Homilias Domingo XXIII Semana Tiempo Ordinario. Ciclo C. 5 de septiembre 2010


1.- JESÚS QUIERE TIRAR DE NOSOTROS HACIA ÉL

Por Pedro Juan Díaz

1.- Cuando escucho este Evangelio me da la impresión de que Jesús quiere tirar de nosotros hacia Él, que nos acerquemos más, que le conozcamos más, que le tratemos más. La experiencia religiosa de los grandes santos de nuestra Iglesia ha sido así, cuanto más se han acercado a Dios, más felices han sido, pero más radical ha sido su seguimiento de Jesús. Es como el que se acerca al fuego, cuanto más cerca, más calor, más intensidad. Jesús nos invita a dar pasos hacia Él, en el seguimiento, en nuestra fe, y conforme nos vamos acercando va subiendo el listón, para que no nos acomodemos, para que no pensemos que ya lo sabemos todo y ya lo hemos conseguido todo, para que nos esforcemos y vivamos nuestra fe en esa tensión necesaria para no quedarnos atrás en el camino.

2.- Cada Evangelio que escuchamos es un tirón que nos da Jesús. Algunos son más suaves, pero el de hoy es un tirón de esos como cuando nos cogen de la pechera, pero sin forzar, sin obligar, con mucho amor, con mucha libertad, pero también con mucha radicalidad. Posponer los propios intereses, aceptar la dureza de la cruz de cada día, renunciar a una vida acomodada… También deliberar, calcular… La fe también puede tener su planificación. Muchos utilizamos la herramienta del Proyecto Personal de Vida para discernir los pasos que el Señor nos va pidiendo. Porque de lo que se trata en el fondo es de buscar en todo momento la voluntad de Dios, porque en ella está nuestra felicidad.

3.- La “oración de Salomón”, que es como se conoce al texto que hemos escuchado en la primera lectura, habla de cómo las personas buscamos conocer la voluntad de Dios, y como Dios pone los medios para que la encontremos. “¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría, enviando tu santo espíritu desde el cielo? Sólo así fueron rectos los caminos de los terrestres, los hombres aprendieron lo que te agrada, y la sabiduría los salvó”. “Señor, ¿qué quieres de mi?” es la gran pregunta que la Palabra de Dios nos invita a hacernos cada vez que la escuchamos y la rezamos.

4.- Jesús une la llamada a seguirle a una reflexión madura, que nace de la escucha de la Palabra y del diálogo con Él en la oración. No valen los voluntarios inconscientes, que no saben ni qué quieren ni adónde van, esos que no se sientan a “calcular”, como dice el Evangelio de hoy. Tampoco sirven para el Reino los atolondrados, los que “presentan batalla” sin “deliberar” y careciendo de fuerzas. Ser discípulo de Jesús supone compartir la misma causa y la misma suerte del Maestro.

5.- Seguir a Jesús. Ese es el eje central de nuestra fe. Caminar junto a Él. Vivir como Él vivió, a su estilo, siempre cerca de las personas, de los más pobres. “Id y anunciad que el Reino de Dios está cerca”. Pero hacerlo ligeros de equipaje, sin muchos intereses, ni ataduras personales, apoyados en la fuerza del Espíritu que Dios nos regala para descubrirle cercano a nosotros, para descubrir y discernir cuál es su voluntad, qué quiere de nosotros.

 

2.- EL CIELO O EL SUELO, COMO OPCIÓN FUNDAMENTAL

Por Gabriel González del Estal

1.- No tenemos más alternativas: o decidimos vivir como Dios manda, o elegimos dar al cuerpo lo que nos pida. Si decidimos vivir como Dios manda tendremos que vivir luchando todos los días contra las fuerzas del mal, aceptando los sacrificios y esfuerzos que esta lucha comporta. No podremos dejarnos vencer por el egoísmo, ni por el cansancio, ni por la desilusión; deberemos levantarnos cada mañana con el propósito firme de hacer el bien y vencer al mal. Optar por el cielo es, en nuestro caso, dejarnos guiar por Dios, es decir, por el bien, por la bondad, por la justicia, por el amor, por la fraternidad. No lo vamos a tener fácil, porque el cuerpo se resiste y de lo más hondo de nuestro ser surgirán insinuaciones al mal, tentaciones, voces que nos llaman también desde el exterior invitándonos al goce y al disfrute de lo más inmediato y de lo más terreno. Nadie que opte por el cielo se va a librar de esta lucha, porque ni el mismo Cristo se libró de la misma: “el espíritu está pronto, pero la carne está débil, enferma”, escribe el evangelista. Para vencer en esta lucha no son suficientes nuestras solas fuerzas humanas, necesitamos la ayuda de Dios, la gracia de Dios, pero esta gracia y esta ayuda no nos la va a negar Dios nunca.

2.- Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Nuestra cruz, nuestras cruces de cada día, no nos las va a poder llevar nadie. Podremos tener cireneos que nos ayuden a llevar en algunos momentos nuestra carga, pero tendremos que ser nosotros mismos los que llevemos el peso diario y habitual de las pequeñas cruces de cada día. Vivimos en la tierra, en el suelo, y muchas veces esta tierra, este suelo, es un verdadero valle de lágrimas. Si optamos por vivir en este suelo como auténticos hijos de Dios, la cruz va a ser una carga, una sombra que nunca nos va a abandonar del todo. Es evidente que vamos a tener días buenos, días de sol y alegría, pero de las nubes y de las tormentas de cada día no nos va a librar nadie. No necesitamos buscar cruces, ellas vienen solas. Vivir como Dios manda es luchar, es sacrificarse, es aceptar la carga de pequeñas, o no tan pequeñas, cruces que la misma vida nos manda. Ser discípulo de Cristo es caminar por donde él caminó, es seguir sus pasos, desde Nazaret hasta Jerusalén, hasta el calvario y hasta la resurrección. Con la cruz de cada día a cuestas.

3.- El cuerpo mortal es lastre del alma. Después de todo, es la vieja doctrina paulina de la lucha entre el cuerpo y el alma, entre el hombre viejo y el hombre nuevo. Por mucho tiempo que pase, mientras el hombre sea hombre llevará siempre consigo, dentro de sí, esta lucha. Tenemos mucho de animal y algo mucho de ángel; el cuerpo nos inclina hacia el suelo y al alma hacia el cielo. No podemos despreciar, ni minusvalorar la importancia del cuerpo, porque somos cuerpo, pero tampoco debemos cortar las alas al ángel, porque también somos espíritu. La opción fundamental no anula, ni destruye las otras opciones, simplemente las regula y jerarquiza. No queremos vivir sólo como ángeles, ni sólo como cuerpos, queremos que el cuerpo obedezca al espíritu. Esto no es fácil, esto supone una lucha continuada y de por vida. Esto es cargar con la cruz de Cristo, para poder ser y vivir como auténticos discípulos de Cristo.

 

About these ads
Esta entrada fue publicada en Homilia.

Deja un comentario

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s