue él quien lo escribió, pues es varios siglos posterior a él. Salomón prefirió la sabiduría al poder, a las riquezas a la salud, a la belleza y al bienestar. Si estos son justamente los valores de nuestra sociedad, no es de extrañar que haya tan pocos sabios en nuestros días. La verdadera sabiduría consiste no en saber muchas cosas, sino en conocer y practicar lo que es realmente necesario. Por la sabiduría, reflejo de Dios en su creación, todo adquiere coherencia. Así llega el hombre a participar de la naturaleza divina, de la inmortalidad. Para los cristianos no hay sabiduría mayor, y sabio es el que sigue a Jesucristo. Pablo nos dice que, por su parte, no quiere saber nada excepto a Jesucristo, y éste crucificado 2.- La Palabra de Dios ilumina nuestra vida. Dos versículos maravillosos constituyen la segunda lectura, donde se describe la Palabra como algo vivo que tiene el poder de penetrar en los reductos más íntimos de nuestro espíritu, juzgando todos los secretos de nuestra vida. La Palabra de Dios no solo es evangelio, buena nueva, alegre noticia: Dios nos ama y nos salva por pura gracia, por pura generosidad. También es juicio crítico ante todo aquel que voluntariamente se resiste, porque su eficacia no es mágica, depende de la aceptación por la fe; pero nunca vuelve a Dios vacía. Debo ponerme cada día frente a la Palabra de Dios como frente a un espejo y dejar que esa Palabra de Dios desenmascare mis intenciones secretas y mis escapatorias. Este es el juicio que produce la Palabra de Dios; es un diálogo, una tensión dialéctica entre nuestros pensamientos, emociones, sentimientos, acciones y la Palabra de Dios, la cual nos juzga y ante la cual somos juzgados. 3. – La condición para entrar en el Reino de Dios. No se puede dudar de la sinceridad y de la honradez de la persona. -Mateo en su evangelio dirá que es un joven- que se acerca a Jesús. Cumple efectivamente las normas generales de la Ley y no se contenta con ello. Por eso Jesús le mira con complacencia y con amor. Pero Jesús le explica que entrar en el Reino de Dios, es decir, en la alternativa que El propone, es vivir un tipo de vida en el que el dinero no es un valor. Y esto sólo es posible en la medida en que se descubre otro valor radical: Dios. El descubrimiento de Dios lleva a un modelo de vida fraterno, realmente nuevo y desusado en nuestros ambientes cristianos. No pertenecer al Reino no significa ser malo o estar condenado. El rico que se acercó a Jesús no era malo ni fue odiado por El. Pero mientras la alternativa de Jesús no sea una realidad, todo seguirá sin cambiar, incluso con hombres buenos. Todos los ideales de este rico se vienen abajo ante la dificultad de cumplir la condición necesaria. No tuvo valor para dejar las riquezas. Y prefirió seguir el camino de los fariseos, que veían en las riquezas una señal de la propia justicia -un premio de Dios a los justos- y un medio para acrecentarla haciendo limosnas. Este modo de ganar el cielo con las limosnas permite, y hasta justifica, conservar y aumentar las riquezas. Jesús advierte ahora en general lo difícil que va a ser a los ricos seguir su camino y entrar en el Reino de Dios. Se trata de un refrán popular en el que se contrapone el menor agujero al mayor animal de carga. Con él se expresa la mayor dificultad. El “ojo de la aguja” es la distribución de las riquezas. Los ricos pasan por todo menos por eso Jesús no dice que el rico no se salvará, sino que “no entrará en el Reino de Dios”, que consiste en compartir desde ahora las inquietudes, la alegría y la libertad de Cristo. ¿Por quién optamos, por Jesucristo, o por el dinero? ________________________________________ 3.- JESÚS ES MÁS Por Pedro Juan Díaz 1.- Si la semana pasada leíamos como Jesús discutía con los fariseos sobre el divorcio, hoy le vemos con un joven rico que tiene interés en seguirle más de cerca, pero las riquezas se lo impiden. Podríamos decir que seguir a Jesús es algo más que el mero cumplimiento de la ley. Podríamos decir que Jesús es más, que el evangelio va más allá del mero cumplimiento de los mandamientos, aunque estos son el primer paso para el seguimiento de Jesús. 2.- Este joven, que dice el evangelio que “era muy rico”, se acerca a Jesús corriendo, se arrodilla ante Él y le pregunta qué tiene que hacer para heredar la vida eterna. Esta pregunta hace entender que este joven era conocedor de la ley de Moisés, familiarizado con la Palabra de Dios y practicante de los mandamientos. Esta persona podríamos ser cualquiera de nosotros. Jesús nos llama a todos a seguirle, pero no de la misma manera. A este joven le pide algo más, le pide un seguimiento radical: “vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres… y luego sígueme”. 3.- Para esta propuesta de Jesús hay dos posibles respuestas. La respuesta afirmativa necesitaría de esa sabiduría de la que hablaba la primera lectura. Es un discurso atribuido al rey Salomón en el que describe qué es la sabiduría y cuál es el camino para encontrarla. “La preferí a cetros y tronos y en su comparación tuve en nada la riqueza”, dice el texto. Precisamente el espíritu de sabiduría nos permite distinguir lo que es importante en la vida de lo que es efímero. 4.- Sin embargo, el joven da una respuesta negativa: “frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico”. Y eso que Jesús lo miró con cariño y con mucho amor. Pero no fue suficiente. Pudieron más sus riquezas que la fuerza de la Palabra de Dios que él conocía y leía. Se conformó con ser un simple practicante de la ley de Moisés, como hasta ahora. No se atrevió a ir más allá, a desprenderse de sus seguridades y de sus riquezas, para seguir a Jesús con más libertad. La Palabra de Dios es capaz de transformarnos, dice la segunda lectura, pero nunca en contra de nuestra voluntad, porque Dios nunca hará nada sin contar con nosotros. 5.- Cuando Jesús se queda a solas con sus discípulos, intenta explicarles que para seguirles hay que ser muy libres, y que las personas que ponen su confianza en el dinero, o en el poder, y no en Dios, lo tienen muy difícil para caminar con Él. “No podéis servir a Dios y al dinero”, dirá en otro pasaje. A los discípulos esto les resulta sorprendente y se espantan. Luego Pedro pone el ejemplo de él y sus compañeros, que lo han dejado todo para seguirle. Y Jesús les contesta que recibirán cien veces más en esta vida (con persecuciones) y también esa añorada vida eterna que también quería el joven rico. 6.- En conclusión, podríamos decir que el Señor nos va llamando a lo largo de nuestra vida a acercarnos más a Él y seguirle más de cerca. No podemos conformarnos con ser cristianos sin más. Hemos de estar atentos a su Palabra que nos invita siempre a seguirle con más radicalidad, una Palabra que, como dice la carta a los Hebreos, “es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu… y juzga los deseos e intenciones del corazón”. Y esa radicalidad en el seguimiento de Jesús implica desprendernos de todo aquello que la dificulte y poner toda nuestra confianza en Dios, y solo en Él. Cada vez que venimos a la Eucaristía, nos acercamos a Jesús y, como el joven rico, le preguntamos qué hemos de hacer. Él nos contesta con su Palabra y nos da su Cuerpo y su Sangre en alimento para que seamos fuertes en nuestro camino de seguimiento, como discípulos suyos, y sepamos responder con valentía a todas sus llamadas. Fuente: http://www.betania.es

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